La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– Debe de haberse vuelto loco -observó Liendon.
– Sí -contestó Fouquier-. Es probable. Debemos ponerle nervioso, acosarlo, aterrorizarlo, lo cual no creo que nos resulte difícil. Es esencial impedirle que lleve a cabo su defensa, porque la gente que recuerda los episodios de 1789 le tiene cierta estima. Bueno Fleuriot, ¿cuál crees que es nuestra principal ventaja?
– El tiempo, sin duda.
– Precisamente. El tiempo está de nuestra parte. El procedimiento, desde el juicio de Brissot, es que si al cabo de tres días el jurado se declara satisfecho, el caso queda cerrado. ¿Qué te sugiere eso, Liendon?
– Que debemos seleccionar minuciosamente al jurado.
– Excelente. Estoy muy satisfecho de vosotros. Prosigamos -dijo Fouquier, sacando una lista de personas que solían actuar de jurados en el Tribunal Revolucionario-. Trinchard, el ebanista, Desboisseaux, el zapatero remendón… Una sólida pareja de plebeyos.
– Sí, son de fiar -dijo Fleuriot.
– Y Maurice Duplay, otro gran patriota.
– No. El ciudadano Robespierre ha prohibido que forme parte del jurado.
Fouquier se mordió el labio.
– Jamás llegaré a entender a ese hombre. Bueno, tenemos a Ganney, el peluquero, siempre dispuesto a colaborar con la justicia. Supongo que necesita el dinero, ya que el negocio de las pelucas ha descendido notablemente. Y Lumière. -Fouquier puso una cruz al lado de su nombre-. Quizá no se deje convencer fácilmente, pero al final lo conseguiremos.
– ¿Qué te parece el Diez de Agosto Leroy?
– Excelente -contestó Fouquier, poniendo una cruz junto al nombre del ex Leroy de Montflobert, marqués de Francia-. Aún nos faltan algunos.
– Tendremos que añadir a Souberbielle.
– Es amigo de Danton y de Robespierre.
– Sí, pero es un hombre de principios -dijo Fleuriot-. Podemos contar con él.
– Para equilibrar la balanza -dijo Fouquier-, añadiremos a Renaudin, el fabricante de violines.
Fleuriot soltó una carcajada.
– Una idea excelente -dijo-. Yo estaba en el Club de los Jacobinos el día que golpeó a Camille. Jamás llegué a averiguar el motivo de la pelea.
– No tiene importancia -respondió Fouquier-. En cualquier caso, Renaudin está perfectamente cuerdo. A propósito, Fleuriot, recuerda que no debes dirigirte a mi primo por su nombre de pila ante el tribunal. -Luego frunció el ceño y dijo-: No sé a quién más añadir a la lista.
– ¿Qué te parece éste? -sugirió Liendon, señalando un nombre.
– No, le gusta demasiado razonar. Me temo que tendremos que arreglarnos con un jurado formado por sólo siete personas. No creo que ninguno se atreva a negarse. De todas maneras, ciudadano Liendon, ésta es una partida que no podemos perder. Nos veremos en el Tribunal a las once.
– Me llamo Danton. Es un nombre bastante conocido. Soy abogado de profesión, y nací en Arcis, en la comarca de Aube. Dentro de unos días mi domicilio habrá desaparecido de la Tierra. Mi lugar de residencia será la historia.
Era el primer día del juicio.
– Eso suena muy pesimista -dijo Lacroix a Philippeaux.
– ¿Quiénes son esos hombres?
– Sin duda ya conoce a Fabre, y éste es Chabot. Me alegra comprobar que ofrece tan buen aspecto, ciudadano Diedrichsen. Le presento a Philippeaux, a Emmanuel Frei y a Junius Frei, con quienes, según tengo entendido, estuvo usted conspirando.
– Encantado de conocerlo, diputado Philippeaux -dijo uno de los hermanos Frei-. ¿De que se le acusa?
– De criticar al comité.
– Ah.
Tras contar las cabezas, Philippeaux dice:
– Somos catorce. Van a juzgar a todos los implicados en el fraude de la Compañía de las Indias Orientales. Si existiera justicia, eso llevaría tres meses. Pero lo liquidarán en tres días.
Súbitamente Camille se pone en pie y señala al jurado.
