Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Другие детективы » La Casa del Alfabeto
La Casa del Alfabeto - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
1 ... 16 17 18 19 20 21 22 23 24 ... 137
Перейти на страницу:

Bryan contó los segundos durante los que James permaneció detrás del cortinaje. Cuando llegó a dos mil, los soldados volvieron a sacar a James, distante y apático. El hombre que debía entrar detrás de él no se movió ni se inmutó por la llamada del médico que sostenía el cortinaje. Cuando los soldados lo asieron por los brazos para ponerlo en pie, se desplomó en el suelo. Entonces los guardias optaron por agarrar al siguiente en la cola, al que arrastraron sorteando el cuerpo del que se había desplomado y que seguía gimoteando, aferrado a un nombre que repetía una y otra vez y que Bryan ya lo había oído decir antes. ¿Quién sabe si se trataba de una novia, de su esposa, de su madre o tal vez de su hija?

A unos pocos pasos de allí, James volvía a canturrear lenta y sordamente. Su vecino, un hombre enjuto con los ojos inyectados en sangre, parecía estar concentrado en algún pensamiento. Prisionero en su camisa de fuerza, dejaba que la orina goteara sobre el camisón, cada vez más húmedo y oscurecido por el líquido amarillento.

Sin duda había bebido con demasiada avidez del agua de la ducha mientras estuvo debajo de ella con los ojos abiertos, pensó Bryan.

Se despertó sobresaltado. Alguien había gritado: «¡Dejadme en paz!» A lo mejor había sido él, ya que lo había entendido. La sangre se heló en sus venas al pensarlo y dirigió la mirada a la enfermera que acababa de atenderlo. Eso quería decir que sólo había estado ausente un instante. La enfermera llenó un vaso más de agua e introdujo dos pastillas en la boca de su vecino. No había oído nada. Tal vez sólo fuera un sueño.

La sección estaba en calma. Bryan echó un vistazo a su alrededor cautelosamente y maldijo el segundo en que él y James se habían separado, de camino a los barracones de madera. De no haber sido así, ahora estarían uno al lado del otro. Sin duda, la situación habría resultado más reconfortante. Tal como estaban las cosas ahora, Bryan se encontraba en la cama número cinco, a la izquierda de la puerta, mientras que James estaba en la otra punta, en el lado opuesto. Doce camas en el lado de Bryan y diez en el de James; teniendo en cuenta las dimensiones de la sección, sobraban seis.

Sólo había medio metro de distancia entre las camas que, además, estaban colocadas a una distancia aleatoria de la pared, algunas de ellas delante de una ventana, otras entre dos ventanas, y la mayoría, ni una cosa ni otra. La impresión era de desorden total.

Ese local, de techos altos de color verde claro, de tal vez unos veinte metros de largo por diez de ancho, conformaba, tal como estaban las cosas, todo su mundo.

Además de la cama, sus pertenencias terrenales se limitaban a una silla descascarillada colocada en medio del pasillo central junto con otras veintidós, un camisón, un par de zapatillas y un batín de una tela muy fina.

Aparte de cuatro camas que estaban ocupadas por heridos inconscientes envueltos en vendas, la sección se fue llenando de soldados provenientes del mismo transporte, a los que se les ordenó meterse en la cama que casualmente tenían delante. Un par de soldados se dejaron los zapatos puestos en la cama y lograron revolver la ropa de cama antes de que las enfermeras hubieran acabado la ronda de distribución de medicamentos. Se les suministró dos pastillas blancas a cada uno, que debían tragar con un sorbo de agua de un vaso que iba pasando de mano en mano y que las enfermeras rellenaban a medida que se vaciaba con el agua de una jarra blanca de esmalte.

Las enfermeras estaban a punto de concluir la ronda.

El olor indefinido de la primera comida no resultaba demasiado apetitoso, aunque sí despertó el apetito de Bryan, que llevaba días sin osar siquiera pensar en comida, pero cuya boca, de pronto, se fue llenando de saliva, convirtiendo los últimos minutos de espera en una verdadera tortura.

Los grumos que cubrían el plato de esmalte parecían apio pero no tenían sabor. Tal vez se tratara de colinabo, Bryan no sabría decirlo. La familia Young estaba acostumbrada a otro tipo de comida.

