El cirujano
- Автор: Герритсен Тесс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:
– ¿Hay algo en esta foto que te resulte familiar? ¿La habitación, los muebles?
– No, pero…
– ¿Qué?
– Él hizo lo mismo conmigo -susurró-. Andrew Capra me tomó fotos. Me ató a la cama… -Tragó saliva y sintió un baño de humillación, como si la intimidad de su propio cuerpo estuviera expuesta a la mirada severa de Moore. Se descubrió cruzándose de brazos para proteger sus pechos de cualquier futura violación.
– Este archivo fue enviado a las siete cincuenta y cinco de la tarde. Y el nombre del remitente, SawyDoc, ¿lo reconoces?
– No. -Se concentró nuevamente en la mujer, que miraba a la cámara con sus brillantes pupilas enrojecidas-. Está despierta. Sabe lo que él está a punto de hacerle. Él espera eso. Quiere que estemos despiertas, quiere sentir nuestro pánico. Tienes que estar despierta, o no lo disfrutará… -A pesar de que hablaba de Andrew Capra, de algún modo se había deslizado al tiempo presente, como si Capra siguiera con vida.
– ¿Cómo habrá descubierto tu dirección de correo electrónico?
– Ni siquiera sé quién es.
– Te envió esto a ti, Catherine. Sabe lo que te sucedió en Savannah. ¿Se te ocurre alguien que pueda haber hecho esto?
«Sólo una persona, -pensó-. Pero está muerto. Andrew Capra está muerto».
Sonó el celular de Moore. Ella casi saltó de la silla.
– Dios santo -dijo con el corazón agitado, mientras volvía a apoyarse contra el respaldo.
Moore abrió el celular.
– Sí, estoy con ella ahora… -Escuchó por un momento, y repentinamente miró a Catherine. La forma en que le clavaba los ojos la alarmó.
– ¿Qué sucede? -preguntó Catherine.
– Es la detective Rizzoli. Dice que rastreó el origen del correo electrónico.
– ¿Quién lo envió?
– Tú lo hiciste.
Podría haberle dado una cachetada en la cara. Sólo atinó a sacudir la cabeza, demasiado impactada para responder.
– El nombre SawyDoc fue creado esta tarde, utilizando tu cuenta de America Online -dijo.
– Pero yo tengo dos cuentas separadas. Una es para uso personal…
– ¿Y la otra?
– Para mis asuntos de trabajo, para utilizar cuando estoy… -Hizo una pausa- La oficina. Utilizó la computadora de mi oficina.
Moore levantó el celular hasta su oreja.
– ¿Escuchaste, Rizzoli? -Hubo un silencio y luego agregó-: Te encontraremos allí.
La detective Rizzoli los esperaba en la puerta del consultorio de Catherine. Un pequeño grupo se había reunido en el corredor: el guardia de seguridad del edificio, dos oficiales de policía y varios hombres de civil. «Detectives», asumió Catherine.
– Hemos registrado la oficina -dijo Rizzoli-. Se fue hace tiempo.
– ¿Entonces definitivamente estuvo aquí? -dijo Moore.
– Ambas computadoras están encendidas. El nombre SawyDoc todavía aparece en la pantalla de registro de America Online.
– ¿Cómo logró entrar?
– La puerta no presenta signos de haber sido forzada. Hay un servicio de limpieza contratado para estas oficinas, por lo que circulan varios juegos de llaves al mismo tiempo. Además están los empleados de este consultorio.
– Tenemos una empleada para dar los turnos, una recepcionista y dos asistentes -dijo Catherine.
– Más usted y el doctor Falco.
– Sí.
– Bien, eso suma seis llaves más que pudieron haberse perdido o prestado -fue la brusca reacción de Rizzoli. A Catherine no le agradaba esta mujer, y se preguntaba si el sentimiento sería mutuo.
Rizzoli apuntó en el consultorio.
– Está bien, vamos a recorrer los cuartos, doctora Cordell, para ver si falta algo. Asegúrese de no tocar nada, ¿puede ser? Ni la puerta, ni las computadoras. Estamos buscando huellas digitales.
Catherine miró a Moore, que pasó su reconfortante brazo por su hombro. Entraron en el consultorio.
Apenas paseó la vista por la sala de espera. Luego fue hacia el área de recepción, donde trabajaba el personal administrativo. La computadora destinada a los turnos estaba encendida. La disquetera estaba vacía; el intruso no había dejado disquetes tras él.
Con un bolígrafo, Moore movió el mouse de la computadora para desactivar el protector de pantalla, y apareció la pantalla de registro de AOL. «SawyDoc» todavía aparecía en la casilla «nombre seleccionado».
