Santa Evita
- Автор: Martinez Tomas Eloy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:
¿De cuántos podría hablarse? ¿De un millón? Son muchos más, sin duda. Se los verá esta misma tarde al pie del arco de triunfo levantado en la intersección de las avenidas 9 de julio y Moreno.
El mencionado arco bajo el cual está el palco oficial, ostenta dos grandes retratos: uno del primer mandatario, y otro de su esposa, así como la sigla de la central obrera, y muchos gallardetes, estandartes, mientras en torno algunas de las innumerables entidades adheridas, han tendido leyendas que abarcan varias cuadras. ¿Una semana de jolgorio? No. Una semana histórica y de profunda unción cívica.”
En los papeles, la CGT era la organizadora del acto, pero fue Evita la que puso la maquinaria en movimiento. De Ella nació la idea de los trenes y ómnibus gratuitos, Ella ordenó los feriados para aliviar el trajín de la gente, por Ella se abrieron albergues y se sirvieron comidas a discreción.
Perón era un admirador de la escenografía fascista y casi todos sus actos de masa copiaban a los del Duce. Pero Evita, que no tenía otra cultura que la del cine, quería que su proclamación se pareciera a un estreno de Hollywood, con reflectores, música de trompetas y aluviones de público.
Las primas salieron a eso de las nueve de la mañana rumbo al acto, alhajadas y maquilladas como un árbol de Navidad. Yo me quedé solo en la casa, oyendo la radio. Cada tanto se leían proclamas encareciendo a la gente que aprovechara el sol del día feriado y acampara bajo los árboles de la avenida. Tuve el presentimiento de que en cualquier momento podría llamarme la Señora. Dicho y hecho. A eso de las tres sonó el teléfono. Me convocaban con la mayor urgencia al edificio de Obras Públicas, que estaba detrás del palco. «¿Cómo podré acercarme?», pregunté. «La radio dice que hay una muchedumbre nunca vista». «No se inquiete por eso. En quince minutos pasamos a buscarlo.»
Viajé en uno de los automóviles del presidente sin ser detenido en ninguna de las barricadas. Pude ver así unas pocas imágenes de la ciudad, aunque no sé si creerlas. Bajo el sarcófago de Manuel Belgrano habían montado un cine al aire libre, donde se proyectaban películas de propaganda sobre los asilos de ancianos, ciudades infantiles y hogares de tránsito fundados por Evita. Una legión de patriotas que tomaba en serio lo del Cabildo Abierto encendía velas en la antorcha de la catedral metropolitana donde está la tumba del general José de San Martín y exigía que el ataúd fuera llevado en procesión hasta el arco triunfal de la avenida Nueve de Julio. Un transatlántico navegaba perdido entre las dársenas y, aunque todos oíamos el bramido desesperado de sus sirenas, nadie acudía a prestarle auxilio; supe después que había encallado en el limo del río y que sus marineros habían bajado a tierra para sumarse a la fiesta.
En el centro de aquella esplendorosa algarabía, Evita estaba sola. Contemplaba las jacarandas desde las ventanas de un despacho imponente, en el ministerio de Obras Públicas. Se había puesto un traje sastre oscuro, de corte simple, una camisa de seda, y unos aros de brillantes que seguían el contorno de los lóbulos. Estaba pálida, más flaca, con los pómulos tirantes. Al descubrirme, sonrió con tristeza: «Ah, sos vos», dijo. «Suerte que te encontraron».
No sé por qué recuerdo aquella escena dentro de velos de silencio, cuando en verdad el aire estaba saturado de sonidos. Afuera tronaban los acordes de Los muchachos peronistas, unos altoparlantes lejanos repetían La cafetera che fa blu blu de Nicola Paone, y en la avenida desembocaban torrentes de bombos y las explosiones anticipadas de los fuegos artificiales que se esperaban para las doce de la noche. Pero todo lo que hablé esa tarde con Evita se ha mantenido en mi memoria limpio de sonidos ajenos, como si las voces hubieran sido recortadas con tijera. Recuerdo que, en vez de saludarla como siempre, me salió del alma una mentira compasiva: «¡Qué linda está, señora!» Recuerdo también que no me creyó. Llevaba el pelo suelto, sujeto con una vincha, y aún no se había maquillado. Le ofrecí lavárselo con shampú y darle un masaje para que se relajara. «Peináme», dijo. «Quiero que el rodete me quede bien firme». Se dejó caer en uno de los sillones del despacho y empezó a tararear la canción de Paone, «che fa blu blu», sin pensar en lo que hacía, sólo por defenderse de las lágrimas.
– ¿Cómo lo está pasando la gente afuera? -me preguntó. Y sin esperar a que le respondiera, dijo: -La política es una mierda. Julio. Nunca te dan lo que te corresponde. Si sos una mujer, peor. Te basurean. Y cuando querés algo de verdad tenés que ganártelo con los dientes. Me han dejado sola. Cada día que pasa estoy más sola.
