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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—No os preguntaré por quién. —Retorció la boca en un gesto extraño; si pretendía ser una sonrisa, era la más extraña que Sansa había visto jamás—. Puede que todo cambie hoy. Para vos y para la Casa Lannister. Ahora que lo pienso, tendría que haberos enviado lejos con Tommen. En fin, en el Torreón de Maegor estaréis a salvo, siempre que…

—¡Sansa, Sansa! —El grito infantil recorrió todo el patio. Joffrey la había visto—. ¡Sansa, aquí!

«Me llama como el que llama a un perro», pensó.

—Veo que Su Alteza os necesita —señaló Tyrion Lannister—. Si los dioses lo permiten, volveremos a hablar después de la batalla.

Joffrey le hizo gestos para que se acercara más, y Sansa se abrió camino entre una hilera de lanceros con capas doradas.

—Todos dicen que la batalla va a empezar pronto.

—Que los dioses tengan misericordia y se apiaden de todos nosotros…

—Aquí el que va a necesitar piedad va a ser mi tío, pero no la tendré. —Joffrey desenvainó la espada. El pomo era un rubí tallado en forma de corazón, engastado entre las fauces de un león. La hoja tenía tres vaceos profundos—. Mi nueva espada, Comecorazones.

Sansa recordó que había tenido otra espada, una llamada Colmillo de León. Arya se la había quitado y la había tirado al río. «Ojalá Stannis le haga lo mismo con ésta.»

—Un forjado maravilloso, Alteza.

—Bendice mi acero con un beso. —Tendió la hoja hacia ella—. Venga, dale un beso.

Jamás había parecido tan estúpido y tan infantil. Sansa rozó el metal con los labios, pensando que prefería besar todas las espadas que hicieran falta en vez de a Joffrey, pero por lo visto aquel gesto complació al chico. Envainó la espada con un floreo.

—Cuando vuelva le darás otro beso, y probarás el sabor de la sangre de mi tío.

«Será si uno de tus guardias reales lo mata por ti.» Tres Espadas Blancas acompañarían en todo momento a Joffrey y a su tío: Ser Meryn, Ser Mandon y Ser Osmund Kettleblack.

—¿Entraréis en combate al frente de vuestros caballeros? —preguntó Sansa, esperanzada.

—Yo sí que quería, pero mi tío el Gnomo dice que mi tío Stannis no va a cruzar el río. Pero estaré al mando de las Tres Putas. Me voy a encargar de los traidores en persona.

La perspectiva hizo sonreír a Joff. Aquellos labios rosados y gruesos le hacían parecer siempre amohinado. Hubo un tiempo en que a Sansa le gustaba su expresión, pero ahora le daba asco.

—Se dice que mi hermano Robb siempre está en lo más fragoroso de la batalla —dijo sin pensar—. Aunque claro, es mayor que Vuestra Alteza. Es un hombre adulto.

Aquello hizo que frunciera el ceño.

—Cuando acabe con el traidor de mi tío me encargaré de tu hermano. Lo voy a destripar con Comecorazones, ya verás.

Dio media vuelta a su caballo, picó espuelas y se dirigió hacia la puerta. Ser Meryn y Ser Osmund lo escoltaban a derecha e izquierda, y los capas doradas lo seguían en fila de a cuatro. El Gnomo y Ser Mandon Moore cerraban la retaguardia. Los guardias los vieron partir entre gritos y aclamaciones. Cuando el último de ellos hubo desaparecido, un silencio repentino invadió el patio, como la calma que precede a la tormenta.

En medio de aquel silencio, los cánticos la atrajeron. Sansa se dirigió hacia el sept. La siguieron dos mozos de cuadras, así como uno de los hombres que acababa de terminar su turno de guardia. No fueron los únicos.