– Me opongo -dice. Procura ser lo más breve posible para no tartamudear.
– Es su abogado quien debe manifestar cualquier objeción -responde Hermann secamente.
– Tengo derecho a defenderme -insiste Desmoulins-. Me opongo a que Renaudin forme parte del jurado.
– ¿Por qué motivo?
– Porque me ha amenazado. Podría citar a varios centenares de testigos presenciales.
– Esa es una objeción frívola.
El informe del comité de Policía referente al asunto de la Compañía de las Indias Orientales es leído en voz alta. Transcurren dos horas. Luego se leen los cargos contra los acusados. Pasa otra hora. El público aguarda impaciente tras las barreras situadas al fondo de la sala del Tribunal.
– Dicen que la fila de curiosos llega hasta la Casa de la Moneda -murmura Fabre.
Lacroix se vuelve a los estafadores implicados en el fraude y dice:
– Qué ironía…
Fabre se pasa la mano por el rostro. Ocupa el sillón que normalmente se reserva para el principal acusado. Por la noche, cuando los presos fueron trasladados a la cárcel de la Conciergerie, apenas podía caminar, y dos guardias tuvieron que ayudarle a subir a un carruaje. De vez en cuando se pone a toser, sofocando las palabras de Fabricius Pâris, momento que el secretario del Tribunal aprovecha para recuperar el resuello y observar el impasible rostro de su jefe, Danton. Fabre se cubre la boca con un pañuelo. Ofrece un aspecto sudoroso y exangüe. En ocasiones, Danton se gira para mirarlo, o para contemplar a Camille. A través de la ventana penetran unos rayos de sol que se proyectan sobre las losas negras y blancas del suelo. A medida que la tarde languidece, se va formando un inmerecido halo sobre la cabeza de Diez de Agosto Leroy. En el Palais Royal, las lilas están en flor.
Danton:
– Esto es una infamia. Exijo que se me permita defenderme. Exijo que se me autorice a escribir a la Convención. Exijo que se designe una comisión. Camille Desmoulins y yo mismo deseamos denunciar los métodos dictatoriales utilizados por el comité de Salvación…
Los aplausos sofocan sus palabras. El público lo aclama enardecido y canta «La Marsellesa». El tumulto se extiende hasta la calle. El presidente intenta inútilmente imponer orden en la sala, agitando la campana hacia los acusados con gesto amenazador. Lacroix responde agitando el puño. No pierdas los nervios, advierte Fouquier al juez. Cuando Hermann consigue por fin hacerse oír, suspende la sesión. Los prisioneros son conducidos a sus celdas.
– ¡Cabrones! -exclama Danton-. Mañana los desollaré vivos.
– ¿Qué me he vendido? ¿Yo? No hay dinero en el mundo para comprarme.
Es el segundo día.
– ¿Quién es éste?
– ¿Otro? -inquiere Philippeaux-. ¿Quién es?
– El ciudadano Lhuillier -responde Danton-. Es fiscal, mejor dicho, lo era. ¿Qué haces aquí, ciudadano?
Lhuillier ocupa un lugar entre los acusados. No pronuncia palabra, parece estar conmocionado.
– ¿Qué delito ha cometido ese hombre, Fouquier?
Tras mirar al acusado, Fouquier repasa la lista de nombres que sostiene y habla en voz baja con sus ayudantes.
– Pero tú dijiste que… -insiste Fleuriot.
– Te dije que lo citaras a declarar, no que lo arrestaras -contesta Fouquier-. No puedo encargarme de todo.
– Ha metido la pata -dice Philippeaux-. Pero ya se le ocurrirá algo.
– Creo que tu primo es un incompetente, Camille -observa Hérault-. Es una vergüenza para el colegio de abogados.
– ¿Cómo conseguiste este cargo, Fouquier? -pregunta su primo.
– Maldita sea -masculla el fiscal, rebuscando entre sus papeles. Luego se dirige a Hermann y dice en voz baja-: La hemos jodido. Pero procura que nadie se entere. Nos convertiríamos en el hazmerreír de la ciudad.
Hermann suspira.
– Todos estamos bajo una gran tensión, pero intenta moderar tu lenguaje. Déjalo donde está, y el último día del juicio ordenaré al jurado que lo absuelva por falta de pruebas.