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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—No quiero, no quiero, no quiero —sollozaba.

—La batalla ha empezado ya —dijo Lady Tanda con voz tensa.

—No quiero, no quiero.

Sansa no tenía más remedio que pasar junto a ellas. La saludaron con toda cortesía.

—¿Queréis que os ayude? —dijo.

Lady Tanda se sonrojó de vergüenza.

—No, mi señora, pero os agradezco vuestra amabilidad. Por favor, perdonad a mi hija, no se encuentra bien.

—No quiero. —Lollys se agarró a su doncella, una chica esbelta, muy bonita, de pelo corto y oscuro, que por su expresión estaba deseando dar un empujón a su señora y tirarla al foso seco, a las estacas de hierro—. Por favor, por favor, no quiero.

—Dentro estaremos mucho más protegidas —le dijo Sansa con dulzura—, habrá cosas para comer, cosas para beber y canciones.

Lollys la miró con la boca abierta. Tenía unos ojos castaños apagados que siempre parecían llenos de lágrimas.

—No quiero.

—Pues tienes que entrar —dijo con brusquedad su hermana Falyse—. Y no hay más que decir. Shae, ayúdame.

Cogieron a Lollys cada una por un codo, y entre las dos la llevaron mitad en volandas y mitad a rastras por todo lo largo del puente levadizo. Sansa las siguió al lado de su madre.

—Ha estado enferma —dijo Lady Tanda.

«Si es que a un bebé se lo puede considerar una enfermedad», pensó Sansa. En el castillo todo el mundo sabía que Lollys estaba embarazada.

Los dos guardias de la puerta llevaban los yelmos con cresta de león y las capas escarlatas de la Casa Lannister, pero Sansa sabía que no eran más que mercenarios disfrazados. Otro estaba sentado al pie de las escaleras. Un guardia de verdad habría estado de pie, no sentado en un peldaño con la alabarda cruzada sobre las rodillas, pero al menos se levantó al verlas, y abrió la puerta para dejarlas pasar.

El salón de baile de la reina no era ni la décima parte de grande que la sala principal del castillo, y sólo la mitad que la sala privada en la Torre de la Mano, pero cabían un centenar de personas sentadas, y compensaba con elegancia lo que le faltaba en espacio. Detrás de cada candelabro de las paredes había espejos de plata batida, de manera que las antorchas brillaban el doble de luminosas. En los muros había paneles de maderas nobles con tallas, y los suelos estaban cubiertos de esteras de dulce olor. De la galería superior les llegaba el sonido alegre de flautas y violines. En la pared sur había una hilera de ventanas en forma de arco, pero las habían cubierto con cortinajes pesados. El grueso tejido de terciopelo no dejaba pasar ni un atisbo de luz, y amortiguaba tanto los sonidos de la guerra como las oraciones.

«Pero no importa —pensó Sansa—. La guerra está con nosotros.»

Junto a las largas mesas estaban sentadas casi todas las mujeres nobles de la ciudad, además de unos cuantos ancianos y niños pequeños. Las mujeres eran esposas, hijas, madres, hermanas… Sus hombres habían ido a combatir a Lord Stannis. Muchos no regresarían. Aquella certidumbre pesaba en el ambiente. Como prometida de Joffrey, a Sansa le correspondía un lugar de honor a la derecha de la reina. En el momento en que empezó a subir al estrado, vio al hombre que se encontraba entre las sombras, junto al muro del fondo. Llevaba un jubón largo de malla negra, y sostenía ante él una espada: el espadón de su padre, Hielo, casi tan alto como el que lo tenía en aquel momento. La punta reposaba contra el suelo, y los dedos huesudos del hombre se cerraban en torno a la cruz a ambos lados del puño. Sansa sintió que le faltaba la respiración. Fue como si Ser Ilyn Payne percibiera su mirada, porque volvió hacia ella el rostro descarnado, picado de viruelas.

