Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
El río, que en la distancia había parecido tan estrecho, ahora se ensanchaba como un mar, pero la ciudad también se había vuelto gigante. Mirando ceñuda desde la Colina Alta de Aegon, la Fortaleza Roja dominaba los accesos. Sus almenas erizadas de hierro, sus pesadas torres y sus gruesos muros rojos le daban el aspecto de una bestia feroz, a punto de saltar sobre el río y las calles. Los acantilados sobre los que se erguía eran abruptos y rocosos, con manchas de líquenes y retorcidos arbustos espinosos. La flota tendría que pasar por debajo del castillo para llegar a la bahía y a la ciudad.
La primera línea estaba ya en el río, pero las galeras enemigas continuaban retrocediendo. «Quieren atraernos. Quieren que nos juntemos más, bien apretados, sin posibilidades de rodearlos por los flancos… y con esa barrera a nuestras espaldas.» Caminó por la cubierta, estirando el cuello para contemplar mejor la flota de Joffrey. Entre los juguetes del niño estaba la voluminosa Gracia de los dioses; también vio a la vieja y lenta Príncipe Aemon, a la Dama de seda y a su gemela, Rubor de dama, a la Viento salvaje, la Regio, la Corazón blanco, la Lanza, la Flor del mar… Pero ¿dónde estaba la Estrellaleón? ¿Dónde estaba la hermosa Lady Lyanna, que el rey Robert había bautizado en honor de la doncella que había amado y perdido? ¿Y dónde estaba la Martillo del rey Robert? Era la mayor galera de guerra en la flota real, cuatrocientos remos, la única nave de guerra en posesión del rey niño capaz de superar a la Furia. Por lógica debería estar en el centro de cualquier defensa.
Davos presintió una trampa, pero no acababa de ver señales de enemigos congregándose a sus espaldas, sólo veía la gran flota de Stannis Baratheon en formación ordenada, que se extendía hasta el horizonte del agua. «¿Levantarán la cadena para dividirnos en dos?» No alcanzaba a entender qué conseguirían con eso. Las naves que quedaran fuera de la bahía aún podían desembarcar a los hombres al norte de la ciudad; el paso era más lento, pero más seguro.
Una bandada de flameantes pájaros naranja salió volando del castillo, unos veinte o treinta; vasijas de brea ardiente que describían un arco sobre el río, dejando atrás hilos de fuego. Las aguas devoraron la mayoría, pero algunas cayeron sobre las cubiertas de las galeras en la primera línea de batalla, esparciendo llamas al romperse en pedazos. En la cubierta de la Reina Alysanne se veían guerreros con armaduras arrastrándose, y Davos pudo distinguir columnas de humo que ascendían desde tres puntos diferentes en la Veneno de dragón, cerca de la orilla. En ese momento, una segunda andanada volaba por los aires, y también caían flechas, que llegaban silbando desde los nidos de arqueros que coronaban las torres. Un soldado cayó por la borda de la Gata, chocó con los remos y se hundió.
«El primer hombre que muere hoy —pensó Davos—, pero no será el último.»
Por encima de las almenas de la Fortaleza Roja ondeaban las banderas del rey niño: el venado coronado de Baratheon sobre campo dorado y el león de Lannister sobre púrpura. Llegaron volando más vasijas de brea. Davos oyó a hombres gritar cuando el fuego se extendió por la Valerosa. Sus remeros estaban a salvo abajo, protegidos de los proyectiles por la media cubierta que los cubría, pero los guerreros con armaduras que se encontraban arriba no tuvieron la misma fortuna. Como había temido, el ala de estribor recibía todo el castigo. «Pronto nos llegará el turno», recordó, inquieto. La Betha negra estaba perfectamente al alcance de las vasijas flameantes, pues era la sexta nave a partir de la orilla norte. A estribor tenía solamente la Lady Marya de Allard, la desgarbada Pez espada, que se había quedado tan atrás que ahora estaba más cerca de la tercera línea que de la segunda, y la Piedad, la Oración y la Devoción, que requerirían de toda la intercesión divina que pudieran conseguir por estar en un sitio muy vulnerable.
Cuando la segunda línea pasó entre las torres gemelas, Davos las examinó más de cerca. Pudo ver tres eslabones de una enorme cadena que asomaba de un agujero no mayor que la cabeza de un hombre y desaparecía bajo el agua. Las torres sólo tenían una puerta, construida a unos seis metros sobre el terreno. Desde la azotea de la torre septentrional, los arqueros disparaban contra la Oración y la Devoción. Los arqueros de la Devoción respondieron y Davos oyó los gritos de un hombre alcanzado por una flecha.
—Ser capitán —su hijo Matthos estaba a su lado—. Vuestro yelmo.
Davos lo tomó con ambas manos y se lo puso en la cabeza. El yelmo no tenía visor, pues odiaba que algo le impidiera ver bien.
En ese momento, en torno a ellos llovían vasijas con brea. Vio una que botó en la cubierta de la Lady Marya, pero la tripulación de Allard apagó el fuego enseguida. A babor, se oyeron los cuernos de guerra desde la Orgullo de Marcaderiva. Los remos levantaban surtidores de agua con cada golpe. El proyectil de un escorpión, de casi un metro de largo, cayó a dos palmos de Matthos, se clavó en la madera de la cubierta y quedó allí vibrando. Delante, la primera línea se encontraba ya a tiro de arco del enemigo; nubes de flechas volaban entre las naves, silbando como serpientes al ataque.
Al sur del Aguasnegras, Davos vio a hombres que arrastraban balsas rudimentarias hacia el agua, mientras otros, en filas y columnas, formaban tras un millar de banderas. El corazón ardiente estaba por todas partes, aunque el pequeño venado negro aprisionado entre las llamas era demasiado pequeño para distinguirlo. «Debería llevar el venado coronado —pensó—. El venado era el blasón del rey Robert, la ciudad se habría alegrado de verlo. El estandarte de este desconocido sólo sirve para soliviantar a los hombres contra nosotros.»
No podía contemplar el corazón ardiente sin pensar en la sombra que Melisandre había parido en las tinieblas debajo de Bastión de Tormentas. «Al menos, combatimos a la luz del día, con las armas de los hombres honestos —se dijo—. La mujer roja y sus hijos oscuros no tendrán nada que ver con esto.»
Stannis la había hecho embarcar de vuelta a Rocadragón con Edric Tormenta, su sobrino bastardo. Sus capitanes y vasallos habían insistido en que el campo de batalla no era sitio apropiado para una mujer. Sólo los hombres de la reina habían disentido, pero sin levantar mucho la voz. De todos modos, el rey había estado a punto de permitirle quedarse, hasta la intervención de Lord Bryce Caron.
—Alteza, si la hechicera permanece aquí —dijo—, los hombres dirán después que la victoria fue de ella, no vuestra. Dirán que debéis vuestra corona a sus conjuros.
Eso lo había hecho cambiar de opinión. Durante los debates, Davos se había mantenido en silencio, pero a decir verdad no lamentó verla partir. No quería saber nada de Melisandre ni de su dios.
A estribor, la Devoción viró hacia la orilla y un tablón se deslizó por la borda. Los arqueros saltaron al agua poco profunda, sosteniendo los arcos por encima de las cabezas para que las cuerdas se mantuvieran secas. Alcanzaron la orilla en la estrecha franja de tierra bajo los acantilados. Desde el castillo les lanzaron rocas, que descendieron rebotando, así como flechas y lanzas, pero tenían poco ángulo de tiro y los proyectiles no hicieron mucho daño.