El mundo invertido [The Inverted World - es]
- Автор: Прист Кристофер
- Год: 1976
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-077-2
- Переводчик: Maria Raquel Albornoz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
—¡Ahora!
Con un impresionante esfuerzo nos pusimos de pie y de inmediato me soltó, agitando el puño y asestando un duro golpe a un hombre en la cara. Yo no era alto como él, y lo más que pude hacer fue clavarle a alguien el codo en el estómago. En retribución, me pegaron en el cuello y una vez más rodé por el suelo. Alguien me agarró y me hizo levantar. Era Collings.
—¡Espere! —Me rodea con ambos brazos y me atrajo contra su pecho. Yo me sostuve débilmente de él—. Ya está bien. Espere.
Poco a poco la pelea fue amamanto hasta cesar. Los hombres retrocedieron y yo me desplomé en los brazos de Collings.
Estaba muy mareado y, a medida que crecía una nube roja en mis ojos, divisé un círculo de milicianos apuntando con sus ballestas. Los obreros se alejaban. Me desmayé.
Volví en mí un minuto más tarde. Estaba tirado en el suelo, y un miliciano se hallaba parado a mi lado.
—El muchacho está bien —gritó, y se fue. Rodé dolorosamente sobre un costado y vi que, muy cerca, Collings y el jefe de la milicia discutían acaloradamente. A unos cincuenta metros de distancia estaban los obreros en grupo, rodeados por milicianos.
Traté de ponerme de pie y lo logré al segundo intento, Aturdido, esperé mientras Collings continuaba discutiendo. Al cabo de un momento el oficial se alejó en dirección a los prisioneros, y Collings vino hacia mí.
—¿Cómo se siente? —me preguntó.
Quise sonreír pero tenía la cara magullada y dolorida. Lo único que pude hacer fue mirarlo fijo. Él tenía un enorme moretón rojo a un costado de la cara, y comenzaba a cerrársele un ojo. Noté que se apretaba la cintura con un brazo.
—Me siento bien —respondí.
—Está sangrando.
—¿Dónde? —Me llevé la mano al cuello, que me dolía espantosamente, y sentí un líquido tibio. Collings se acercó a mirarme.
—No es nada más que un profundo rasguño. ¿Quiere volver a la ciudad a hacérselo curar?
—No —dije—. ¿Qué diablos pasó?
—La milicia reaccionó en exceso. Creo que le había dicho que trajera sólo a cuatro.
—No me hicieron caso.
—Ellos son así.
—Pero, ¿a qué se debió la trifulca? Yo he trabajado mucho tiempo con estos hombres y jamás nos han atacado de este modo.
—Hay un gran resentimiento —dijo Collings—. Específicamente lo provocaron los tres hombres que tienen sus esposas en la ciudad. No querían irse sin ellas.
—¿Esos obreros son de la ciudad. —dije, sin saber si había oído bien.
—No... sus mujeres están allí. Estos hombres son todos de la zona, contratados en una aldea de las inmediaciones.
—Eso es lo que yo creía. ¿Pero qué hacen sus mujeres en la ciudad?
—Nosotros las compramos.
CAPÍTULO OCHO
Esa noche dormí molesto. Solo en la cabaña, me desvestí cuidadosamente y me estudié las heridas. Un costado de mi pecho era un solo magullón, y tenía varios arañazos profundos y dolorosos. La herida del cuello había dejado de sangrar, pero me la lavé con agua tibia y me puse un ungüento que encontré en el botiquín de primeros auxilios de Malchuskin. Descubrí que, en la pelea, me había arrancado un pedazo grande de uña, y me dolía la mandíbula cuando trataba de moverla.
Pensé nuevamente en volver a la ciudad como me había sugerido Collings —al fin y al cabo, estaba sólo a unos cientos de metros de distancia—, pero después cambié de idea. No quería llamar la atención apareciendo en los impecables alrededores de la ciudad con aspecto de venir de una pelea de borrachos. Cosa que no estaba muy lejos de ser verdad, pero aun así, decidí lamerme solo las heridas.