Sansa no había visto nunca el sept tan abarrotado, ni con luces tan brillantes. Los rayos del sol se teñían de mil colores al atravesar las vidrieras, y por todas partes ardían velas con llamitas que parpadeaban como estrellas. El altar de la Madre y el del Guerrero estaban bañados de luz, pero el Herrero, la Vieja, la Doncella y el Padre también tenían fieles, y hasta había unas cuantas llamas que iluminaban el rostro semihumano del Desconocido… porque, ¿quién era Stannis Baratheon, si no el Desconocido que llegaba para juzgarlos? Sansa visitó por turno a cada uno de los Siete, encendió una vela en cada altar, y luego encontró sitio en uno de los bancos, entre una anciana lavandera de rostro marchito y un niño que tendría la edad de Rickon, vestido con la fina túnica de lino propia del hijo de un caballero. La mano de la anciana era huesuda y callosa; la del niño, pequeña y blanda; pero se sintió bien al poder aferrarse a alguien. El ambiente estaba cargado, hacía calor y olía a sudor y a incienso. Todo aquello, junto con la luz de colores y el parpadeo de las velas, hizo que se sintiera un poco mareada.

Conocía el himno, su madre se lo había enseñado hacía mucho, mucho tiempo, en Invernalia. De modo que unió su voz a la de los demás.

Madre Gentil, fuente de toda piedad, salva a nuestros hijos de la guerra y la maldad, contén las espadas y las flechas detén, que tengan un futuro de paz y de bien.
Madre Gentil, de las mujeres aliento, ayuda a nuestras hijas en este día violento, calma la ira y la furia agresiva, haz que nuestra vida sea más compasiva.

Eran miles las personas que, al otro lado de la ciudad, atestaban el Gran Sept de Baelor, y también estarían cantando, sus voces se oirían en todo Desembarco del Rey, cruzarían el río y ascenderían hacia el cielo.

«Los dioses tienen que escucharnos», pensó.

Sansa sabía casi todos los himnos, y los que no, los siguió como mejor pudo. Cantó junto con viejos criados canosos y jóvenes esposas nerviosas, con sirvientas y soldados, con cocineros y con cetreros, con caballeros y con granujas, con escuderos, con mendigos, con madres que amamantaban a sus hijos… Cantó con los que estaban dentro del castillo y con los que estaban fuera. Cantó implorando misericordia, tanto para los vivos como para los muertos, para Bran, para Rickon, para Robb, para su hermana Arya y para su hermano bastardo Jon Nieve, que estaba tan lejos, en el Muro. Cantó por su madre y por el padre de su madre, su abuelo Lord Hoster, por su tío Edmure Tully, por su amiga Jeyne Poole, por el viejo rey Robert, siempre borracho, por la septa Mordane y Ser Dontos y Jory Cassel y el maestre Luwin, por todos los valientes caballeros y soldados que iban a morir aquel día y por los hijos y esposas que los llorarían, y por último, ya casi al final, cantó incluso por Tyrion el Gnomo y por el Perro.

«No es un auténtico caballero —dijo a la Madre—, pero fue el que me salvó. Salvadlo si podéis, y aplacad la rabia que lo corroe por dentro.»

Pero cuando el septon empezó a pedir a los dioses que protegieran y defendieran al legítimo rey, Sansa se puso en pie. Los pasillos estaban abarrotados. Tuvo que abrirse camino a la fuerza para salir mientras el septon rogaba al Herrero que diera fortaleza a la espada y al escudo de Joffrey, al Guerrero que le diera valor, y al Padre que lo defendiera si era necesario. «Ojalá se le rompa la espada, y también el escudo —pensó Sansa fríamente mientras se abría camino hacia las puertas—. Que pierda el valor y todos sus hombres lo abandonen.»

Unos cuantos guardias patrullaban por las almenas de la torre de entrada, pero aparte de ellos el castillo parecía desierto. Sansa se detuvo y escuchó con atención. A lo lejos se oían los sonidos de la batalla. Los cánticos los ocultaban casi por completo, pero si uno prestaba atención los percibía: el gemido grave de los cuernos de guerra, el crujido y el ruido sordo de las catapultas, el chisporroteo de la brea ardiendo, el sonido agudo de los escorpiones al disparar las lanzas de un metro de largo y punta de hierro… y más apagados, mezclados con ellos, los gritos de los moribundos.

Era otro tipo de canción, una canción terrible. Sansa se echó la capucha de la capa sobre las orejas y caminó apresurada hacia el Torreón de Maegor, el castillo dentro del castillo, donde la reina había prometido que estarían todos a salvo. Al pie del puente levadizo se encontró con Lady Tanda y sus dos hijas. Falyse había llegado el día anterior del castillo de Stokeworth junto con un pequeño grupo de soldados. En aquel momento trataba de convencer a su hermana de que cruzara el puente, pero Lollys se aferraba a su doncella.

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