Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
La chica pidió perdón y empezó a tocar, pero la profesora no le prestó atención. Y se limitó a decir:
– Si te quedas dormida por la mañana, ¿cómo vas a esperar que te enseñe nada? Primero tendrás que tomarte la molestia de llegar a tiempo, como el resto de las chicas. Vuelve a tu sitio. No me voy a preocupar por ti.
La profesora dio la lección por terminada, y Calabaza me condujo al frente del aula, donde hicimos una reverencia a la Señorita Ratón.
– Le ruego me permita presentarle a Chiyo, profesora -dijo Calabaza-, y le suplico que sea indulgente con ella, pues es una chica con muy poco talento.
Calabaza no pretendía insultarme; sencillamente ésa era la forma en que se hablaba antes, cuando uno quería ser educado. Mi madre lo habría dicho igual. La Señorita Ratón se quedó un buen rato callada, mirándome, y luego me dijo:
– Pareces una chica lista. Basta con mirarte. Tal vez puedas ayudar a tu hermana mayor con sus lecciones.
Se refería, claro está, a Calabaza.
– Pon tu nombre en el tablón lo más temprano que puedas todas las mañanas -me dijo-. Guarda silencio en las clases. No tolero que se diga una palabra. Y has de mirar siempre al frente. Si haces todas estas cosas, te enseñaré lo mejor que pueda.
Y tras esto, nos dijo que nos retiráramos.
En los pasillos, entre una clase y otra, mantenía los ojos bien abiertos buscando a Satsu, pero no la encontré. Empecé a preocuparme de que tal vez no volvería a verla, y me puse tan triste que una de las profesoras, justo antes de empezar su clase, mandó callar a todo el mundo y me dijo:
– ¡Eh, tú!, ¿qué te pasa?
– ¡Oh, nada, nada, profesora! Sólo que me he mordido el labio sin darme cuenta -le contesté yo. Y para demostrarlo, y en beneficio de las chicas que me observaban, me di tal mordisco que me hice sangre.
Fue un alivio para mí comprobar que el resto de las clases de Calabaza no eran tan penosas de ver como la primera. En la clase de danza, por ejemplo, las alumnas practicaban los pasos al unísono, con lo que no sobresalía ninguna. Calabaza no era la que peor lo hacía en absoluto, e incluso se movía con cierta gracia. La clase de canto, ya casi a última hora de la mañana, resultó más difícil dado su mal oído; pero aquí también todas las alumnas practicaban juntas, y Calabaza podía ocultar sus faltas, abriendo la boca mucho, como si cantara, pero sin hacerlo o haciéndolo muy bajito.
Al final de cada clase me presentó a la profesora. Una de ellas me preguntó:
– ¿Vives en la misma okiya que Calabaza?
– Sí, profesora -contesté-, la okiya Nitta -pues Nitta era el apellido de la Abuela, Mamita y la Tía.
– Eso significa que vives con Hatsumono-san.
– Sí, profesora. Hatsumono es la única geisha de nuestra okiya en estos momentos.
– Haré todo lo posible por enseñarte a cantar -dijo-, ¡ siempre que logres sobrevivir, claro!
Y luego se echó a reír como si hubiera contando un buen chiste y nos dijo que nos fuéramos.
Capítulo cinco
Aquella misma tarde Hatsumono me llevó al Registro de Gion. Yo esperaba algo inmenso, pero resultó que no consistía más que en unas cuantas habitaciones con tatamis oscuros, situadas en el segundo piso del edificio de la escuela, y llenas de mesas y libros de contabilidad y con un olor terrible a tabaco. Un oficinista levantó la vista de la mesa para mirarnos a través de una cortina de humo, y nos indicó con la cabeza que pasáramos a la habitación que había a su espalda. Allí, en una mesa llena de papeles, estaba el hombre más grande que yo había visto en mi vida. Entonces todavía no lo sabía, pero aquel hombre había sido un luchador de sumo; y realmente, si hubiera salido y se hubiera dejado caer con todo su peso contra uno de los lados del edificio, todas aquellas mesas se hubieran caído de la tarima de tatami al suelo. No había sido un luchador lo bastante bueno para tener un nombre al jubilarse, como lo hacen algunos; pero le gustaba que le siguieran llamando por el nombre que utilizaba en sus días de luchador, que era Awajiumi. A algunas geishas les hacía gracia llamarle por el diminutivo Awaji.
