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Una Extrana Herencia

Электронная книга - «Una Extrana Herencia». Краткое содержание книги:

El empresario Ryan Bennett había accedido a hacerse pasar por su primo en una cita a ciegas. Desde el momento en que vio a Julie Nelson hasta el momento en el que debería haberle dicho adiós, Ryan estuvo cautivado por aquella mujer y no pudo evitar invitarla a compartir su cama. Después del apasionado encuentro, Ryan confesó su verdadera identidad y trató de convencerla de que lo que había entre ellos era real a pesar del engaño inicial, pero Julie no estaba dispuesta a hacerlo. Ahora lo consideraba un enemigo…
Pronto daría a luz al hijo del enemigo…
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– Me gustó tu casa -dijo él, abriendo la puerta con la llave-. Me sentí muy cómodo. Este lugar no es así.

Entraron en la casa y Ryan encendió las luces. Julie se fijó en los techos altos, en los suelos de madera y en las impresionantes obras de arte. Y sólo estaban en la entrada.

– ¿No hay empleados? -preguntó.

– Hay un ama de llaves interna. Hoy es su día libre. Le dije que nos pasaríamos, pero que no hacía falta que estuviera. Tenemos la casa para nosotros.

Ryan la condujo por una escalera y luego por un pasillo flanqueado por habitaciones.

– ¿Cómo de grande es este lugar? -preguntó ella-. ¿Diez mil metros cuadrados?

– Creo que más bien quince.

– Eso es mucho limpiar.

– Yo no lo sé -contestó él con una sonrisa.

– Sería un trabajo de jornada completa. No puedo creer que tus padres tengan este sitio y casi nunca estén aquí.

– Les gusta viajar.

– Mis hermanas y yo podríamos haberlo pasado muy bien aquí. ¿Quién necesita un parque de atracciones? Te portaste muy bien con ellas, por cierto. ¿No te lo había mencionado? Casi te ganaste su confianza.

– Me gané su confianza. Sin casi.

– Qué arrogante.

– Y con razón.

Las señales de alarma comenzaron a sonar en su cabeza. Julie sabía que no debía dejarse seducir, pero no podía evitarlo. Era un hombre fantástico.

Al final del pasillo tomaron otra escalera hacia el tercer piso. En vez de más habitaciones, había espacios abiertos, dándole al lugar un estilo loft. Las ventanas dejaban entrar una gran cantidad de luz.

– Me encanta esto -murmuró Julie- Me dan ganas de ser pintora o algo creativo. ¿No te parece que sería un estudio fantástico?

– Todd y yo jugábamos aquí cuando éramos pequeños. Teníamos todo el piso para nosotros.

– Un paraíso para los niños.

En una esquina había otras escaleras. Eran estrechas y empinadas. Julie siguió a Ryan y se encontró metida en el desván.

Parecía sacado de una película original de la PBS; con vigas descubiertas, muebles cubiertos con sábanas y ventanas polvorientas. Había cajas por todas partes, además de ganchos en las paredes y baúles.

¿Cómo era posible que Ryan y ella se hubieran criado a menos de treinta kilómetros de distancia y hubieran tenido una vida tan distinta? ¿Cómo podía ser real ese mundo?

Ryan quitó unas cuantas sábanas, y dijo:

– Todd y yo pasábamos mucho tiempo aquí arriba. Metíamos las narices en todo. La mayoría de las cosas eran muy aburridas para un niño, pero recuerdo…

Atravesó la sala y movió algunas cajas.

– Sé lo que piensas del arte moderno. ¿Esto es más de tu estilo?

Le había prometido una sorpresa. Julie no había estado muy segura de qué esperar, pero desde luego no una hermosa canastilla.

Se arrodilló y tomó aliento al tocar la pieza. Estaba decorada con ángeles, corazones y flores. Estaba un poco ajada, pero era increíble.

– Oh, Ryan. Es increíble.

– Me alegro de que te guste. Podemos restaurarla. Hay un vestidor a juego -Ryan se sentó a su lado-. Puede que estas cosas tengan ciento cincuenta años. No hay cambiador, pero podríamos pedir que nos hicieran uno. Y lo mismo con la cuna.

– Eso suena genial. ¿Cómo sabías que me encantaría?

– Simplemente lo sabía.

Julie habría imaginado que Ryan era el tipo de hombre que hacía regalos típicos, pero se equivocaba, y le encantaba. No era que fuese a quedarse con esos muebles. Eran herencia familiar. Pero estaría encantada de utilizarlos mientras el bebé fuera pequeño.

– Eres increíblemente considerado -le dijo-. Gracias. Son increíbles.

