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El cirujano

Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:

Un asesino silencioso se desliza en las casas de las mujeres y entra en las habitaciones mientras ellas duermen. La precisi?n de las heridas que les inflige sugiere que es un experto en medicina, por lo que los diarios de Boston y los atemorizados lectores comienzan a llamarlo «el cirujano». La ?nica clave de que dispone la polic?a es la doctora Catherine Cordell, v?ctima hace dos a?os de un crimen muy parecido. Ahora ella esconde su temor al contacto con otras personas bajo un exterior fr?o y elegante, y una bien ganada reputaci?n como cirujana de primer nivel. Pero esta cuidadosa fachada est? a punto de caer ya que el nuevo asesino recrea, con escalofriante precisi?n, los detalles de la propia agon?a de Catherine. Con cada nuevo asesinato parece estar persigui?ndola y acercarse cada vez m?s…
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– Linda manera de comenzar el día, ¿verdad? -dijo él-. Abriendo pechos a desgarrones.

– Es un cumpleaños que nunca olvidaré.

– Mi oferta para esta noche sigue en pie. ¿Qué me dices?

– Tengo guardia.

– Haré que Ames te cubra. Vamos. Comida y baile.

– Pensé que la invitación era un vuelo en tu avioneta.

– Lo que tú quieras. Diablos, hagamos unos ricos sandwiches. Yo llevo el pan.

– ¡Ja! Siempre supe que eras un dilapidador.

– Catherine, hablo en serio.

Al notar el cambio en su voz, ella levantó los ojos y encontró su mirada atenta. De repente advirtió que toda la sala estaba en silencio, y que todos escuchaban, ansiosos por saber si la esquiva doctora Cordell sucumbiría finalmente a los atractivos del doctor Falco.

Dio otra puntada mientras pensaba en lo mucho que le agradaba Peter como colega, lo mucho que lo respetaba y que él la respetaba a ella. No quería que eso cambiara. No quería poner en peligro esa preciosa relación con un mal paso dado en la intimidad.

Pero, oh, cómo extrañaba los días en que podía disfrutar de una salida. Cuando una noche era algo que esperaba con ansiedad y no con espanto.

La sala seguía en silencio. A la espera.

Por último lo miró.

– Pasa a buscarme a las ocho.

Catherine se sirvió una copa de merlot y se paró junto a la ventana, sorbiendo el vino mientras miraba la noche. Podía escuchar risas y vio gente que pasaba caminando por la avenida Commonwealth. La popular calle Newbury estaba a tan sólo una cuadra de distancia, y un viernes de verano por la noche ese barrio de Back Bay era un imán para los turistas. Catherine había elegido vivir en Back Bay por esa razón; la aliviaba saber que había más gente alrededor, aunque se tratara de extraños. El sonido de la música y las risas significaban que no estaba sola, que no estaba aislada.

Sin embargo, allí estaba, detrás de sus ventanas selladas, tomando una solitaria copa de vino, tratando de convencerse de que estaba lista para unirse al mundo exterior.

«Un mundo que Andrew Capra me robó».

Apretó su mano sobre la ventana, los dedos arqueados contra el vidrio, como si quisiera abrirse camino a través de esa prisión estéril.

Vació la copa con precipitación y la dejó sobre el alféizar.

«No seguiré siendo una víctima, -pensó-. No dejaré que gane».

Fue a su dormitorio y revisó la ropa de su armario. Sacó un vestido de seda verde del placard y se lo puso. ¿Cuánto hacía que no se ponía ese vestido? No podía recordarlo.

Desde el cuarto de al lado le llegó el alegre anuncio de la computadora: «Tienes un correo electrónico». Ignoró el mensaje y fue al baño para maquillarse. «Camuflaje de guerra», pensó mientras se aplicaba rímel y se pasaba el lápiz labial. Una máscara de coraje que la ayudara a enfrentar al mundo. Cada pasada de rímel era una capa más de confianza. Vio en el espejo a una mujer apenas reconocible. Una mujer que no había visto en dos años.

– Bienvenida al mundo -murmuró con una sonrisa.

Apagó la luz del baño y volvió al living, adaptando sus pies a la tortura de los tacos altos. Peter estaba retrasado; ya eran las ocho y cuarto. Recordó el anuncio de «Tienes un correo electrónico» que había escuchado desde el dormitorio, y fue hacia la computadora para abrir el icono del correo.

Había un mensaje remitido por SawyDoc con el siguiente asunto: «Informe de laboratorio». Abrió el mensaje.

Doctora Cordelclass="underline"

Envío adjuntas fotos de patología que le interesarán.

No llevaba firma.

Movió la flecha al cuadro de diálogo «bajar archivo», luego vaciló, con el dedo suspendido sobre el mouse. No reconocía al remitente, SawyDoc, y por lo general no descargaba archivos de extraños. Pero este mensaje estaba claramente relacionado con su trabajo, y había sido enviado a su nombre.

