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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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– ¿Y a qué venían esas risas?

– «¿Hidalgo?», ha preguntado a gritos. Entonces me he vuelto y ha escupido al suelo. -Rafaela estalló en llanto. Hernando la apremió a continuar-. «¡El hereje de tu esposo… jamás obtendrá la hidalguía!», ha asegurado.

Lo sabían, pensó Hernando. Era de esperar. Miguel se lo habría dicho a los arrendatarios y a los nobles que pretendían comprar los caballos y la noticia habría corrido de boca en boca.

– Mujer, aunque no me concedieran la hidalguía, sólo el hecho de pleitear ya paralizará la expulsión durante años. Después…, después ya veremos. Las cosas cambiarán.

Pero el llanto de su esposa era incontenible; se llevó las manos al rostro y sus lamentos rompieron el silencio de la noche… Hernando, que se había separado de su mujer, se puso tras ella y acarició su cabello con ternura, esforzándose por aparentar una serenidad que estaba muy lejos de sentir.

– Tranquilízate -le susurró-, no nos pasará nada. Seguiremos todos juntos.

– Miguel tiene un presentimiento… -musitó ella entre sollozos.

– Los presentimientos de Miguel no siempre se cumplen… Todo saldrá bien. Tranquila. No pasará nada… -murmuró-. Cálmate, los niños no deben verte así.

Rafaela asintió y respiró hondo. Se resistía a dejar sus brazos. Sentía un miedo inmenso, que sólo el contacto con Hernando conseguía mitigar.

Hernando la observó salir de la biblioteca enjugándose las lágrimas y un fuerte sentimiento de ternura de apoderó de él. Había aprendido a vivir entre Fátima y Rafaela. A una la encontraba en sus oraciones, en la mezquita, en la caligrafía o en el momento en que escuchaba a Muqla susurrar alguna palabra en árabe, con sus inmensos ojos azules clavados en él a la espera de su aprobación. A Rafaela la encontraba en su vida diaria, en todas aquellas situaciones en que necesitaba de la dulzura y el amor; ella le atendía con cariño y él se lo devolvía. Fátima se había convertido sólo en una especie de fanal al que seguir en sus momentos de conjunción con Dios y su religión.

La expulsión de los moriscos valencianos se llevaba a cabo, aunque no sin dificultades. Trasladar a más de cien mil personas exigía que los barcos fueran y vinieran de la costa levantina española hasta Berbería una y otra vez. Pese a los tres días de plazo marcados, los meses transcurrían y ese retraso conllevó que, a través de las tripulaciones de los barcos que tornaban y la maliciosa crueldad de los cristianos, que no dudaban en difundirlas, empezaran a llegar noticias de la situación de los recién llegados a las costas africanas. Los más afortunados, aquellos que desembarcaban en Argel, eran inmediatamente trasladados a las mezquitas; una vez allí los hombres eran dispuestos en fila, se examinaban sus penes y se les retajaba a lo vivo, uno tras otro. Luego pasaban a engrosar la más baja de las castas de la ciudad corsaria regida por los jenízaros y eran empleados en la labor de las tierras en condiciones infrahumanas.

Los menos afortunados fueron a caer en manos de las tribus nómadas o beréberes que asaltaron, robaron y asesinaron a quienes para ellos no eran más que cristianos: hombres y mujeres que habían sido bautizados y que habían renegado del Profeta. Se hablaba de que cerca de tres cuartas partes de los moriscos valencianos, más de cien mil personas, habían sido asesinadas por los árabes. Hasta en Tetuán y en Ceuta, ciudades donde vivía un gran número de moriscos andaluces, torturaron y ejecutaron a los recién llegados. Comunidades enteras, clamando su cristiandad, se acercaron a las murallas de los presidios españoles enclavados en la costa africana en busca de protección. Centenares de moriscos, aterrorizados y desengañados, se las arreglaron para volver a España, donde se entregaban como esclavos al primer hombre con el que se encontraban; los esclavos estaban exentos de la expulsión.

También se hablaba de que pasajes enteros fueron despojados de sus bienes y lanzados al agua en alta mar. En los mercados cristianos las sardinas se empezaron a comprar al nombre de «granadinas».