– ¿Hay algo en este cuarto que le parezca distinto? -preguntó Rizzoli.
Catherine movió la cabeza.
– Bien. Vamos a su oficina.
El corazón comenzó a acelerársele mientras caminaba por el pasillo y pasaba por las dos salas de consulta. Entró en su oficina. Instantáneamente su mirada apuntó al techo. Dio un paso atrás con la boca abierta, casi hasta chocar con Moore. Él la sostuvo en sus brazos para devolverle el equilibrio.
– Allí es donde lo encontramos -dijo Rizzoli apuntando al estetoscopio que colgaba justo sobre la luz del techo-. Colgado de allí. Me imagino que no es el lugar en donde lo dejó.
Catherine movió la cabeza. Con la voz casi extinguida por la conmoción, dijo:
– Ha estado antes aquí.
Rizzoli le lanzó una mirada aguda.
– ¿Cuándo?
– En los últimos días. Había cosas que faltaban. O que cambiaban de lugar.
– ¿Qué cosas?
– El estetoscopio. Mi uniforme
– Mira alrededor del cuarto -dijo Moore empujándola con suavidad-. ¿Hay algo más que haya cambiado?
Ella paseó la vista por los estantes de libros, por el escritorio y por el fichero. Era su espacio privado, y había dispuesto cada cosa que había allí. Sabía dónde debían estar, y dónde no.
– La computadora está encendida -dijo-. Siempre la apago cuando me voy.
Rizzoli movió el mouse, y la pantalla de AOL apareció con el apodo de Catherine, Ccord, en la casilla de registro.
– Así es como consiguió su dirección de correo electrónico -dijo Rizzoli-. Todo lo que tuvo que hacer fue encender la máquina.
Ella miró el teclado. «Has tocado estas teclas. Te has sentado en mi silla».
La voz de Moore la sobresaltó.
– ¿Falta algo? -preguntó-. Es posible que sea algo pequeño, algo muy personal.
– ¿Cómo lo sabes?
– Es su patrón.
«Así fue con las otras mujeres, -pensó. -Las otras víctimas».
– Puede ser algo de ropa -dijo Moore-. Algo que sólo tú utilices. Una joya. Un peine, un llavero.
– Oh, Dios. -Se inclinó de golpe para abrir completamente el primer cajón del escritorio.
– ¡Doctora Cordell! -dijo Rizzoli-. Le dije que no tocara nada.
Pero Catherine ya había sumergido su mano en el cajón, revolviendo frenéticamente entre los lápices y las lapiceras.
– No está aquí.
– ¿Qué es lo que falta?
– Siempre guardo un juego de llaves extra en mi escritorio.
– ¿Qué llaves tiene en él?
– Una llave del auto. Otra de mi casillero del hospital… -Hizo una pausa, y sintió la garganta repentinamente seca-. Si ha revisado mi casillero durante el día, debe de haber tenido acceso a mi cartera. -Miró a Moore-. Y a las llaves de mi casa.
Los técnicos ya estaban aplicando polvo para huellas digitales cuando Moore volvió al consultorio.
– La pusiste en la cama, ¿verdad? -dijo Rizzoli.
– Dormirá en el cuarto de guardia. No quiero que regrese a su casa hasta que esté segura.
– ¿Vas a cambiar personalmente las cerraduras?
Moore frunció el entrecejo al leer su expresión. No le gustaba lo que veía en ella.
– ¿Tienes algún problema?
– Es una mujer atractiva.
«Sé a dónde apunta esto», pensó liberando un suspiro de cansancio.
– Un poco dañada. Un poco vulnerable -dijo Rizzoli-. ¡Dios!, hace que un tipo quiera ir corriendo a protegerla.
– ¿No es ése nuestro trabajo?
– ¿Y consiste solamente en eso?
– No voy a hablar de este tema -dijo, y salió del consultorio.
Rizzoli lo siguió hasta el corredor como un bulldog pisándole los talones.
– Está en el centro de este caso, Moore. No sabemos si nos está diciendo toda la verdad. Por favor, dime que no te estás enamorando de ella.
– No estoy enamorado.
– No soy ciega.
– ¿Y qué ves exactamente?
– Veo la forma en que la miras. Veo la forma en que ella te mira. Veo a un policía perdiendo objetividad. -Se detuvo-. Un policía que va a salir herido.
De haber levantado el tono de voz, de haberlo dicho con hostilidad, le hubiera respondido de la misma forma. Pero había pronunciado las últimas palabras con calma, y no podía juntar el suficiente despecho como para devolverle el comentario.