Apretó descargar archivo.

Una fotografía en color se materializó en la pantalla.

Sin respirar, saltó del asiento como si ésta le quemara, y la silla cayó al piso. Tropezó hacia atrás, las manos crispadas tapándose la boca.

Corrió hacia el teléfono.

Thomas Moore estaba de pie en la puerta, la mirada fija sobre su cara.

– ¿La foto todavía está en pantalla?

– No la he tocado.

Ella se hizo a un lado y él avanzó con su aire de trabajo, siempre en su papel de policía. Vio enseguida al hombre junto a la computadora.

– Éste es el doctor Peter Falco -dijo Catherine-. Mi socio en el trabajo.

– Doctor Falco -dijo Moore mientras ambos hombres se daban la mano.

– Catherine y yo planeábamos salir a comer afuera -dijo Peter-. Me demoré en el hospital. Llegué justo antes que usted y… -Hizo una pausa y miró a Catherine-. Supongo que se canceló la comida.

Ella asintió, muda y desmejorada.

Moore se sentó frente a la computadora. El protector de pantalla se había activado y unos llamativos peces tropicales nadaban atravesando el monitor. Movió el mouse.

Apareció la fotografía descargada.

Catherine se dio vuelta en el acto y se acercó a la ventana, donde permaneció abrazándose, tratando de bloquear la imagen que acababa de ver en el monitor. Podía escuchar a Moore escribiendo en el teclado tras ella. Lo oyó marcar un número en el teléfono y decir: «Acabo de reenviarte el archivo. ¿Lo tienes?».

La oscuridad bajo su ventana se había vuelto extrañamente silenciosa. «¿Ya es tan tarde?», se preguntó asombrada. Mirando la calle desierta allí abajo, apenas podía creer que sólo una hora atrás había estado preparada para disfrutar esa noche y volver al mundo.

Ahora sólo deseaba trabar las puertas y esconderse.

– ¿Quién carajo te enviaría una cosa así? -dijo Peter-. Es enfermo.

– Prefiero no hablar del tema -dijo.

– ¿Ya te habían mandado este tipo de material?

– No.

– ¿Entonces por qué está involucrada la policía?

– Por favor, basta, Peter. No tengo ganas de discutirlo.

Una pausa.

– Quieres decir que no tienes ganas de discutirlo conmigo.

– No ahora. No esta noche.

– ¿Pero hablarás de eso con la policía?

– Doctor Falco -dijo Moore-, en realidad sería mejor que se retirara ahora mismo.

– ¿Catherine? ¿Qué es lo que tú quieres?

Ella captó el tono herido en su voz, pero evitó mirarlo.

– Quisiera que te fueras. Por favor.

Él no contestó. Sólo cuando se cerró la puerta supo que Peter se había marchado.

Pasaron un largo rato en silencio.

– ¿No le contó nada sobre Savannah? -preguntó Moore.

– No. Nunca pude reunir el valor para contarle.

«La violación es un tema demasiado íntimo, demasiado vergonzoso para hablar. Incluso con alguien que se preocupa por ti».

– ¿Quién es la mujer de la fotografía? -preguntó.

– Esperaba que usted pudiera decírmelo.

Ella sacudió la cabeza.

– Tampoco sé quién lo envió.

La silla crujió cuando Moore se levantó. Ella sintió su mano sobre el hombro, su calor penetrando la seda verde. No se había cambiado de ropa, y todavía estaba vestida para salir, maquillada para la velada. La idea de salir a divertirse por la ciudad ahora le parecía lamentable. ¿En qué había estado pensando? ¿Que podría volver a ser como todo el mundo? ¿Que podría sentirse entera nuevamente?

– Catherine -dijo él-. Necesito que me hables acerca de esta foto.

Sus dedos se pusieron rígidos sobre el hombro, y ella pronto advirtió que la había llamado por su nombre de pila. Estaba muy cerca de ella, tan cerca que podía sentir cómo su aliento le calentaba el pelo, y sin embargo no se sintió amenazada. Si cualquier otro hombre la hubiera tocado se hubiera sentido invadida, pero Moore era genuinamente tranquilizador.

Ella asintió.

– Trataré.

Acercó otra silla y ambos se sentaron frente a la computadora. Ella se obligó a enfocar la vista en la fotografía. La mujer tenía pelo rizado, desplegado como tirabuzones sobre la almohada. Sus labios estaban sellados con una franja plateada de tela adhesiva, pero los ojos estaban abiertos y expectantes, las retinas coloradas por el flash de la cámara. La fotografía la mostraba de la cintura para arriba. Estaba atada a la cama, y desnuda.

– ¿La reconoces? -preguntó.

– No.

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