Intenté conciliar el sueño, pero solamente logré dormitar unos minutos por vez.
Por la mañana me desperté temprano, y me levanté. No deseaba ver a Malchuskin sin antes haberme higienizado un poco. Me dolía todo el cuerpo y no podía moverme con rapidez.
Malchuskin llegó de mal humor.
—Ya me enteré —dijo, a boca de jarro—. No intente explicarme.
—No alcanzo a comprender lo que ocurrió.
—Usted contribuyó a que se originara la refriega.
—Fue la milicia... —dije, con voz débil.
—Sí, y ya debería saber que no debe permitir que los milicianos se acerquen a los obreros. Hace algunas millas perdieron unos hombres y también quieren vengarse de ciertos agravios. Con cualquier pretexto esos hijos de su madre se meten y empiezan a repartir cachiporrazos.
—Collings estaba en apuros —dije—. Había que hacer algo.
—De acuerdo, no fue del todo culpa suya. Collings dice que podría haberse arreglado si usted no hubiese traído a la milicia... pero también reconoce que él le indicó que los fuera a buscar.
—Efectivamente.
—Bueno. La próxima vez, piense.
—¿Y ahora qué hacemos? No tenemos obreros.
—Hoy vienen otros. Al principio el trabajo será lento porque debemos entrenarlos. Pero tendremos la ventaja de que no comenzarán de inmediato los resentimientos, y trabajarán con más empeño. Los problemas empiezan después, cuando tienen tiempo para pensar.
—Pero, ¿por qué nos guardan tanto rencor si nosotros les pagamos por sus servicios?
—Sí, pero a nuestras tarifas. Esta es una región pobre. La tierra es mala y no hay muchos alimentos. Nosotros les ofrecemos lo que necesitan... y ellos lo aceptan. Pero no logran un beneficio a largo plazo, y supongo que obtenemos más de lo que damos.
—Deberíamos dar más.
—Quizás —Malchuskin parecía indiferente—, eso no es asunto de nuestra incumbencia. Nosotros trabajamos con los rieles.
Tuvimos que esperar varias horas hasta que llegaron los nuevos obreros. Durante ese lapso, Malchuskin y yo fuimos a los dormitorios desocupados por los hombres anteriores y los limpiamos. Los milicianos habían echado a los obreros por la noche, pero les habían dado tiempo para juntar sus pertenencias. Sin embargo, quedaron muchas cosas, principalmente ropas viejas y restos de comida. Malchuskin me advirtió que estuviera alerta por si encontraba algún mensaje que hubiesen dejado para los nuevos ocupantes, pero ni él ni yo hallamos ninguno.
Después, salimos y quemamos todo lo que había quedado.
Cerca del mediodía vino un hombre de Trafico y nos avisó que pronto llegarían los nuevos obreros. Nos pidió formalmente disculpas por lo sucedido la noche anterior, y nos informó que, luego de una ardua discusión, se había convenida reforzar la guardia de la milicia por el momento. Malchuskin protestó y el gremialista le dio la razón: la decisión se había tomado contra su voluntad.
Yo tenía opiniones enfrentadas al respecto. Por un lado, no sentía gran admiración por los milicianos pero si ellos podían evitar que se repitiera el problema, su presencia me parecía inevitable.
Malchuskin empezaba a irritarse por la demora. Yo supuse que el motivo sería la constante necesidad de recuperar tiempo perdido, pero cuando se lo mencioné, no se mostró tan preocupado por ello como yo pensaba.
—Alcanzaremos el óptimo durante el próximo remolque —dijo—. La demora de la última vez se debió al cerro. Ahora eso quedó atrás y el terreno es relativamente parejo durante las próximas millas. Lo que más me inquieta es el estado de las vías detrás de la ciudad.
—La milicia las protegerá.
—Sí... pero no pueden impedir que se arqueen. Ese es el mayor peligro, cuanto más tiempo se las deje.
—¿Porqué?
Malchuskin me miró en forma penetrante.
—Estamos a una gran distancia hacia el Sur del óptimo. ¿Sabe lo que ello implica?