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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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La siguiente curva le hizo perder el equilibrio y desaparecieron las copas de los árboles detrás del toldo y el rostro sudoroso y autocomplaciente del soldado. Cuando finalmente el sinvergüenza de las SS logró agarrar la lona, se abrió paso entre los dos enfermos sin por ello soltar la punta de la tela por el camino. Las botas del paticorto colgaban sobre las tibias de Bryan como dos plomadas, cada vez más inclinadas. Eso quería decir que volvían a subir.

Ora el pesado vehículo temblaba sobre los caminos cubiertos de guijarros, ora traqueteaba como si rodaran directamente sobre la roca desnuda.

Transcurrido algún tiempo recorriendo aquellos caminos, el transporte de enfermos se detuvo.

Varios hombres de blanco los aguardaban, listos para hacerse cargo de ellos. Sacaron la camilla de James antes de que tuvieran tiempo de despedirse con un apretón de manos. Los dos camilleros que habían agarrado la camilla de Bryan resbalaron en el suelo deslizadizo y a punto estuvieron de soltarla. Ante sus ojos apareció una oscura zona despejada y cubierta de guijarros, rodeada por una franja estrecha de abetos muertos.

Al otro lado de esa franja, unas formaciones densas de pinos dominaban el paisaje ofreciendo abrigo contra las peores ráfagas de viento. El paisaje se iba disolviendo en una neblina de cristales de nieve en las profundidades del valle que tenían debajo. Ni una sola luz desvelaba que hubiera vida en la Tierra de Promisión. Bryan supuso que Friburgo se encontraba al sur.

Habían dado un rodeo hasta llegar al lugar.

El patio se hallaba parcialmente oculto detrás del seto de abrigo. Los pasajeros, aturdidos, sortearon tambaleantes las camillas custodiados por los soldados que los habían acompañado. Bryan distinguió otro camión estacionado que ya había sido evacuado. La tropa que había abandonado el camión estaba formada más abajo, cerca de unos edificios claros de tres plantas. El apagado brillo amarillento de las ventanas se posó suavemente sobre el patio. Bryan soltó un gruñido silbante al ver el signo de la Cruz Roja pintado en los tejados planos e inclinados. A pesar de la gran cantidad de sacos de arena apilados regularmente a lo largo de los muros, las rejas de las ventanas del primer y del segundo piso y las patrullas de perros, parecía tratarse de un hospital normal y corriente. Visto desde fuera, aquellos cubos superaban, en todos los aspectos, los lazaretos construidos a toda prisa que daban cobijo a los heridos de la Roya] Air Forcé. «Pero no te dejes engañar», pensó Bryan mientras se iban acercando lentamente a los edificios.

Poco a poco, los enfermos se fueron reuniendo en uno de los extremos del patio. En total había unos sesenta o setenta hombres esperando mientras pasaban los soldados con las camillas. Un poco más allá, uno de los camilleros que transportaba a James intentaba subir el brazo que éste había dejado caer por el borde de la camilla y que seguía balanceándose descompasadamente. Enmarcados por una capa de hielo que despedía reflejos amarillentos aparecieron dos dedos formando el signo de la victoria, una pequeña y discreta muestra de desprecio por la muerte.

En el lugar en el que estaban apostados aparecieron más edificios diseminados por el terreno. Los fundamentos de dos de ellos estaban arraigados sólidamente en la roca mientras que el resto se distribuía por una explanada bordeada de árboles. A lo lejos, los extremos de unos postes sobresalían por encima de unos acebos silvestres. Estos postes soportaban el alambrado que corría entre las paredes de roca. Más allá, un cercado de alambre cortaba el terreno despidiendo un brillo helado a la luz de las farolas. Delante de la puerta principal del recinto y a la luz de una farola, se había reunido un grupo de oficiales alrededor de un vehículo negro con la cruz gamada pintada en la puerta delantera y unos banderines que ondeaban orgullosamente al viento a cada lado del parabrisas. Parecían estar discutiendo algo. Uno de los oficiales que vestía una bata blanca se separó del grupo y con un gesto de la mano solicitó la presencia de un par de guardias que estaban apostados delante de uno de los edificios más cercanos. Les dio un par de órdenes y los guardias asieron los rifles y salieron corriendo con las armas en alto y las faldas de los abrigos ondeando al aire, dispuestos a transmitir las órdenes recibidas a los demás.

