Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
A pesar de calcular cifras tan bien y con tal rapidez que era capaz de sacar las cuentas antes que nadie, César no acababa de imaginar lo que se proponía Craso.
– ¿Y cómo piensas hacerlo? -inquirió.
– Ha sido el hecho de que hubiera seis mil seiscientos prisioneros lo que me dio la idea -contestó Craso, movido por su espíritu de contable-. La distancia entre Capua y Roma es de ciento treinta y dos millas de cinco mil pies. En total, seiscientos sesenta mil pies, que, dividido por seis mil seiscientos, da una distancia de cien pies. Voy a crucificar a un rebelde cada cien pies entre Capua y Roma, y permanecerán colgados en la cruz hasta que estén descarnados.
– Terrible espectáculo -comentó César, lanzando un suspiro.
– Una pregunta -añadió Craso, frunciendo su poco poblado entrecejo-. ¿Crees que debo plantar las cruces a un solo lado de la vía o alternarlas en los dos lados?
– A un lado -contestó César sin vacilar-. Sí, sí, sólo en un lado. Es decir, siempre que te refieras a la vía Apia y no a la Latina.
– Oh, sí, tiene que ser la vía Apia, recta como una flecha millas y millas y con menos cuestas.
– Pues un solo lado. Así se ven mejor -añadió César, sonriendo-. En eso de la crucifixión tengo cierta experiencia.
– Ya me lo contaron -dijo Craso muy serio-. De todos modos, no puedo encargártelo a ti. No es tarea propia de un tribuno de los soldados. Debe hacerlo un magistrado electo; corresponde por derecho al praefectus fabrum.
Como el praefectus fabrum -encargado de todos los detalles técnicos y de logística del aprovisionamiento del ejército- era uno de los libertos de Craso y destacaba por su eficiencia, ni Craso ni César pusieron en duda que la operación se realizaría sin tropiezo alguno.
Y así, a finales de junio, Craso, sus legados, sus tribunos de los soldados y los tribunos militares nombrados por él, con la sola escolta de un escuadrón de caballería, salieron de Capua por la vía Apia, cuyo lado izquierdo se veía cubierto de cruces hasta Roma: cada cien pies había un seguidor de Espartaco colgando desmadejado de las crueles cuerdas que le sujetaban por codos y rodillas al madero. Y Craso fue implacable y ordenó que dejasen morir despacio a aquellos seis mil seiscientos desgraciados sin que les fuesen quebrados los miembros, por lo que todo el camino desde Capua a la puerta Capena de Roma era un gemido interminable.
Acudía gente a ver el espectáculo, y hubo quien llevó a un esclavo rebelde para mostrarle lo que era un derecho de todo amo. Pero muchos, nada más echar una ojeada, volvían a sus casas, y los que no tenían más remedio que viajar por la vía Apia entre Capua y Roma se congratularon de que las cruces adornasen únicamente un lado de la carretera. Como de lejos la visión era más soportable, el puesto de observación más concurrido de los habitantes de Roma era lo alto de las murallas servianas a ambos lados de la puerta Capena. La ristra se perdía a lo lejos y las caras se veían borrosas.
Estuvieron colgados año y medio, sometidos al prolongado proceso de putrefacción hasta que quedaran en los huesos mondos, pues Craso no permitió que los descolgasen hasta el último día de su consulado.
Y César pensó admirado que ninguna otra campaña militar en la historia de Roma había sido tan redonda, tan limpia y tan definitiva: lo que había comenzado con una orden de diezmar a la tropa, concluía con una crucifixión masiva.
Octava parte.
Cneo Pompeyo Magnus llegó a la frontera del Rubicón y no detuvo a su ejército. La parte del ager gallicus en que tenía sus propiedades estaba en Italia y él continuaría hasta Italia, pese a lo que estableciesen las leyes de Sila. Sus hombres ansiaban llegar a casa y entre ellos había aun mayor número de veteranos picentinos y de Umbría. En las afueras de Sena Gallica los dispuso en un campamento, con órdenes de no salir de él sin permiso de un tribuno, y él continuó hasta Roma por la vía Flaminia con una cohorte de escolta.