No bien entramos, Hatsumono desplegó todo su encanto. Era la primera vez que la veía hacerlo. Le llamó: «Awaji-san». Pero por su forma de pronunciarlo, no me habría sorprendido que se hubiera quedado sin aliento a media palabra, porque sonó así: «Awaajii-saaannnnnn».
Parecía que lo estaba regañando. El dejó la pluma sobre la mesa al oír la voz de Hatsumono, y sus dos inmensas mejillas se movieron hasta las orejas, lo cual era su forma de sonreír.
– Mmm… Hatsumono-san -dijo-, ¡no sé qué voy a hacer como sigas poniéndote más guapa!
Cuando hablaba sonaba como un grave susurro, porque muchos luchadores de sumo se destrozan las cuerdas bucales, al aplastarse el cuello como lo hacen.
Podía tener el tamaño de un hipopótamo, pero Awajiumi era muy elegante en el vestir. Llevaba un kimono con pantalones de raya fina. Su trabajo consistía en garantizar que todo el dinero que pasaba por Gion iba adonde se suponía que debía de ir; y un chorrito de ese río de dinero desembocaba directamente en su bolsillo. Esto no quiere decir que estuviera robando, sino que era simplemente como funcionaba el sistema. Dado que Awajiumi tenía un trabajo tan importante, a todas las geishas les interesaba tenerlo contento. Por eso tenía fama de pasar más tiempo sin sus elegantes ropas encima que con ellas.
Charlaron durante un buen rato y finalmente Hatsumono le dijo que había ido a registrarme para la escuela. Awajiumi todavía no me había mirado realmente, pero entonces volvió su enorme cabeza. Un momento después, se levantó y subió uno de los estores de papel para que entrara más luz.
– ¡Pero bueno! Creí que mi vista me engañaba -dijo-. Deberías haberme dicho antes que venías con una niña tan bonita. ¡Qué ojazos! Son del color de los espejos.
– ¿De los espejos? -dijo Hatsumono-. Los espejos no tienen color Awaji-san.
– Claro que lo tienen. Son grises. Cuando tú te miras al espejo, sólo te ves a ti; pero yo sé reconocer un lindo color cuando lo veo.
– ¿Ah, sí? Pues a mí no me parece tan lindo. Una vez vi a un ahogado que habían sacado del río, y tenía la lengua exactamente del mismo color que los ojos de ésta.
– Tal vez eres demasiado bonita para ver la belleza en otra parte -dijo Awajiumi, abriendo un libro de cuentas y tomando la pluma-. Pero vamos a registrar a la muchacha. Vamos a ver… Chiyo, ¿no? Dime tu nombre completo, Chiyo, y tu lugar de nacimiento.
En cuanto oí estas palabras, me imaginé a Satsu mirando a Awajiumi, confusa y asustada. Probablemente había estado en esta misma habitación en un momento u otro; si yo tenía que registrarme, ella también tendría que haberlo hecho.
– Mi apellido es Sakamoto -dije-. Nací en Yoroido. Tal vez ya haya oído alguna vez el nombre de este pueblo, por mi hermana mayor, Satsu.
Creí que Hatsumono se pondría furiosa conmigo; pero para mi sorpresa, hasta pareció encantarle mi pregunta.
– Si es mayor que tú, ya tendría que estar registrada -dijo Awajiumi-. Pero no me suena. No creo que esté en Gion.
Entonces cobró sentido la sonrisa de Hatsumono; sabía de antemano lo que iba a decir Awajiumi. Si tenía alguna duda acerca de si había hablado realmente con mi hermana, como ella afirmaba, dejé de tenerla. Había en Kioto otros barrios de geishas, pero no los conocía. Satsu debía de estar en alguno de ellos, y yo estaba decidida a encontrarla.
Cuando volví a la okiya, la Tía me esperaba para llevarme a los baños que había un poco más abajo en nuestra misma calle. Ya había estado allí, pero con las criadas mayores, que normalmente me daban una toallita y un trozo de jabón y luego se agachaban en el suelo de azulejos a lavarse ellas, mientras yo hacía lo mismo. La Tía fue mucho más amable, y se arrodilló a mi lado para frotarme bien la espalda. Me sorprendió que no tenía pudor alguno, y dejaba que le colgaran los pechos como si fueran dos botellas. Incluso me dio varias veces con uno sin querer.