Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
Su hijo Matthos transmitió las órdenes. La cubierta de la Betha negra bullía de actividad mientras toda la tripulación llevaba a cabo las tareas correspondientes, dando empujones a los soldados que, se pusieran donde se pusieran, parecían estar siempre en medio. Ser Imry había ordenado que entraran en el río sólo con los remos, para no exponer las velas a los escorpiones y las bombardas de las murallas de Desembarco del Rey.
Davos alcanzaba a distinguir la Furia al sudeste, en aquellos momentos estaban arriando las brillantes velas doradas adornadas con el venado coronado de los Baratheon. Desde aquellas cubiertas, hacía ya dieciséis años, Stannis Baratheon había ordenado el asalto contra Rocadragón, pero en esta ocasión había optado por cabalgar con su ejército, y había confiado el mando de la Furia y de la flota al hermano de su esposa, Ser Imry, que había acudido a Bastión de Tormentas junto con Lord Alester y el resto de los Florent para unirse a su causa.
Davos conocía la Furia tan bien como sus barcos. Sobre los trescientos remeros había una cubierta dedicada en exclusiva a los escorpiones, y encima estaban las catapultas montadas a todo lo largo, tan grandes que podían lanzar barriles de brea en llamas. Era un barco impresionante, y también muy rápido, aunque Ser Imry lo había llenado de proa a popa con caballeros y soldados con armaduras, y eso le restaba velocidad.
Los cuernos de guerra resonaron de nuevo, de la Furia llegaron nuevas órdenes. Davos sintió un cosquilleo en los dedos amputados.
—¡Remos fuera! —gritó—. ¡Alineación!
Un centenar de palas se hundieron en el agua cuando el cómitre empezó a golpear el tambor. El sonido era como el latir lento de un corazón, y con cada latido los remos se movían al unísono, los cien hombres remando a una.
A la Espectro y a la Lady Marya también les habían salido alas de madera. Las tres galeras iban al mismo paso, con los remos haciendo bullir las aguas.
—Velocidad lenta de crucero —ordenó Davos.
La Orgullo de Marcaderiva de Lord Velaryon, de casco plateado, había ocupado su posición a babor de la Espectro y la Risa audaz se aproximaba con rapidez, pero la Bruja apenas acababa de meter los remos en el agua y la Caballo de mar aún se afanaba por retirar el mástil. Davos miró a popa. Sí, allí, lejos al sur, sólo podía ser la Pez espada, rezagada como siempre. Contaba con doscientos remos y llevaba a bordo el mayor espolón de la flota, aunque Davos tenía grandes dudas sobre su capitán.
Podía oír a los soldados que intercambiaban gritos de aliento por encima del agua. Desde Bastión de Tormentas habían sido poco más que lastre, y estaban ansiosos por enfrentarse al enemigo, confiados en la victoria. En eso compartían la opinión de su almirante, el Lord Gran Capitán Ser Imry Florent.
Tres días antes, había convocado a todos sus capitanes a un consejo de guerra a bordo de la Furia, mientras la flota se encontraba anclada en la desembocadura del Rodeo, a fin de darles a conocer sus disposiciones. A Davos y a sus hijos se les asignaron posiciones en la segunda línea de batalla, casi al extremo del ala de estribor.
—Un lugar de honor —había declarado Allard, muy satisfecho por la oportunidad de demostrar su valor.
—Un lugar peligroso —había señalado su padre.
Sus hijos, incluso el joven Maric, lo habían mirado con lástima. Casi podía oír sus pensamientos: «El Caballero de la Cebolla se ha vuelto una anciana, aunque por dentro sigue siendo un contrabandista».