Las noticias de las macabras matanzas berberiscas y demás infortunios se propagaron entre los moriscos valencianos que restaban a la espera de la expulsión. Dos comunidades se alzaron en armas. Munir levantó a los hombres del valle de Cofrentes, que al mando de un nuevo rey llamado Turigi se embreñaron en lo más alto de la Muela de Cortes. Lo mismo hicieron otros miles de hombres y mujeres en la Val de Aguar bajo las órdenes del rey Melleni. Pero el caudillo Alfatimí montado en su caballo verde no acudió en su ayuda, y los experimentados soldados de los tercios del rey no tuvieron problema alguno en poner fin a la revuelta. Miles de ellos fueron ejecutados; otros tantos acabaron como esclavos.

Antes del final de ese mismo año se dictó el bando de expulsión de los moriscos de las dos Castillas y de Extremadura. Los andaluces sabían que, en breve, serían los siguientes.

Una fría y destemplada mañana de enero, Hernando se hallaba en la biblioteca corrigiendo las letras que Amin escribía con el palillo sobre las hojas embetunadas en blanco de su librillo de memorias. Había probado a dejarle un cálamo, pero el niño emborronaba el papel con la tinta, por lo que resultaba más cómodo aquel librillo en el que se podía borrar lo escrito y repetir las letras una y otra vez. Amin había logrado dibujar un alif esbelto y proporcionado. Hernando tomó la tablilla y aprobó el trabajo con satisfacción al tiempo que le revolvía el cabello. Muqla también se acercó y miró a su hermano mayor con envidia.

– Si sigues así, pronto podrás hacerlo con el cálamo, buscando la sutil curvatura de la punta que más se adapte a los movimientos de tu mano.

El niño le miró con ojos llenos de ilusión, pero justo cuando iba a decir algo, unos atronadores golpes en la puerta de acceso a la casa retumbaron en el zaguán, se extendieron hasta el patio y ascendieron a la biblioteca. Hernando se quedó inmóvil.

– ¡Abrid al cabildo de Córdoba! -se oyó desde la calle.

Tras ordenar con un apremiante gesto a su hijo que lo escondiese todo, Hernando se dirigió a la galería con el pequeño Muqla cogido de la mano. Antes de abandonar la biblioteca comprobó que Amin ponía orden en el escritorio, sobre el que dispuso un libro de salmos; lo habían ensayado en varias ocasiones.

– ¡Abrid! -Los golpes volvieron a retumbar.

Hernando se agarró a la barandilla y miró hacia el patio. Rafaela se hallaba de pie en él, asustada, preguntándole con la mirada.

– Ve -le indicó antes de correr escaleras abajo.

Llegó cuando su esposa acababa de descorrer el pasador que cerraba por dentro. En la calle, un alguacil y varios soldados rodeaban a un hombre cercano a la treintena, lujosamente ataviado. Tras ellos asomaba la cabeza de un sonriente Gil Ulloa y por detrás de todos, un enjambre de curiosos. Hernando se adelantó a Rafaela, que mantenía la mirada en su hermano. Él, por su parte, trataba de reconocer al noble; sus facciones…

– Abrid al cabildo municipal -volvió a gritar el alguacil pese a que Hernando ya se hallaba en la calle-, y a su veinticuatro don Carlos de Córdoba, duque de Monterreal.

¡El hijo de don Alfonso! Los rasgos de su padre aparecían mezclados con los de doña Lucía. ¡La duquesa! Al solo recuerdo de la mujer, del odio que le profesaba, Hernando notó cómo le flaqueaban las rodillas. Aquella visita no podía augurar nada bueno.

– ¿Eres tú Hernando Ruiz, cristiano nuevo de Juviles? -le preguntó don Carlos con aquella voz segura y autoritaria con la que los nobles se dirigían a cuantos les rodeaban.

– Sí. Soy yo. -Hernando esbozó una triste sonrisa-. Bien lo sabe vuestra excelencia.

Don Carlos hizo caso omiso a la observación.

– Por orden del presidente de la Real Chancillería de Granada, te hago entrega de la resolución recaída en el pleito de hidalguía que tan temerariamente has incoado. -Un escribano se adelantó y le entregó un pliego-. ¿Sabes leer? -inquirió el duque.

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