Esta vez, las camillas abrían la procesión de enfermos. Algunos, sumidos en el silencio y en la apatía, ni siquiera se movieron y tuvieron que Llevárselos a empellones y bajo todo tipo de amenazas. Aparte del crujido seco de cientos de pies pisando la fina capa de nieve helada y del sonido lejano de los camiones, sólo se oían los crecientes resoplidos de los camilleros. Cuando hubieron dejado atrás el bloque más próximo descubrieron que estaba aislado de los demás. Desde donde se encontraba, Bryan pudo distinguir unos nueve o diez edificios más, algunos de ellos unidos de dos en dos por unos corredores blancos de madera. Sin duda se dirigían hacia uno de esos complejos; hacia los bloques gemelos más alejados.

Dejando de lado una farola solitaria que iluminaba la puerta de entrada con una luz tenue, el edificio, negro y sin vida, estaba a oscuras. Una enfermera cubierta con una capa salió del edificio. El súbito frío la hizo estremecerse y se apresuró a indicarles con la mano que la siguieran hasta los dos barracones de madera que se alzaban a su izquierda. Los camilleros protestaron aunque acabaron por hacerle caso.

Los barracones, altos aunque de un solo piso, estaban provistos de ventanas cubiertas de escarcha, dispuestas en hilera justo debajo del alero. Unos postigos y unas cortinas pesadas de tela protegían de la luz de los postes altos del exterior.

La puerta del barracón daba directamente a una sala en la que habían colocado decenas de colchones de rayas en el suelo. Unas espalderas cubrían las paredes laterales y del techo colgaban unas lámparas que despedían una débil luz, unas barras fijas, unas anillas y unos trapecios. La pared del fondo estaba desnuda. Cuatro cubos que alguien había dejado en el centro de la sala harían las veces de letrinas. A ambos lados de la puerta de entrada se erguían unos pequeños apartados, cada uno de ellos rodeados por unas cuantas sillas de madera oscura y basta.

Los camilleros que transportaban a Bryan se detuvieron a mitad de camino entre la puerta y el fondo de la sala, lo depositaron sobre un colchón, metieron el historial médico debajo del jergón y desaparecieron con la camilla vacía detrás de los pacientes que iban llegando, sin siquiera haberse molestado en comprobar el estado de salud del paciente que habían tenido a su cargo.

El flujo de hombres de miradas vacías que avanzaba arrastrando los pies pronto cesó. James se encontraba a tan sólo un par de colchones de Bryan, siguiendo a los recién llegados con la mirada. Una vez que estuvieron todos los enfermos sentados o echados sobre los lechos duros que les habían asignado, una enfermera dio unas palmadas en el aire y recorrió las filas repitiendo la misma frase una y otra vez. Bryan no entendía lo que decía, pero sí comprendió, a juzgar por la confusión y los intentos acompañados de quejidos de sus compañeros de sala de desvestirse, que debían dejar todas sus ropas en un montón a un lado del colchón. No todos siguieron la orden y tuvieron que soportar la ayuda tosca y ruda de los camilleros, que hasta entonces habían seguido los acontecimientos pasivamente, mascullando algún que otro improperio ininteligible. Ni James ni Bryan reaccionaron, y dejaron que fueran otros los que les sacaran el camisón por encima de la cabeza. La manera ruda con la que se aplicaron los camilleros les dejaron las orejas enrojecidas. Bryan observó aliviado que James ya no llevaba el pañuelo de Jill alrededor del cuello.

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