El cirujano
- Автор: Герритсен Тесс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:
– Con todos estos niños alrededor, me lleva una eternidad hacer las cosas más insignificantes -dijo Anna. Tomó al chico que se agarraba de su pierna y lo calzó diestramente en su cintura-. Ahora, déjeme ver. Usted vino por la cadena. Déjeme ver el joyero. -Salió de la cocina, y Rizzoli tuvo un momento de pánico, sola con tres bebés. Una manito pegajosa aterrizó sobre su tobillo y al bajar la vista vio que uno de ellos mordisqueaba la bocamanga de su pantalón. Lo sacudió y a toda velocidad se puso a una distancia prudente de esa boca gomosa.
– Aquí está -dijo Anna de regreso con la caja, que colocó sobre la mesa de la cocina-. No queríamos dejarla en su apartamento, no al menos mientras estuvieran esos extraños entrando y saliendo para limpiar el lugar. Así que mis hermanos pensaron que era mejor que me quedara con la caja hasta que la familia decidiera qué hacer con esas joyas.
Levantó la tapa, y una melodía comenzó a sonar. Somewhere my love. Anna por un momento pareció sacudida por la música. Se quedó sentada y rígida, los ojos llenos de lágrimas.
– ¿Señora García?
Anna tragó saliva.
– Lo siento. Mi marido debe de haberla arreglado. No esperaba escuchar…
La melodía disminuyó hasta unas últimas notas dulzonas y se detuvo. En silencio Anna miró las joyas, con la cabeza vencida por el peso del dolor. Con triste resignación abrió uno de los compartimentos de terciopelo y sacó la cadena.
Rizzoli pudo sentir cómo se agitaba su corazón mientras tomaba la cadena de manos de Anna. Era igual a la que había visto en el cuello de Elena en la morgue, una diminuta cerradura y una llave que colgaban de una fina cadena de oro. Dio vuelta la cerradura y vio un sello de dieciocho quilates estampado en ella.
– ¿Dónde compró su hermana esta cadena?
– No lo sé.
– ¿No sabe desde cuándo la tenía?
– Debe de ser nueva. No la había visto nunca hasta el día que…
– ¿Qué día?
Anna tragó saliva. Y en voz baja respondió:
– El día que la recogí de la morgue. Con el resto de sus cosas.
– Llevaba también aros y un anillo. ¿Los había visto antes?
– Sí. Ésos los tenía desde hacía tiempo.
– Pero no la cadena.
– ¿Por qué insiste tanto con eso? ¿Qué tiene que ver con…? -Anna se detuvo, con el horror en la mirada-. Oh, Dios. ¿Usted cree que él se la puso?
El bebé de la silla alta, percibiendo algo malo, lanzó un quejido. Anna bajó a su propio hijo al piso y se apresuró a tomar al que lloraba. Abrazándolo fuerte, se alejó de la cadena como si quisiera protegerlo de la visión de ese maléfico talismán.
– Por favor, llévesela -susurró-. No lo quiero en mi casa.
Rizzoli metió la cadena en una bolsa hermética.
– Le haré un comprobante.
– No, sólo llévesela. No me importa si se la queda.
Rizzoli escribió de todos modos un comprobante, y lo colocó sobre la mesada de la cocina, próximo al platillo de espinacas a la crema del bebé.
– Necesito hacerle una última pregunta -dijo con cordialidad.
Anna seguía caminando por la cocina, acunando agitadamente al bebé.
– Por favor, revise nuevamente las joyas de su hermana -dijo Rizzoli-. Dígame si falta algo.
– Ya me preguntó eso la semana pasada. No hay nada.
– No es fácil ubicar la ausencia de algo. En cambio, tendemos a concentrarnos en lo que nos resulta desconocido. Necesito que revise de nuevo esta caja, por favor.
Anna tragó saliva con ruido. A duras penas se sentó con el bebé sobre su falda y miró dentro de la caja de joyas. Tomó los objetos uno por uno y los depositó sobre la mesa. Era un triste surtido de baratijas de centro comercial. Diamantes falsos y cuentas de vidrio y perlas de imitación. El gusto de Elena pasaba por lo brillante y chillón.
Anna depositó el último objeto, un anillo de piedra turquesa, sobre la mesa. Luego reflexionó por un momento, arrugando de a poco la frente.
