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El cirujano

Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:

Un asesino silencioso se desliza en las casas de las mujeres y entra en las habitaciones mientras ellas duermen. La precisi?n de las heridas que les inflige sugiere que es un experto en medicina, por lo que los diarios de Boston y los atemorizados lectores comienzan a llamarlo «el cirujano». La ?nica clave de que dispone la polic?a es la doctora Catherine Cordell, v?ctima hace dos a?os de un crimen muy parecido. Ahora ella esconde su temor al contacto con otras personas bajo un exterior fr?o y elegante, y una bien ganada reputaci?n como cirujana de primer nivel. Pero esta cuidadosa fachada est? a punto de caer ya que el nuevo asesino recrea, con escalofriante precisi?n, los detalles de la propia agon?a de Catherine. Con cada nuevo asesinato parece estar persigui?ndola y acercarse cada vez m?s…
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Con las manos húmedas sosteniendo el arma y el corazón desbocado, Moore se plantó contra la puerta. Le aplicó una ligera patada con el pie.

El olor de la sangre, caliente y espeso, lo cubrió por completo. Encontró el interruptor de la luz y lo encendió. Antes incluso de que la imagen golpeara sus retinas, supo lo que vería. Sin embargo, no estaba totalmente preparado para el horror.

El abdomen de la mujer estaba completamente abierto. Jirones de visceras sobresalían por la incisión, y colgaban como grotescas guirnaldas a un lado de la cama. La sangre brotaba del cuello abierto y se acumulaba en un charco extenso en el piso.

A Moore le llevó una eternidad procesar lo que estaba viendo. Sólo entonces, mientras registraba todos los detalles, comprendió su significado. La sangre, todavía fresca, continuaba derramándose. La ausencia de rociado arterial en la pared. El charco creciente de sangre oscura, casi negra.

De inmediato cruzó el cuarto hacia el cuerpo, pisando con sus zapatos el centro de la sangre.

– ¡Moore! -gritó Rizzoli-. ¡Estás contaminando la escena!

Apretó sus dedos contra el lado intacto del cuello de la víctima.

El cadáver abrió los ojos.

«Dios santo. Está viva».

Ocho

Catherine se incorporó rígidamente en la cama. El corazón le golpeaba el pecho y cada uno de sus nervios estaba electrizado por el temor. Miró en la oscuridad, luchando por aplacar su pánico.

Alguien golpeaba la puerta del cuarto de guardia.

– ¿Doctora Cordell? -Catherine reconoció la voz de una de las enfermeras de emergencias-. ¿Doctora Cordell?

– ¿Sí? -dijo Catherine.

– Tenemos un caso de traumatismo en camino. Pérdida masiva de sangre, heridas en el cuello y el abdomen. Sé que el doctor Ames la cubría esta noche, pero está retrasado. El doctor Kimball podría necesitar su ayuda.

– Dígale que allí estaré. -Catherine encendió el velador y miró el reloj. Eran las tres menos cuarto de la mañana. Había dormido sólo tres horas. El vestido de seda verde seguía doblado sobre la silla. Se veía como algo extraño, de la vida de otra mujer, no de la suya.

El guardapolvos que había utilizado para dormir estaba húmedo de sudor, pero no tenía tiempo para cambiarse. Recogió su pelo enredado en una colita, y se acercó al lavatorio para arrojarse agua fresca en la cara. La mujer que le devolvía la mirada desde el espejo parecía atravesar el estupor que sigue a una explosión. «Concéntrate. Ya es hora de dejar el miedo atrás. Es hora de trabajar». Deslizó sus pies en las zapatillas que había tomado de su casillero del hospital y con un suspiro profundo salió del cuarto de guardia.

– Tiempo estimado de llegada, dos minutos -anunció el empleado de emergencias-. La ambulancia dice que la sistólica bajó a setenta.

– Doctora Cordell, están preparando la sala de Traumatismo Uno.

– ¿A quiénes tenemos en el equipo?

– Al doctor Kimball y dos residentes. Gracias a Dios que estaba aquí. El doctor Ames tuvo un percance con el auto y no puede llegar…

Catherine empujó las puertas de Traumatismo Uno. De un vistazo advirtió que el equipo estaba preparado para lo peor. Tres unidades de lactato de Ringer colgaban de las varas; las sondas intravenosas estaban enrolladas y listas para su aplicación. Un empleado esperaba cerca para llevar las muestras de sangre al laboratorio. Los dos residentes se habían colocado a ambos lados de la mesa, sosteniendo los catéteres intravenosos, y Ken Kimball, el médico de guardia, ya había desgarrado el envoltorio del paquete de laparotomía.

Catherine se colocó el guardapolvos y luego pasó los brazos por las mangas de un delantal esterilizado. Una enfermera le ató el delantal por detrás, y le sostuvo abierto el primer guante. Con cada elemento del uniforme se aplicaba una capa más de autoridad y se sentía más fuerte, más controlada. En esta sala, ella era la salvadora, no la víctima.

