El Club De Las Chicas Temerarias
- Автор: Rodriguez Alisa Valdes
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Club De Las Chicas Temerarias». Краткое содержание книги:
Vicepresidenta de una importante compañía, Usnavys es un divertido ciclón negro, Sara es una modélica madre y la esposa de un abogado y respetado miembro de la comunidad judía, Elizabeth es copresentadora de un programa de televisión matutino y portavoz nacional de una organización cristiana, Rebecca es sencillamente perfecta, la creadora de Ella, la revista de la mujer hispana más popular del país, Amber, cantante y guitarrista de rock, espera su gran oportunidad, y Lauren es la redactora más joven y la única hispana del diario Gazette. ¡Son las temerarias!
No le he dicho a ninguna de mis antiguas amigas de universidad que quiero escribir poesía. Que escribo poesía. Amber podría entender la necesidad que el mundo tiene de poesía. Tal vez Lauren también. Las otras valorarían la creatividad, supongo. Lo que no entenderían es lo que me impide hablarle a ninguna de las temerarias de mi poesía. No creo que comprendieran los sentimientos que encierra. Sé que no los entenderían. Cuando nos reunimos, cuando veo a Lauren y la pasión que brilla en sus ojos, quiero decírselo a todas. Quiero abrirme el pecho con un cuchillo, sacarme el corazón y alzarlo frente a ellas sobre la palma de mi mano, para que puedan ver por fin que late de forma diferente. Y extraña. ¿Cómo?, ¿qué dices? Y lésbica, sí. Pero tuve que esperar a tener veinticinco años, hace tan sólo tres, para verlo yo misma, o incluso reconocerlo. Y es mío. No creo que ninguna de las temerarias reparase en su arrítmico latido, su forma peculiar, el extraño dibujo de su superficie. Selwyn entiende esa parte de mí, porque la comparte. Y ahí está, escapa por su boca en forma de palabras que captura del cosmos sólo para mí.
Solía verte, niña de sombra, niña encogida, hablando con tus demonios por las esquinas / Solía cantarte en sueños, respirarte en mi lenta muerte solitaria / y entonces me adentré en tu ola, te sentí bajo el agua, te sentí bajo el agua, te encontré allí, te encontré allí / Niña oscura, niña esbelta, te encontré allí, esperándome, palabras españolas goteando de tu boca como miel, goteando cada vez más abajo, cada vez mejor.
No les causaría buena impresión. Estoy segura. Es corpulenta, lleva camisas de franela a cuadros y pantalones anchotes de hombre. Lleva el pelo corto, eso podría gustarle a Rebecca, pero sólo lleva pendientes en una oreja, cinco aros de plata como mínimo. No les gustaría a ninguna. Buscarían la puerta más próxima para salir corriendo. Son así. No serían capaces de ver más allá de sus prejuicios para apreciar los ojos de Selwyn. Marrones ojos ardientes que se encienden con chispas de humor y vida. No les causaría buena impresión. No a ellas. Pero a mí sí. A mí. Es casi como estar con Lauren.
Empecé a venir aquí con la intención de leer algún día uno de mis poemas. Pero para hacerlo tendría que salir de las sombras, nadar hacia la superficie, mostrarme desnuda ante la ciudad de Boston, exponer mi corazón a la vista y a la mordedura de millones de extraños. No. La gente sabe quién soy. Me conocen. Creen que me conocen. Desayunan huevos y café, miran fijamente el televisor, y ven en él mi cara detrás de una capa de maquillaje. Mandan a sus hijos a la parada del autobús y hacen crujir sus periódicos mientras les leo las noticias del día con mi alegre sonrisa. Me mandan postales de Navidad y miles de cartas con todo tipo de consejos que no he pedido. Me dicen que me deje crecer el pelo, que me lo corte, que engorde, que adelgace, que hable con más claridad, que esté orgullosa de mi acento, que me cambie el nombre, que desvele mi apellido español. Me dicen que vuelva a África. Me insultan de cien maneras. Me piden que me case con ellos y me proponen traer a sus madres al estudio para que me conozcan. Me envían postales con preciosos dibujos de gente colgando de sogas. Me preguntan quién creo que ganará la Superbowl. Me piden que grite a los padres de sus bebés. Todos creen que me conocen.
