El Orden Y El Caos
- Автор: Купер Луиза
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Orden Y El Caos». Краткое содержание книги:
Había tomado la precaución de comprar un collar- amuleto y colgárselo del cuello para no llamar la atención, pero esto no la libraba de la creciente inquietud que era ahora su constante compañera. La enfermedad del miedo que estaba aquejando al mundo había hecho también presa en ella y, con el miedo, decrecía rápidamente su esperanza de encontrar a Tarod antes de que el Círculo la encontrase a ella. Sabía que no podría esquivarles para siempre, y aunque el Círculo pudiese estar un día dispuesto a abandonar la caza de la amante de Tarod, nunca dejaría de buscar a la asesina de Drachea Rannak.
Cyllan se estremeció y trató de alejar los inquietantes pensamientos de su mente y concentrar su atención en el camino. A poca distancia delante de ella, pudo ver un pequeño montón de piedras, recién construido, a un lado de la senda; alrededor del improvisado santuario, los viajeros depositaron ofrendas (pequeños tesoros, artículos comestibles, baratijas y bufandas de colores) como súplica a Aeoris para que les protegiese en el camino. Había visto varios de estos santuarios durante los últimos años y, al acercarse a éste, se preguntó si también ella debía dejar algo, tal vez una moneda, como prenda.
El viento arreció inesperadamente; un viento crudo y aullador que soplaba del norte traspasaba su chaqueta y le erizaba la piel de los brazos, y entre su frío zumbido creyó oír una risa inhumana. La piedra del Caos, oculta debajo de su camisa, latió de pronto, cálida sobre su piel, como una advertencia, y el poney hizo un movimiento extraño al acercarse al montón de piedras.
Cyllan sintió el sudor en su cara y en su cuello al tranquilizar al animal y obligarle a pasar por delante del santuario. El fuerte viento podía haber sido una coincidencia, pero seguía tan de cerca a sus pensamientos que dudaba mucho de ello. Y aquella risa, real o imaginaria, había penetrado hasta su medula, dejándola helada, pues parecía burlarse de ella por atreverse a pensar que podía pedir protección a Aeoris.
Contempló el cielo gris de estaño y después, por encima del hombro, el camino a su espalda. Una imagen volvió a su mente, evocada de aquel día en que había descargado el Warp sobre Shu-Nhadek. Había visto una figura, un fantasma, que la llamaba desde el final de un ruidoso callejón mientras la tormenta rugía desde el norte; recordó los cabellos cobrizos, la graciosa pero terrible mano que la llamaba, la estrella que ardía en el corazón del fantasma.. , y casi esperó vivir de nuevo aquella pesadilla al volver ahora la cabeza.
Pero el camino estaba desierto.
Los poneys se habían tranquilizado al dejar atrás el montón de piedras y las ofrendas. Cyllan levantó más el cuello de su chaqueta sobre las frías mejillas y espoleó su reacia montura para que siguiese adelante.
CAPÍTULO 5
El sol señalaba el mediodía del día siguiente, cuando Cyllan vio el perfil de una gran ciudad delante de ella. Detuvo los poneys, contempló los lejanos tejados y se preguntó si debía o no dar un rodeo. Esa parte de la provincia de Perspectiva le era vagamente familiar (había pasado por allí varias veces con los boyeros de su tío) y, si la memoria no la engañaba, el cruce de la ciudad parecía ser la única alternativa. Los campos cultivados se extendían a ambos lados y, con las tiernas plantas creciendo en ellos, los propietarios del lugar no verían con buenos ojos a una desconocida que pisotease sus tierras existiendo un buen camino que seguir. La fortuna la había acompañado hasta ahora; debía fiarse una vez más de ella y entrar en la ciudad.
Oyó el tañido de la campana cuando estaba aún a media milla, y aquel sonido, transmitido por una ligera brisa que había girado al sudeste de la noche a la mañana, la inquietó sobremanera. Todas las ciudades que mereciesen el nombre de tales presumían al menos de una gran campana, emplazada generalmente en una torre del palacio de justicia, pero solamente repicaba para anunciar algún suceso muy importante. Algo estaba ocurriendo allí, y Cyllan no tenía el menor deseo de verse envuelta en ello.
Observó cuidadosamente el terreno, a ambos lados del camino, pero no vio ningún sendero a través de los campos; parecía que no tenía más remedio que seguir adelante. Por lo menos, los vecinos no estarían tan predispuestos a fijarse en una desconocida, si tenían asuntos propios de que ocuparse.
