Santa Evita
- Автор: Martinez Tomas Eloy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:
Plano de Perón triunfal, acercándose. La imagen, de pronto, pareciera congelarse, pero no es así. Es Perón el que está inmovilizado por el pasmo. Acaba de oír un grito desafiante y, luego, el coro en estampida de la multitud.
UNA VOZ (en off): ¡Que hable la compañera Evita!
CORO (en off): ¡Que hable / Evita! / ¡Que acepte / Evita!
PERON: (tratando de recobrarse) Compañeros… (El clamoreo no cesa.) Compañeros… Sólo los pueblos fuertes y virtuosos son dueños de sus destinos…
Mientras la cámara se eleva lentamente y abarca el oleaje compacto de la muchedumbre, la palpitación de las banderas en los balcones y los oasis de unas pocas fogatas, la voz del general va desapareciendo. En lo alto, las imágenes se funden con el mismo escenario, ya de noche. Los coletazos de un reflector agitan la espuma del millón de cabezas. Brotan ríos de antorchas, no se sabe de dónde. De pronto estalla el negro, la tiniebla absoluta. Los labios cálidos de un micrófono se adelantan hacia el espectador. [¿Recuerda el director la última imagen de «The Magnificent Ambersons», esa obra maestra de Orson Welles ensombrecida por «Citizen Kane»?]
Búsquela, plágiela. De esa nada religiosa fluye la voz que todos esperan:
CORO: Que acepte / Evita… / Que acepte / Evita…
EVITA (en off): Mis queridos descamisados, queridos míos…
Al retroceder, la cámara descubre el perfil de águila de Evita, y allí se queda, fija, hipnotizada por el junco de sus brazos y el temblor de sus labios.
EVITA: Yo les pido a las mujeres, a los niños, a los trabajadores aquí congregados, que no me hagan hacer lo que nunca quise hacer. Por el cariño que nos une, les pido que, antes de tomar una decisión tan trascendental en la vida de esta humilde mujer, me den por lo menos cuatro días para pensarlo.
CORO: (en off, pero clarísimo, ritmico) ¡No, no! ¡Evita! ¡Hoy!
– Tendría que mostrar usted ahora la expresión de los demás -dijo el peluquero-. Espejo estaba demudado, no sabía qué hacer. Empezaba, demasiado tarde, a darse cuenta de que el Cabildo Abierto era uno de esos malentendidos históricos que le podían costar la cabeza. A Perón no le gustaba nada lo que estaba pasando. Se lo notaba incómodo, impaciente. Lo que nadie entendió nunca es por qué las cosas habían llegado tan lejos. ¡Un millón de personas se había desplazado por las inmensidades de la Argentina, y todo para nada! ¿Le vio la cara a Evita? Cuando llegó al acto estaba convencida de que Perón en persona iba a proclamar su candidatura. De lo contrario, ¿para qué la llamaba? Todo era un aspaviento. Para no contrariar a su marido, tendría que mentir. Pero Ella no quería mentir. No podía hacerles eso a los descamisados. La multitud y Ella se enredaron de pronto en un diálogo a tientas, un salto mortal sin red. Evita no estaba preparada para decir ninguna de las palabras que dice a partir de ahora. Le salieron del alma, de los instintos. ¿Por qué no reproduce en su película el diálogo completo? Es emocionante.
EVITA: Compañeros. Entiendanmé. Yo no renuncio a mi puesto de lucha. Renuncio a los honores.
La multitud levanta las antorchas, enarbola pañuelos. Evita trata de apaciguarla con ademanes desesperados.
CORO: ¡Con-tes-ta-ción! ¡Diga-que-sí!
EVITA: Compañeros… Yo había pensado otra cosa, pero al final haré lo que el pueblo diga. (Ovación) ¿Ustedes creen que si el puesto de vicepresidenta fuera una carga y yo hubiera sido una solución, no habría contestado ya que sí? Mañana, cuando…
CORO: ¡Hoy, hoy! ¡Ahora!
Eva se vuelve hacia Perón. Él le habla al oído.
– ¿Sabe lo que le dijo el general? -apuntó el peluquero-. Le dijo: ¡Que se vayan! Pediles que se vayan.
EVITA: Compañeros… Por el cariño que nos une…(Un sollozo la nubla. Se lleva las manos a la garganta. Por los ademanes, parece que quisiera
desprender el sollozo y no sabe cómo. Suspira. Se rehace.) Les pido por favor que no me hagan hacer lo que no quiero hacer. Yo les ruego a ustedes como amiga, como compañera, que se desconcentren…
CORO: ¡No! ¡No! (Las voces se enredan, se confunden.) ¡Vamos al paro general! ¡Al paro general!