—¿Qué hace ése aquí? —preguntó a Osfryd Kettleblack, capitán de la nueva guardia de capas rojas de la reina.

—Su Alteza la reina cree que necesitará de sus servicios antes de que termine la noche —contestó Osfryd con una sonrisa.

Ser Ilyn era la Justicia del Rey. Sólo había un servicio que pudiera prestar. «¿Qué cabeza quiere la reina?»

—En pie para recibir a Su Alteza, Cersei de la Casa Lannister, reina regente y Protectora del Reino —gritó el mayordomo real.

La túnica de Cersei era de lino níveo, tan blanca como las capas de la Guardia Real. Las largas mangas amplísimas dejaban ver el forro de satén dorado. La brillante cabellera dorada le caía sobre los hombros desnudos en rizos espesos. Llevaba en torno al cuello un collar de diamantes y esmeraldas. El blanco le daba un aspecto de inocencia extraño, casi virginal, pero tenía color en las mejillas.

—Sentaos —dijo tras ocupar su lugar en el estrado—, y sed todos bienvenidos. —Osfryd Kettleblack le acercó la silla, y un paje hizo lo mismo para Sansa—. Estás pálida, Sansa —observó Cersei—. ¿Tu flor roja sigue floreciendo?

—Sí.

—Es muy apropiado. Los hombres sangran ahí afuera, y tú aquí adentro. —La reina hizo un gesto para indicar que se sirviera el primer plato.

—¿Para qué está aquí Ser Ilyn? —preguntó Sansa sin poder contenerse.

—Para hacerse cargo de los traidores —contestó la reina lanzando una mirada en dirección al verdugo mudo—, y para defendernos si fuera necesario. Fue caballero antes que verdugo. —Señaló con la cuchara hacia el fondo de la sala, donde las altas puertas de madera estaban ya cerradas y atrancadas—. Cuando las hachas derriben esas puertas, te alegrarás de que esté aquí.

«Me alegraría más si fuera el Perro», pensó Sansa. Sandor Clegane era rudo, pero no permitiría que le pasara nada malo.

—¿No nos protegerán vuestros guardias?

—¿Y quién nos va a proteger de mis guardias? —La reina miró de reojo a Osfryd—. Los mercenarios leales son tan escasos como las prostitutas vírgenes. Si perdemos la batalla, mis guardias se harán un lío con sus capas escarlatas de tanta prisa como se darán en quitárselas. Robarán lo que puedan y huirán, junto con los criados, las lavanderas y los mozos de cuadras, todos para salvar sus indignos pellejos. ¿Tienes idea de lo que sucede durante el saqueo de una ciudad, Sansa? No, claro que no. Todo lo que sabes de la vida lo has aprendido de los bardos, y no hay muchas canciones sobre saqueos.

—Los auténticos caballeros jamás harían daño a las mujeres y a los niños. —A ella misma le sonaron huecas las palabras mientras salían de su boca.

—Los auténticos caballeros. —Por lo visto a la reina aquello le parecía divertidísimo—. Claro, claro, tienes razón. Anda, cómete la sopa como una niña buena, y sigue esperando a que Symeon Ojos de Estrella y el príncipe Aemon el Caballero Dragón vengan a rescatarte, pequeña. Seguro que tienen que estar al llegar.

DAVOS

El agua de la Bahía Aguasnegras estaba agitada y revuelta, se veían cabrillas por doquier. La Betha negra se dejaba llevar por el flujo de la marea, sus velas crujían y restallaban con cada cambio del viento. La Espectro y la Lady Marya navegaban muy cerca, con apenas veinte metros de distancia entre los cascos. Sus hijos mantenían bien la formación. Davos estaba orgulloso.

Al otro lado del mar, los cuernos de guerra bramaban, sus gemidos roncos y profundos como la llamada de una serpiente monstruosa se repetían de barco en barco.

—Arriad la vela —ordenó Davos—. Retirad el mástil. Remeros a los remos.

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