– ¿Cuál es la historia del paciente? -le preguntó a Kimball.

– Ataque. Traumatismo en el cuello y el abdomen.

– ¿Disparos?

– No. Heridas de cuchillo.

Catherine se detuvo para colocarse el segundo guante. Se había formado un nudo en su estómago. «Cuello y abdomen. Heridas de cuchillo».

– ¡La ambulancia está llegando! -aulló una enfermera desde la puerta.

– Llegó el momento de la sangre y las tripas -dijo Kimball, mientras salía al encuentro del paciente.

Catherine, ya con su uniforme esterilizado, permaneció en su lugar. De pronto la sala había quedado en silencio. Ni los residentes que custodiaban la mesa, ni la enfermera destinada a pasarle el instrumental a Catherine dijeron una palabra. Estaban atentos a lo que sucedía detrás de la puerta.

Oyeron la voz de Kimball que gritaba: «¡Vamos, vamos, vamos!»

La puerta se abrió con un estrépito, y la camilla se deslizó dentro. Catherine echó una ojeada a las sábanas ensangrentadas, a una mujer de pelo castaño y a la cara oscurecida por la tela adhesiva que sostenía el tubo del respirador en su lugar.

Con un «¡uno, dos, tres!» movieron a la paciente a la mesa.

Kimball quitó la sábana, dejando el pecho de la víctima desnudo.

En el caos de la sala, nadie prestó atención a la profunda inhalación de Catherine. Nadie notó que daba un paso, tambaleante, hacia atrás. Miraba fijamente el cuello de la víctima, donde el aposito estaba saturado de un rojo profundo. Miró el abdomen, donde otro aposito colocado a las apuradas comenzaba a desprenderse, liberando estrías de sangre que bajaban por el flanco desnudo. Aun cuando ya todos habían reaccionado y comenzaban a moverse, conectando las sondas y los electrodos, bombeando aire a los pulmones de la víctima, Catherine permaneció inmovilizada por el horror.

Kimball despegó el aposito abdominal. Unos jirones de intestino sobresalieron y cayeron con un ruido viscoso sobre la mesa.

– ¡Sistólica apenas perceptible en sesenta! Está en taquicardia sinusal.

– No logro meter esta vía intravenosa. Su vena colapsó.

– Busca una subclavia.

– ¿Puede pasarme otro catéter?

– Mierda, todo el campo quirúrgico está contaminado…

– ¿Doctora Cordell? ¿Doctora Cordell?

Todavía algo aturdida, Catherine se volvió hacia la enfermera que acababa de hablar y vio que la mujer la miraba con seriedad tras el barbijo.

– ¿Necesita planchas de laparotomía?

Catherine tragó saliva. Respiró hondo.

– Sí. Planchas de laparotomía. Y catéter de… -Volvió a concentrarse en la paciente. Una mujer joven. La asaltó un confuso recuerdo de otra emergencia, esa noche en Savannah en la que ella misma era la mujer que yacía sobre la mesa.

«No dejaré que mueras. No permitiré que alardee con tu muerte».

Arrebató un puñado de esponjas y un hemostato de la bandeja de instrumental. Ahora estaba concentrada por completo. La profesional había vuelto para controlar la situación. Todos los años de entrenamiento quirúrgico se pusieron en movimiento de manera automática. Dedicó su atención primero a la herida del cuello, y despegó el aposito. Un chorro de sangre negra brotó y salpicó en el piso.

– ¡La carótida! -dijo uno de los residentes.

Catherine aplicó una esponja contra la herida y respiró profundo.

– No, no. Si fuera la carótida ya estaría muerta. -Miró a la enfermera-. Escalpelo.

El instrumento fue depositado sobre su palma. Se detuvo un instante, preparándose para la delicada tarea, y colocó la punta del escalpelo sobre el cuello. Manteniendo la herida presionada, Catherine hizo una incisión veloz en la piel hacia arriba, en dirección a la mandíbula, exponiendo la vena yugular.

– No cortó lo suficientemente profundo como para alcanzar la carótida -dijo-. Pero sí cortó la yugular. Y el extremo se retrajo dentro de este tejido blando. -Dejó a un lado el escalpelo y tomó los fórceps pulgares-. ¿Residente? Necesito que pase la esponja. ¡Con cuidado!

– ¿Va a volver a anastomosar?

– No, sólo voy a atarla. Ha desarrollado un drenaje colateral. Necesito exponer la vena lo suficiente como para poder suturarla. Pinzas vasculares.

El instrumento estuvo al instante en su mano.

Catherine ubicó las pinzas y las cerró sobre la vena expuesta. Luego dejó escapar un suspiro de alivio y miró a Kimball.

– La hemorragia está detenida. La coseré más tarde.

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