Se le había ocurrido poco después de iniciar la larga marcha desde Narbo hacia el nuevo paso de los Alpes, y dio en pensar lo torpe que había sido en no haberlo adivinado antes. Tres veces le habían encomendado una empresa especiaclass="underline" una vez Sila y dos el Senado; dos con categoría propretoriana y otra con imperium proconsular. Estaba totalmente convencido de que era el primer hombre de Roma. Pero sabía también que ninguno de los importantes lo admitiría; así que tendría que demostrarlo, y la única manera de hacerlo era dar algún golpe tan sorprendentemente audaz y anticonstitucional que una vez consumado, todos tuvieran que admitir su justo derecho al título de primer hombre de Roma.
No era más que un caballero, pero obligaría al Senado a nombrarle cónsul.
Su opinión sobre el Senado era cada vez peor, y seguía sin sentir simpatía alguna por el organismo. A sus miembros se les compraba con la misma facilidad que los panecillos en un horno, y su morosidad era tal que ni de su propia caída sabían librarse. Cuando había iniciado la marcha con sus hombres desde Tarentum a Roma para obligar a Sila a que le concediese un triunfo, éste había cedido. En aquel momento no lo había visto así -por el efecto que producía Sila sobre los demás- pero ahora se daba perfecta cuenta de que había sabido imponerse al dictador. Y eso que Sila era mucho más de temer que el Senado.
Durante el último año en Hispania había seguido las noticias sobre los éxitos de Espartaco sin salir de su asombro; a pesar de que tenía comprados a los cónsules Gelio y Clodiano, le parecía inverosímil tanta incompetencia en el campo de batalla; ¡y lo único
que se les ocurría como excusa era quejarse de la mala calidad de sus tropas! Había estado a punto de escribirles para decirles que él habría sido capaz de mandar mucho mejor un ejército de eunucos, pero se contuvo. No valía la pena enemistarse con alguien que había costado una buena suma.
Las otras dos cosas que había sabido en Narbo no hicieron más que acentuar su estupefacción. La primera le llegó en cartas de Gelio y Clodiano: el Senado había anulado su mando en la guerra contra Espartaco. La segunda la supo por Filipo: tras chantajear al Senado para que promulgaran una ley a través de la Asamblea del pueblo, Marco Licinio Craso se había dignado aceptar el mando de ocho legiones y una buena fuerza de caballería. Pompeyo, que había hecho campaña con Craso, le consideraba muy mediocre, igual que a sus tropas; por eso lo que le decía Filipo le hizo menear la cabeza profundamente decepcionado: Craso no derrotaría a Espartaco.
Justo cuando salía de Narbo le llegó la corroboración definitiva de lo que pensaba de la guerra contra Espartaco: tan mediocres eran las tropas de Craso que las había diezmado. Una medida que, como sabía cualquier comandante por la historia y los manuales, estaba condenada al fracaso porque minaba terriblemente la moral. Nada infundía mayor temor a la tropa que saber que se habían ganado tal castigo. Y, sin embargo, el enorme y cachazudo Craso pensaba que eso iba a corregir los defectos de su ejército.
Magnus comenzó a darle vueltas en la cabeza a la idea de regresar a Italia a tiempo para acabar con Espartaco, y de eso, como un tronido, había surgido LA IDEA. Claro que el Senado le pediría de rodillas que aceptase otra empresa: la aniquilación de los rebeldes de Espartaco. Pero esta vez insistiría en que le nombrasen cónsul para aceptar. Si Craso podía chantajear a los padres conscriptos para que la Asamblea del pueblo legalizara su nombramiento, ¿qué posibilidades tenían los padres conscriptos de resistirse a Pompeyo Magnus? ¡Y nada de procónsul (non pro consule sed pro consulibus)! ¿Es que iba a seguir siendo el burro del Senado al que se le encaja un imperium sin auténtico poder senatorial? ¡No, nunca más! No le importaba entrar en el Senado si lo hacia en su condición de cónsul. Si no se equivocaba, nadie lo había conseguido. Sería el primero y demostraría a todo el mundo que era el primer hombre de Roma.