– Bien. He estado leyendo cosas en Internet. Sobre bebés. Necesitan muchas cosas.

– Es difícil creer que algo tan pequeño necesite tantos accesorios.

– ¿Puedes sentir algo ya?

– Sólo náuseas -dijo ella, llevándose la mano al estómago-. Ningún movimiento. Para eso faltan un par de meses.

– Apenas se te nota.

– Tengo un poco de barriga -estuvo a punto de decir que debía verla desnuda, pero eso podría llevar a equívocos.

– ¿Cuándo vas a decírselo a tus socios? -preguntó él.

– Pronto. Tengo que hacerlo. Hay muchos detalles de los que tengo que ocuparme, pero funcionará. Es extraño. Hasta que no descubrí que estaba embarazada, mi carrera era lo más importante en mi vida. Vivía para trabajar. Estaba decidida a ascender. Un bebé lo complicará todo, pero no me importa.

– No tomarás las decisiones sola -dijo él-. Yo también participaré-. Voy a ser un padre presente, Julie. Quiero estar ahí por mi hijo.

– Me parece bien -dijo ella-. Podemos entrevistar a futuras niñeras.

Lo decía en broma, pero Ryan puso cara de repugnancia.

– Yo tuve una niñera.

– Interesante. ¿Era simpática?

– Tuve varias, y todas eran simpáticas. Mis padres decidieron evitar los aspectos «sucios» de educar a un hijo. Me llevaban con ellos cuando viajaban, pero nunca estábamos juntos. No recuerdo que me llevaran a sitios con ellos, ni que comiésemos juntos. Yo tenía mi propia suite en el hotel, con mi niñera, y a veces Todd, si sus padres también iban.

– Debías de sentirte muy solo -dijo ella.

– A veces. A medida que fui creciendo lo fui llevando mejor, y pude salir solo. Podía ver a otros niños. Cuando llegué al colegio, estuve a salvo, excepto en verano. Siempre estábamos viajando de un lado a otro.

Julie también recordaba sus veranos, pasando los días en el jardín. Sus hermanas y ella se inventaban juegos que duraban días.

– Todd ayudaba -continuó Ryan-. Nos apoyábamos mutuamente. Como tus hermanas y tú.

– Son importantes para mí -convino ella.

– Quiero algo más para nuestro bebé, Julie. Quiero que sepa que estamos los dos ahí. Quiero que fo¬memos una familia. Quiero la familia que nunca tuve.

Sonaba decidido y dolorosamente triste. Julie sufría por el niño que había tenido tantas cosas y, al mismo tiempo, tan poco cariño.

– No creo que podamos regresar en el tiempo y darte esa familia-dijo ella-. Sé que no quiero recrear la mía. Pero podemos construir algo nuevo que nos venga bien.

– Me gustaría intentarlo. ¿Sabe tu padre ya lo del bebé?

– La verdad es que no se lo he dicho -dijo ella, arrugando la nariz-. Si mi madre ha hablado con él hace poco, puede que se lo haya mencionado.

– No te cae bien. Lo noto en tu voz.

– No puedo perdonarlo -admitió-. Le hace daño una y otra vez. Sé que ella tiene parte de responsabilidad; se lo permite. Pero desearía que lo mandase a paseo de una vez por todas y encontrase a un hombre decente. Pero ella dice que lo quiere.

– ¿No la crees?

– Creo que el amor no tiene que hacer tanto daño.

Ryan le tomó la mano. Por supuesto, sintió el tradicional cosquilleo y deseo. Julie tenía la sensación de que siempre experimentaría eso cuando Ryan estuviese cerca. Pero había algo diferente. Algo cálido y reconfortante. Como si pudiera confiar en él para que estuviese siempre presente.

No era probable que eso ocurriese, pero era agradable imaginarlo.

– Una vez estuve prometida -dijo-. Se llamaba Garrett y era encantador. Nos conocimos en la facultad.

– Lo odio -dijo Ryan.

– Eso deja claro tu buen gusto -Julie se encogió de hombros-. Sigo mirando atrás y tratando de averiguar en qué me equivoqué, pero no lo descubro. No sé qué pistas pasé por alto. Quiero pensar que no hubo ninguna, pero quién sabe. En cualquier caso, empezamos a salir, nos enamoramos, o eso pensaba yo, y nos prometimos. Pero él ya estaba casado. Su esposa, una mujer joven y dulce, vivía en Nuevo México con su familia. Tenía dos trabajos para pagar su educación. Habían decidido que sería más barato que ella se quedase allí mientras que él encontraba un apartamento aquí e iba a la Universidad de California.

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