El ávido rascar de las cucharas en el plato y el mascar casi animal de los hombres se fue propagando por la sala como un incendio, dejando entender a Bryan que no se habían paralizado todos los sentidos de aquellos seres.

El plato de James ya estaba vacío y se balanceaba peligrosamente en el borde de la cama. La respiración pesada y el rostro relajado eran Una prueba irrefutable de la capacidad de adaptación del ser humano. Bryan envidiaba a James su sueño tranquilo. El miedo que tenía a ser descubierto lo atenazaba. Una sola palabra, y acabaría como el pobre de la sala de gimnasia que ahora estaba repantigado en la nieve, entre los barracones; lo habían visto al pasar,

Un sabor dulzón se mezcló con la insipidez del colinabo y un mareo creciente se fue introduciendo en la secuencia de ideas de Bryan. Las pastillas estaban surtiendo efecto. Así pues, acabaría por dormirse, lo quisiera o no.

El vecino de la derecha estaba de lado, con la mirada fija en la almohada de Bryan. De debajo de la manta, aparentemente sin que él se diera cuenta, surgía el estruendo repetido y ahogado de los gases que emitía.

Ésta fue la última impresión que tuvo Bryan antes de que el sueño lo venciera definitivamente.

CAPÍTULO 8

En el día conmemorativo de los héroes se les concedió el derecho a escuchar el discurso de Hitler; fue la primera vez en los dos meses que llevaban ingresados en aquel lazareto. Con motivo de dicha conmemoración habían subido la calefacción y encendido todas las lámparas del techo. Los camilleros llevaron unos cables a través de la sala hasta un pequeño altavoz que habían depositado sobre la mesa del fondo.

Se respiraba un aire rebosante de expectación por todos lados y los enfermos no dejaban de moverse de un lado a otro de la sala. Mientras habló el Führer, la mayoría de las enfermeras se mantuvieron quietas, con los brazos cruzados, escuchando sus palabras, sonrientes y embelesadas. El hombre que Bryan tenía a su izquierda tan sólo llevaba un par de días consciente y no se enteraba de nada, mientras que la mirada del que se hallaba a su derecha parecía más salvaje que de costumbre. Este último empezó a aplaudir desenfrenadamente y no paró hasta que un enfermero le ordenó rudamente que dejara de hacerlo.

Hacía tan sólo un día que Bryan había recibido su último electrochoque y por eso todavía le resultaba difícil clasificar las impresiones. Todo aquel despropósito lo confundía. ¿Cómo era posible que alguien fuera capaz de entender lo que aquella voz histérica proclamaba a gritos en aquella reproducción metálica? Incluso el homenaje brindado a las amas de casa, novias y jubilados que habían dejado atrás, a través de los conciertos solicitados de los domingos, parecían ser una simple continuación del tratamiento de electrochoques.

Sin embargo, a todo el mundo le encantaba aquello y vibraban sonrientes con la música. Música de opereta y bandas sonoras de películas, Zarah Leander y Es geht alies Vorüber. En días como aquéllos, podía llegar a creer que la guerra jamás había empezado.

Pero había días en que asomaba la duda.

«¡Todo irá bien!», se había obligado a pensar Bryan, la primera vez que lo condujeron a través de las puertas acristaladas hasta el pasillo.

Eran muchos los que ya habían visitado los consultorios. Y aunque volvían algo débiles y permanecían tumbados en la cama sin dar señales de vida durante muchas horas después, se recuperaban y no parecían sufrir daños irreparables.

Había un total de seis puertas en el pasillo, además de la puerta giratoria de la sala que Bryan, hasta entonces, sólo conocía por dentro. En los dos extremos había salidas, al fondo y a la izquierda estaba la sala de estar de las enfermeras y del personal auxiliar, y más allá, la puerta de la sala de tratamientos y otras dos, que Bryan suponía que conducían a la zona de los médicos.

En la penúltima sala esperaban varios enfermeros y médicos. Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, lo habían atado brutalmente a una camilla, le habían suministrado una inyección y le habían aplicado unos electrodos en las sienes. Las ondas eléctricas lo paralizaron instantáneamente y redujeron todos sus sentidos durante varios días.

1 ... 16 17 18 19 20 21 22 23 24 ... 137
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)