El límite de la población estaba marcado por un arqueado puente de piedras sobre un alborotado riachuelo, y los dos hombres que lo custodiaban volvieron la cabeza al oír las pisadas que se acercaban. Habían estado observando la ciudad, claramente ansiosos de saber lo que tenían que hacer, y Cyllan refrenó su montura al acercarse a ellos.
—Dinos tu nombre y lo que vienes a hacer aquí —preguntó uno de los guardias.
—Soy Themila Avray, conductora de ganado, de la Tierra Alta del Oeste. —Cyllan había empleado otras veces aquel seudónimo, inventando el apellido del clan y tomando el nombre de una mujer que, según le había dicho Tarod, había sido antaño su más querida amiga y su protectora en el Castillo—. Me dirijo a Shu-Nhadek, para encontrarme con mi primo en la feria del Primer Día del Trimestre.
Los ojillos del guardia examinaron los cabellos castaños, la ropa, el collar amuleto que llevaba ella colgado sobre el pecho, y su expresión se tranquilizó ligeramente.
—Tendrás suerte si puedes cruzar la ciudad mientras sea de día —le dijo.
La campana seguía sonando, apremiante.
—¿Por qué? —preguntó Cyllan.
—Va a celebrarse un juicio en la plaza del mercado. —El guardia sonrió, mirando de soslayo—. Dicen que han pillado a la cómplice del demonio del Caos.
—¿La han pillado...? —Cyllan se interrumpió y tragó saliva, dándose cuenta una vez más de que la suerte estaba de su parte. Hizo una señal sobre el pecho, sabiendo que el hombre la esperaba—. Aeoris...
El guardia se echó atrás y le hizo ademán de que pasara.
—Será mejor que te apresures, si quieres ver el espectáculo. — Sonrió de nuevo—. Yo estoy esperando que llegue el relevo para llegar antes de que haya terminado.
Incluso antes de llegar a la plaza del mercado su avance fue dificultado por la gente que convergía de todas direcciones, y Cyllan perdió toda esperanza de poder cruzar la ciudad y salir de ella. Parecía que toda la población estuviese acudiendo allí, atraída por el son de la campana, y cuando pudo ver la plaza del mercado, vio claramente que, le gustase o no, tendría que esperar hasta que hubiese terminado el juicio.
La plaza estaba atestada y la muchedumbre se extendía en las calles próximas, y solamente el hecho de ir montada a caballo permitió a Cyllan llegar a un sitio despejado desde el cual, siempre que permaneciese sobre la silla, podría presenciar bien todo el acto. El juicio se celebraría en la escalinata del palacio de justicia, ya que el interior del edificio resultaba insuficiente. Los jueces habían salido ya y estaban ocupando sus sitios cuando Cyllan detuvo su caballo, obligada por la presión del gentío.
Un anciano vestido de negro se sentó rígidamente en un sillón, flanqueado de un grupo de dignatarios de la ciudad y de milicianos uniformados que, por lo visto, tenían por tarea leer las acusaciones contra la prisionera. Buscando entre los que se hallaban en la escalinata, Cyllan vio, custodiada por guardias armados, a una muchacha de cabellos rubios y semblante contraído por el terror, y el espectáculo hizo que se sintiese de pronto mareada. La muchacha era aún más joven que ella y, fuesen cuales fueren las pruebas amañadas contra ella, Cyllan sabía que era inocente. Pero, ¿cómo podía defenderse contra el miedo supersticioso de sus semejantes?
Dos años atrás presenció un juicio, en una población de la provincia de Wishet, donde había estado traficando con los boyeros de su tío, y aquel recuerdo le daba una sombra de esperanza por la niña. Entonces, un Iniciado había presidido el tribunal, las pruebas presentadas por ambas partes habían sido escuchadas con absoluta y tranquilizadora imparcialidad, y la sentencia había sido justa aunque no enteramente popular. Hoy no había ningún Iniciado que dirigiese las actuaciones, pero tal vez era mejor así, pues el afán del Círculo por descubrir a la cómplice del Señor del Caos podría influir en el criterio de cualquier Adepto, por muy elevados que fuesen sus principios. Cyllan observó a la infeliz muchacha y sus labios se movieron en silenciosa oración a cualquier poder, del Orden o del Caos, que pudiese impedir que se cometiese una injusticia.