– El brazalete -dijo.
– ¿Qué brazalete?
– Debería de haber un brazalete, con unos adornitos de fantasía. Caballos. Lo usaba todos los días en el colegio. Elena adoraba los caballos… -Anna levantó la cabeza con una expresión de estupor-. ¡No valía nada! Era tan sólo de lata. ¿Por qué se lo habrá llevado?
Rizzoli miró la bolsa con la cadena, una cadena que, ahora estaba segura, había pertenecido a Diana Sterling. Y pensó: «Sé exactamente dónde encontraremos el brazalete de Elena: en la muñeca de la próxima víctima».
Rizzoli se detuvo frente a la galería del frente de la casa de Moore, agitando triunfalmente la bolsa con la cadena.
– Pertenecía a Diana Sterling. Acabo de hablar con sus padres. No se dieron cuenta de que faltaba hasta que los llamé.
Él tomó la bolsa sin abrirla. Tan sólo la sostuvo, mirando la cadena de oro enroscada detrás del plástico.
– Es el eslabón físico entre ambos casos -dijo ella-. Se lleva un recuerdo de una víctima. Lo deja con la siguiente.
– No puedo creer que se nos haya escapado ese detalle.
– Eh, no se nos escapó.
– Quieres decir que no se te escapó. -Le dedicó una mirada que la hizo sentirse tres metros más alta. Moore no era la clase de tipo que daba golpecitos en la espalda o que alababa a los gritos. De hecho, no podía recordar siquiera que hubiera alzado alguna vez la voz, ni por enojo ni por alegría. Pero cuando le dedicó esa mirada, la ceja elevada en señal de aprobación, la boca congelada en una media sonrisa, fue la mejor alabanza que hubiera podido pedir.
Ruborizada de placer, exhibió la bolsa de comida que había traído.
– ¿Quieres comer? Paré en el restaurante chino que está al final de la calle.
– No tenías que hacer eso.
– Sí, lo hice. Me da la impresión de que te debo una disculpa.
– ¿Por qué?
– Por lo de esta tarde. Ese estúpido asunto del tampón. Te pusiste de mi lado; trataste de ser buen compañero. Lo interpreté todo mal.
Se produjo un silencio incómodo. Ambos estaban de pie frente a frente, sin saber qué decir; dos personas que no se conocen bien y que tratan de dejar atrás las turbulencias iniciales de su relación.
Luego él sonrió y transformó su cara por lo general inexpresiva en la de un hombre mucho más joven.
– Me muero de hambre -dijo-. Trae esa comida.
Con una carcajada, ella pasó a la casa. Era la primera vez que entraba, y lo hizo despacio para mirar alrededor, registrando todos los detalles femeninos. Las cortinas de cretona, las acuarelas de flores en la pared. No era lo que esperaba. Diablos, era más femenino que su propio departamento.
– Vamos a la cocina -dijo él-. Mis papeles están allí.
La condujo por el living y ella divisó un piano vertical.
– ¡Genial! ¿Tocas el piano?
– No, es de Mary. Yo no tengo oído para la música.
Es de Mary. Tiempo presente. Lo que la sorprendió en ese momento fue que la razón por la que esa casa se veía tan femenina era a causa de Mary en tiempo presente, una casa que esperaba, inalterada, a que su señora estuviera de regreso. Una foto de la mujer de Moore se recortaba sobre el piano, una mujer bronceada con ojos risueños y el pelo despeinado por el viento. Mary, cuyas cortinas de cretona todavía colgaban de la casa a la que nunca regresaría.
En la cocina, Rizzoli colocó la bolsa de comida sobre la mesada, cerca de una montaña de expedientes. Moore revolvió entre las carpetas y encontró lo que buscaba.
– El informe de una consulta de emergencia de Elena Ortiz -dijo mientras se lo alcanzaba.
– ¿Esto es obra de Cordell?
Él le devolvió una sonrisa irónica.
– Parece que estoy rodeado de mujeres más competentes que yo.
Ella abrió la carpeta y vio en la fotocopia la letra turbulenta del médico.
– ¿Tienes la traducción de este desastre?
– No es mucho más de lo que te conté por teléfono. Violación no denunciada. No se recogieron muestras, no hay ADN. Ni siquiera la familia de Elena sabía del tema.