No hacía falta ser muy sagaz para adivinar que estaba quejándose del marido. Pero se habría enfurecido si yo me daba por enterado. Intenté consolarla.
– Si usted está sola, ¿qué deja para los demás? -le dije-. Nos tiene a todos nosotros, tiene al general. Ahí afuera hay un millón de personas que han venido sólo para verla.
– Tal vez no me van a ver, Julio. A lo mejor no salgo -dijo. En ese momento sentí su tensión. Tenía los puños apretados, las venas rígidas, un nudo en las mandíbulas. -A lo mejor no les hablo. Para qué voy a hablar, si ni siquiera sé lo que tengo que decir.
– Más de una vez la he visto así, señora. Son los nervios. Cuando aparezca en el palco se va a olvidar de todo.
– Qué me voy a olvidar, si nadie me habla claro. Los únicos que hablan claro aquí son los grasitas. Con los demás tenés que usar un diccionario. Los generales se reúnen con Perón a escondidas para pedirle que no me deje ser candidata. ¿Sabés lo que les contesta? Que se metan el cargo en el culo, que yo soy yo y hago lo que se me da la gana. Pero no hago lo que se me da la gana. En esta historia se está metiendo mucha gente, Julio. Es un nido de intrigas, de zancadillas; no te das una idea. Hasta Perón se está empezando a cansar. El otro día lo agarré y le dije: ¿Vos querés que renuncie? Yo renuncio. Me miró con expresión ausente y me contestó: Hacé lo que te parezca, Chinita. Lo que te parezca.
Llevo una semana sin pegar un ojo. Ayer estaba por entrar a bañarme, sentía frió, ya había tomado tres o cuatro aspirinas, y de repente me puse a pensar: él es el presidente. Si quiere que yo sea la vice, se lo tiene que decir al pueblo. Caché el teléfono y lo llamé a la Casa Rosada. Aprovechá el acto del Cabildo Abierto, le dije. Comenzá tu discurso anunciándoles a todos que sos vos el que me quiere como candidata. Señores, yo la elegí, deciles. Con eso se acaban las murmuraciones. Se cae de maduro que te elegí, me contestó, pero que yo lo diga es otra cosa. No es ninguna otra cosa, porfié. Vos y yo llevamos meses peleando por esto. Si aflojamos ahora, me van a comer viva. A vos no, a mi. Hay que tener cuidado con el partido, me dijo. El partido sos vos, le contesté. Dejáme que lo piense, Chinita, dijo. Ahora estoy ocupado.
Es la primera vez que no sabe qué hacer. Esta mañana tuvimos una agarrada. Yo insistí con el tema. El se dio cuenta de que yo iba a explotar y trató de calmarme. Queda muy mal que te proponga yo, dijo. No hay que mezclar nunca el gobierno con la familia. Hay que ser delicado con las formas. Por muy Evita que seas, sos mi mujer: te tiene que proclamar el partido. A mí las formas me interesan un carajo, lo interrumpí. O me proclamas vos o no aparezco en el Cabildo Abierto; vas a tener que dar la cara solo. No entendés, me dijo. Claro que entiendo, le contesté. Y pegué un portazo. Al rato, los de la CGT ya sabían todo. Me suplicaron que viniera. Señora, no les puede hacer eso a los descamisados, me dijeron. Se han largado quién sabe desde dónde por usted. Yo no soy nadie, les dije. Sólo soy una humilde mujer. Lo hacen por el general. No, me insistieron. La candidatura del general es cantada. Vienen por usted. No puedo asistir a ese acto, contesté. Si la gente pide por usted, no vamos a tener otro remedio que salir a buscarla, me dijeron. Ustedes sabrán, les dije. Yo voy a mirar el acto desde el ministerio de Obras Públicas.
No bien lo dije, me arrepentí. Pero después pensé: Ese Cabildo Abierto es mío. Me lo gané. Me lo merezco. No me lo voy a perder. Que vengan a buscarme.
Todo relato es, por definición, infiel. La realidad, como ya dije, no se puede contar ni repetir. Lo único que se puede hacer con la realidad es inventarla de nuevo.
Al principio yo pensaba: cuando junte los pedacitos de lo que una vez transcribí, cuando me resuciten los monólogos del peluquero, tendré la historia. La tuve, pero era letra muerta. Luego, perdí mucho tiempo buscando aquí y allá los fósiles de lo que había ocurrido en el Cabildo Abierto. Excavé en los archivos de los diarios, vi los documentales de la época, oí las grabaciones de la radio. La misma escena se repetía, se repetía, se repetía: Evita sin saber cómo alejarse del amor ciego de la multitud, acercándose, yéndose; Evita suplicando que no le permitieran decir lo que no quería, que ya no le callaran el decir. No aprendí nada, no añadí nada. En esa parva inútil de documentos, Evita nunca era Evita.