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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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Un violento soplo de viento cruzó la llanura de hielo, alzando remolinos de nieve y arrojándolos contra nosotros. Los duros torbellinos blancos cruzaron a través de su cuerpo sin que ella pareciera darse cuenta.

—¿Y abdicar, Yakoub? —dijo suavemente —. ¿Cómo va a mejorar eso las cosas?

—Me necesitan —dije —. Ya han enviado un mensajero a pedirme que vuelva. Vendrán más. Me suplicarán. Me pedirán que imponga mis condiciones. Entonces se las diré. Y no tendrán elección. Seré rey de nuevo, Syluise. Pero esta vez ellos tendrán que seguirme allá donde les conduzca. Y donde les conduciré será a la Estrella Romani.

—Oh, Yakoub —dijo de nuevo. Su aurora se hizo tan densa como el núcleo de un sol. Ya no podía verla, pero sí oírla. ¿Estaba llorando, dentro de aquella cegadora luminosidad de energía?

No. Aquel sonido era una risa.

¡Syluise! La maldita zorra sin corazón. La fuerza del odio que sentí en aquel momento hacia ella hubiera podido conducir una flota de astronaves desde un extremo al otro de la galaxia.

3

A veces, cuando estaba a solas, podía sentir la presencia de los reyes gitanos de todos los siglos pasados apiñándose dentro de mi alma. Sentía muy cerca a Chavula, aquel pequeño y decidido hombre que había obligado a los gaje a aceptarnos a bordo de sus naves. Y a Ilika, con su llameante barba roja, el que nos mostró cómo se daba el salto, la rápida conversión de la fuerza mental de los roms en la energía necesaria para atravesar los años luz. Claude Varna el gran explorador, el descubridor de mundos. Tavelara, Markko, Mateo, Pavlo Gitano, todos agitándose dentro de mí, compartiendo conmigo su espíritu, animándome a seguir adelante. Y había otros reyes también, figuras oscuras sin nombres ni rostros, los reyes de tiempos inmemoriales, reyes del mundo antiguo, los toscos reyes de los caminos de la Tierra; e incluso otros reyes más antiguos, reyes de la Atlantis gitana, reyes incluso de la Estrella Romani. El día en que me convertí en el más alto baro rom todos habían entrado dentro de mí, y aún merodeaban conmigo y los sentía en mi interior. Y les estaba agradecido.

¿Y quiénes eran ésos, esos otros que acechaban entre las brumas? Era incapaz de verlos pero sí podía sentirlos, misteriosos, desconocidos. Tenía una idea de quiénes eran. Eran reyes aún por venir, sucesores de Yakoub, los reyes del futuro aún no nacido, agitándose en mi alma. Sabía que yo iba a tener que morir a fin de poder liberarles para que vivieran sus destinos, y sentía un cierto dolor al saberlo; pero tendría que ser así. Eso era lo correcto. ¡Dadme la oportunidad de vivir mi destino, todos vosotros, reyes por venir, y luego podréis tener el vuestro!

Syluise se había reído de mí. Bien, dejemos que ría. Sabía por qué me había sido concedido el reino y tenía intención de realizar aquello para lo que había sido elegido. Me habían elegido porque la visión era más fuerte en mí que en cualquier otro; y aunque todos los demás hubieran perdido la visión ahora, yo no. Sólo pedía una cosa, que se me permitiera vivir el tiempo suficiente. Eso era todo lo que pedía. Una cosa que siempre había temido era que pudiera morir sin haber devuelto la Estrella Romani a mi pueblo. ¿Pero qué importaba, se preguntarán ustedes, si yo moría antes de tiempo? Estaría muerto: ¿qué me importaría ya a mí todo lo demás?

Si se preguntan ustedes eso, es que no comprenden nada.

El poder de alcanzar lo que debía ser alcanzado estaba en mí. Si disponía del poder y fracasaba en hacer uso de él, eso sería indigno. Mi pueblo me maldeciría por siempre. Si hay una vida después de esta vida, me asfixiaría bajo el peso de su desprecio. Y si no…, bien, no importa. Debo vivir como si todos los roms aún por nacer me estuvieran contemplando. Como si cada día tuviera que sufrir el implacable examen de su escrutinio.