Ni uno me conoce. Nadie. Ni siquiera Selwyn. Lo intenta. Lee sobre Colombia, estudia la historia de mi país, compra discos compactos de ballenato, e intenta aprender a bailar. Empezó suscribiéndose a revistas como American Journalism Review, para que tuviéramos más cosas de las que hablar los domingos por la tarde. Pero hay algo en mí, el ritmo de mi infancia, el jardín de sabores que me motivan y los colores luminosos y chillones con los que me gustaría que pintaran las casas de esta ciudad, los olores cálidos, florales, que siento que debería despedir la calle de una ciudad en verano, cosas que ella siempre encontraría exóticas e incomprensibles. Vengo de la cálida y húmeda ciudad costera de Barranquilla, y aunque era un lugar cruel para una madre soltera y médico a pesar de su color y su sexo -y para su esbelta y escurridiza hija-, es la imagen de cómo debería ser el mundo. Exuberante. Verde. Lleno de música y sabor. Nunca me siento tan en casa como en Colombia, porque a pesar de su violencia y sus imperfecciones, la amo desesperadamente.
De pequeña Selwyn era bajita, gordita y muy americana; tenía unos padres liberales que la querían a toda costa, y supo desde el jardín de infancia que amaría a las mujeres. Yo era alta y espigada, mi madre jamás hablaba de esas cosas, y aunque sabía que sentía algo especial por las chicas y no por los chicos, no supe que amar a las mujeres fuera una opción hasta que llegué a la universidad y aprendí a ponerle nombre. «Lesbiana.» Una palabra torpe y fea, y que nada tiene que ver con lo que una siente al serlo.
En Colombia no tenemos una palabra para designarlo. Tenemos una palabra para los hombres que aman a otros hombres, y es «mujer». Los hombres no se consideran homosexuales a menos que sean «de abajo», de donde yo vengo, y casi todos los hombres han practicado el sexo con otro hombre al menos una vez. En Colombia no se piensa que las mujeres sean sexuales. Allí las mujeres sexuales son malas. En la sabiduría popular, quiero decir. Incluso cuando las llaman putas, dan por supuesto que las pagan y no lo disfrutan. Las mujeres son madres en Colombia, y cocineras. Son vírgenes o prostitutas, sin término medio, nada. Por eso mi madre nunca quiso que yo volviera. Ella se quedó allí, pero siempre me dijo que quería que yo viviera libre en un país donde mi sexo y el color de mi piel no fueran motivo de odio. En Estados Unidos, me dijo mi madre, las mujeres son cuando menos seres humanos. Y ahora, aquí en Boston, soy mujer y famosa. Mi madre está orgullosa. Me pide que le envíe videos de cada informativo. Hablamos todos los domingos por teléfono y siempre que puedo voy a verla. No sabe lo que siento por las mujeres y prefiero que no se entere. Por eso me escondo en las últimas filas para escuchar a Selwyn. Por eso y porque no sé cómo reaccionarían los productores del informativo nocturno nacional que han estado cortejándome durante meses. Quiero ese trabajo.Con todas mis fuerzas. Presentadora de un informativo nacional. Yo. Por eso no puedo surgir de las sombras, levantarme y gritar lo que soy: ¡lesbiana! Acabaría con mi madre, tal vez también con mi carrera, y podría perder a las temerarias, mis cimientos en esta ciudad durante una década.
En concreto, a mi mejor amiga, Sara, esa mujer singular y bocazas de Miami que me hace reír más que nadie. Sara nunca me ha atraído. Pero no puedo confesarle lo que soy. Parece que no le gustan los gays y nos lo ha dicho a todas alguna vez; recuerdo cientos de veces que ha contado chistes de homosexuales. ¿Cómo, se preguntarán, puedo tener una amiga como Sara, conociendo su aversión a personas como yo? Les contaré algo: Sara y yo tenemos historia, una larga amistad de café, té y sueños compartidos, su sentido del humor es el mío, su familia es como la mía, sus hijos como mis hijos. No creo que sea sabio combatir prejuicios con prejuicios, no puedo odiar a mi mejor amiga por ser ignorante. Prefiero esconderme de su odio y disfrutar de su risa. No puedo salir del armario. Perdería a Sara. Podría hasta perder mi trabajo.
La primera mujer que amé fue Shelly Meyers, en quinto. Vivía para verla andar. Nunca se lo dije. No sabía que pudiera, no sabía cómo. No sabía. Siempre me ha gustado el mismo tipo de mujer. La segunda mujer que amé fue Lauren Fernández. Shelly y Lauren tienen la piel clara, el pelo alborotado y oscuro que les cae por todas partes y los ojos grandes y temperamentales. Ambas tienen caderas y piernas poderosas y caminan con paso firme. Selwyn también es así. A veces imagino que es Lauren. Eso no lo sabe y nunca debe enterarse. Enloquecería. Selwyn es así, frágil. Puede parecer dura, pero no lo es. Es emocionalmente frágil, como los verdaderos artistas. La llamo papel de cristal, lista para romperse al menor soplo de viento. Ella me llama alga marina. Así nos llamamos en la oscura intimidad. Papel de cristal y alga marina.