Bien, lo último era bastante cierto y no se iba a disculpar por ello. «Seaworth» sonaba señorial, pero en el fondo seguía siendo Davos del Lecho de Pulgas, que volvía a su ciudad sobre las tres altas colinas. Sabía tanto sobre barcos, velas y costas como el que más en los Siete Reinos, y se había batido con su espada sobre cubiertas empapadas en bastantes ocasiones. Pero llegaba a este tipo de batalla como una doncella, nervioso y asustado. Los contrabandistas no hacen sonar cuernos de guerra ni levantan estandartes. Cuando huelen el peligro, izan las velas y huyen con el viento a la espalda.
Si hubiera sido el almirante, lo habría hecho todo de modo diferente. Para comenzar, hubiera enviado a varias de sus naves más veloces a explorar el curso del río y ver qué les esperaba, en lugar de lanzarse de cabeza. Cuando se lo sugirió a Ser Imry, el Lord Gran Capitán le había dado las gracias cortésmente, pero sus ojos no mostraban la misma cortesía. «¿Quién es este cobarde de baja estofa? —preguntaban aquellos ojos—. ¿Será el que compró su título de caballero con una cebolla?»
Con cuatro veces más naves que el rey niño, Ser Imry no veía la necesidad de ser precavido ni de utilizar tácticas engañosas. Había organizado la flota en diez líneas de batalla, cada una de veinte naves. Las primeras dos líneas remontarían el río, para entrar en combate con la pequeña flota de Joffrey, «los juguetes del niño», como la llamaba Ser Imry, y destruirla, para júbilo de sus señores capitanes. Los que venían detrás desembarcarían compañías de arqueros y lanceros junto a los muros de la ciudad, y sólo después de eso se incorporarían al combate en el río. Las naves más pequeñas y lentas de la retaguardia transportarían el grueso del ejército de Stannis desde la ribera meridional, protegidas por Salladhor Saan y sus lysenios, que permanecerían apostados en la bahía por si los Lannister contaban con otras naves ocultas a lo largo de la costa, listas para atacarlos por la retaguardia.
Davos tenía que reconocer que la prisa de Ser Imry estaba justificada. Los vientos no les habían sido muy favorables en el viaje desde Bastión de Tormentas. Habían perdido dos cocas en las escolleras de la Bahía de los Naufragios el mismo día de la partida, en un inicio bastante lamentable. Una de las galeras de Myr se había ido a pique en los estrechos de Tarth y una tormenta los había azotado mientras entraban en el Gaznate dispersando la flota por la mitad del estrecho mar. Finalmente, lograron reagruparse tras el espinazo protector de Garfio de Massey, en las aguas más tranquilas de la Bahía Aguasnegras, tras perder doce naves y un tiempo considerable.
Stannis habría llegado al río Aguasnegras varios días antes. El camino real iba directo desde Bastión de Tormentas hasta Desembarco del Rey, una ruta más corta que por mar, y el grueso de sus tropas lo formaba la caballería. Eran cerca de veinte mil caballeros, jinetes ligeros y jinetes libres, el legado involuntario de Renly a su hermano. Seguro que había tardado poco, pero los corceles de guerra y las lanzas de cuatro metros no servían de nada frente a las aguas profundas del río Aguasnegras y los altos muros de la ciudad. Stannis habría acampado con sus señores en la orilla meridional del río, y seguro que se moría de impaciencia preguntándose qué habría hecho Ser Imry con su flota.
Dos días antes, habían divisado media docena de esquifes de pescadores desde Roca Merling. Los pescadores habían huido antes de que llegaran, pero fueron interceptados y abordados uno por uno.
—Una cucharadita de victoria es lo que se requiere para asentar el estómago antes de la batalla —había declarado Ser Imry con alegría—. Hace que los hombres quieran una ración más grande.
Pero Davos estaba más interesado en lo que pudieran decir los cautivos sobre las defensas en Desembarco del Rey. El enano había estado ocupado construyendo algo parecido a una barrera para cerrar la desembocadura del río, aunque los pescadores no coincidían en que el trabajo estuviera terminado o no. Se descubrió deseando que lo hubieran acabado. Si el río estaba cerrado para ellos, Ser Imry no tendría otra opción que detenerse y evaluar la situación.