4

Puede que piensen ustedes que después de todas estas visitas tuve la ocasión de gozar de una cierta intimidad. Pero no pasó mucho tiempo antes de que volviera a tener compañía.

Esta siguiente visita fue más bien desconcertante, porque se trató del Duc de Gramont. O de su doble. No estaba seguro de cuál, y de ahí el desconcierto. Y la inquietud.

Julien de Gramont es un viejo amigo qué ha conseguido trazar una línea muy clara entre las esferas sobrepuestas de autoridad del Reino Rom y del Imperio. Eso es una medida de la habilidad de Julien. Como profesión, Julien ha afirmado siempre ser el pretendiente del trono de la antigua Francia, uno de los más importantes países de la Tierra allá por el año 1600. Francia se libró de sus reyes hace ya mucho tiempo, pero eso no importa; no puedo ver que pueda causar ningún daño el reclamar un trono obsoleto. Lo que no acabo de comprender exactamente, aunque Julien ha intentado explicármelo siete u ocho veces, es el extremo de reclamar el trono de un país en un planeta que ya no existe. Tiene algo que ver con la grandeza, dice él. Y la gloria. Esa segunda palabra la pronuncia gluar, o algo así. El francés es una lengua muy extraña.

(Sólo de pasada quiero señalar, puesto que no es probable que se les ocurra por ustedes mismos la idea, que la amada Francia del Duc de Gramont era un lugar no mayor de lo que sería una plantación de tamaño medio en un mundo de tamaño medio como Galgala o Xamur. De todos modos, Francia había tenido sus propios reyes, y su propio idioma, y leyes, y literatura, e historia, y todo lo demás. Y de hecho fue un lugar muy importante, en su tiempo. Lo sé porque estuve allí una vez, de hecho, exactamente en la época en que se libraron de sus reyes. Un aspecto extraño y en cierto modo curioso de los gaje de la Tierra es que consideraron necesario dividir su pequeño planeta en un centenar de pequeños países independientes. Por supuesto, esa disposición nos complicó sobremanera las cosas mientras vivimos entre ellos. Pero todo terminó hace ya mucho tiempo)

El primer par de años que viví en Mulano tuve a un doble del Duc de Gramont viviendo allí conmigo. Julien lo hizo crear para mí como un regalo de despedida cuando supo de mi abdicación, porque sabe que me encanta la cocina francesa, un campo en el que él es un experto; así que pensó que tal vez me gustaría tener mi propio chef francés mientras vivía en mi autoimpuesto exilio.

Pero generalmente los dobles sólo duran uno o dos años, o quizá un poco más en un clima frío como Mulano. Luego se desvanecen. Y no vuelven a la vida. Mi doble de Julien se desvaneció, de la forma habitual y en el momento habitual, hacía ya varios años. Cuando ahora vi lo que tomé por el doble del Duc de Gramont abrirse camino hacia mí por entre los agitantes brazos de mi bosque —deteniéndose una o dos veces para arrancar una hoja y metérsela en la boca, como para probarla y ver si valía la pena para utilizarla en alguna salsa—, no pude hallarle sentido a nada de aquello.

— Alors, mon vieux! —exclamó—. Mes hommages! Comment ça va? ¡Sacrebleu, hace frío aquí!

Le lancé una mirada inexpresiva y retrocedí un poco. Comprendo a los espectros, comprendo a los dobles, pero, ¿el espectro de un doble?… No.

Dije con voz deshilachada:

—¿De dónde vienes?

—Ah, ¿ése es el mejor saludo de bienvenida que puedes ofrecerme, mon ami? —Hablándome en un tono frío, seco, profundamente ultrajado —. Me paso media horrible eternidad encerrado en la cápsula del relé para llegar a este deprimente lugar, y no muestras la menor alegría al verme, ni expresas el menor regocijo, simplemente me haces una pregunta, bruscamente, sin el menor asomo de cortesía. ¿Que de dónde vengo? ¡Quel type! ¿Dónde está el abrazo? ¿Dónde están los besos en las mejillas? —Alzó las manos y se lanzó a una loca retahíla de palabras en francés, como un robot traductor que se hubiera vuelto loco —. Joyeax Noél! Bonae Année! A quelle heure part le prochain bateau? J’ai le mal de mer! Faites venir le garçon! Par ici! ¡Le voici! ¡Il faut payer! —Y se puso a dar saltos de un lado para otro como un loco.

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