EVITA:
El pueblo es soberano. Yo acepto…
Imágenes de la multitud que salta, baila, juega con las antorchas, enciende volcanes de pirotecnia. De los balcones cae papel picado, el haz del reflector desaparece tras una selva de banderas. La palabra “acepto” va y viene como un salmo.
CORO: ¡Dijo que acepta! ¡Dijo que acepta!
Desde el palco, Evita niega con la cabeza, baja los brazos.
EVITA:
¡No, compañeros! Se equivocan. Quise decir: Yo acepto lo que me está diciendo el compañero Espejo… Mañana, a las doce del día…
CORO: (Silbidos. Y, en seguida:) ¡Ahora, ahora! ¡Ahora mismo, ahora!
EVITA: Les pido sólo un poco de tiempo. Si mañana.…
CORO: ¡No! ¡Ahora!
Evita se vuelve una vez más hacia Perón. Está demacrada por el estupor y el pánico. En una de las dos ediciones de «NoDo», sus labios dibujan con claridad la pregunta:«¿Qué hago?»
– Perón le dijo que no aflojara -me explicó el peluquero-. Que postergara la respuesta. «Es una cuestión de terquedad», le dijo. «Y vos tenés la última palabra. No te pueden obligar».
– Tenia razón -admití-. No la podían obligar. -La obligaron. Estaban decididos a no moverse de allí.
EVITA: Compañeros… ¿Cuándo Evita los ha defraudado? ¿Cuándo Evita no ha hecho lo que ustedes desean? ¿No se dan cuenta en este momento de que para una mujer, como para cualquier ciudadano, la decisión que me exigen es muy trascendental? Y yo lo que les ruego es tan sólo unas horas de tiempo…
La multitud se enardece. Algunas antorchas se apagan.
Fluyen lavas: «¡Ahora!». El incontinente «ahora» despliega sus alas de murciélago, de mariposa, de nomeolvides. Zumban los «¡ahora!» de los ganados y las mieses; nada detiene su frenesí, su lanza, su eco de fuego. [El festín loco de esa palabra duró, según las estadísticas del diario Democracia, más de dieciocho minutos. Pero en las ediciones de «NoDo» y de «Sucesos Argentinos» no se rescatan sino diez segundos. Sugiero al director que prolongue la misma toma hasta que los espectadores caigan agotados. Sugiero un montaje erótico, más bien venéreo. Tal vez así se logre algún efecto de realidad.
CORO: ¡Ahora! ¡Ahora! ¡Ahora! ¡Ahora! [Etcétera].
Evita rompe a llorar. Ya no la avergüenza el llanto.
EVITA: Y, sin embargo, nada de esto me toma de sorpresa. Desde
hace tiempo yo sabía que mi nombre se mencionaba con insistencia. Y no lo he desmentido. Lo hice por el pueblo y por Perón, porque no había nadie que se le pudiera acercar ni siquiera a sideral distancia. Y lo hice por ustedes, para que así pudieran conocer a los hombres del Partido con vocación de caudillos. El General, al usar mi nombre, se podía proteger momentáneamente de las disensiones partidarias…
– Éste es el momento sacramental de su discurso -dijo el peluquero-. Evita se desnuda. Yo no soy yo, dice. Soy lo que mi marido quiere que sea. Le permito que teja sus intrigas con mi nombre. Ya que él me dio su nombre, yo le doy el mío. Era terrible, y nadie se daba cuenta.
– Ella tampoco se daba cuenta de lo que estaba diciendo -dije.
EVITA: Pero jamás en mi corazón de humilde mujer argentina pensé que yo podría aceptar este puesto. Compañeros…
Ha llegado el momento. También la cámara es un ser vivo. Se estremece, se desconcierta.,Dónde mirar ahora? La cámara huele los miedos de la multitud, Ella también está húmeda de miedo. Va, viene: el océano de antorchas, Evita.
CORO: ¡No! ¡No!
EVITA: Esta noche… Son las siete y cuarto de la tarde. Yo… Por favor… A las veintiuna y treinta de la noche, yo, por la radio…
CORO: ¡Ahora! ¡Ahora!
En la última edición de «NoDo» hay una panorámica tal vez casual que abarca la atmósfera tensa del palco. Se ve a Espejo mientras ofrece a Perón explicaciones azoradas e inaudibles. Evita pregunta qué hacer. Ya no mira al marido. Tendría que estallar en reproches. Se los calla. Perón, de espaldas a la multitud, señala con el índice a la cámara: