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Nobleza obliga

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Durante las obras de reforma de una finca abandonada en la campiña veneciana, se desentierra un cadáver parcialmente descompuesto y semidevorado por las alimañas. Cerca del lugar, se encuentra un valioso anillo de sello, pista crucial que permite identificar el macabro descubrimiento: se trata de Ro-berto Lorenzoni, hijo de una de las familias más poderosas de Venecia, secuestrado dos años atrás y dado por desaparecido.
Encargado de reabrir el caso, el comisario Brunetti necesitará el apoyo de la rama noble de su familia para adentrarse en el palpitante corazón de la aristocracia veneciana, donde los secretos están más que bien guardados. Una vez más, Donna Leon combina con increíble acierto la crudeza de la corrupción italiana, el encanto de sus personajes y el hechizo de la ciudad de Venecia.
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Patta apartó la carpeta y miró a Brunetti.

– Pero no le he llamado para hablar de esto -dijo.

Si Patta había leído sus otras recomendaciones, el comisario ya sabía lo que venía ahora.

– No es sólo que no recomiende para un ascenso al teniente Scarpa, sino que, además, sugiere que sea trasladado -dijo Patta, sin poder contener la indignación. Él había traído consigo a Scarpa cuando fue trasladado a Venecia hacía varios años y, desde entonces, el teniente había actuado de asistente y espía del vicequestore.

– Muy cierto.

– Eso no puedo consentirlo.

– ¿Qué es lo que no puede consentir, vicequestore, que se traslade al teniente o que yo lo sugiera?

– Ni lo uno ni lo otro.

Brunetti callaba, esperando a ver hasta dónde llegaría Patta para defender a su criatura.

– ¿Sabe usted que tengo autoridad para no dar curso a sus recomendaciones? -preguntó Patta-. A ninguna de ellas.

– Sí, señor, lo sé.

– Entonces, antes de que yo haga mis propias recomendaciones al questore, le sugiero que retire las observaciones que hace respecto al teniente. -Como Brunetti no decía nada, Patta preguntó-: ¿Me ha oído, comisario?

– Sí.

– ¿Y bien?

– Muy pocas cosas podrían hacerme cambiar mi opinión del teniente y ninguna, mis recomendaciones.

– ¿No sabe que sus recomendaciones no irán a ninguna parte? -preguntó Patta apartando hacia un lado la carpeta, para librarse del peligro de contaminación.

– Pero figurarán en su expediente -dijo Brunetti, aun sabiendo que de los expedientes desaparecían las cosas con suma facilidad.

– No sé qué objeto pueda tener eso.

– Me gusta la historia. Me gusta que quede constancia de las cosas.

– Por lo que al teniente Scarpa se refiere, lo único que hay que hacer constar es que se trata de un policía excelente y de un hombre de toda mi confianza.

– En tal caso, puede usted consignarlo así, y yo expondré mi propia opinión. Y después, como sucede siempre con la historia, los futuros lectores juzgarán quién de los dos tenía razón.

– No sé de qué habla, Brunetti, ni qué futuros lectores, ni qué historia hay que consignar. Lo que nosotros necesitamos es apoyo y confianza mutuos.

Brunetti no dijo nada a esto, ya que no quería invitar a Patta a extenderse en sus habituales tópicos sobre la defensa de la justicia y la aplicación de la ley, conceptos que Patta consideraba idénticos. Pero el vicequestore no necesitaba invitación, y dedicó varios minutos al tema, mientras Brunetti trataba de determinar qué preguntas hacer a Maurizio Lorenzoni. Fuera cual fuera el resultado de la autopsia, deseaba repasar atentamente las circunstancias del secuestro. Porque parecía lo más conveniente empezar por el sobrino, la perla de la familia.

La voz de Patta, que había subido de tono, interrumpió sus reflexiones.

– Si le aburro, dottor Brunetti, no tiene más que decírmelo, y puede marcharse.

Brunetti se puso en pie rápidamente y, con una sonrisa pero sin una sola palabra, salió del despacho de Patta.

10

Lo primero que hizo Brunetti al llegar a su despacho fue abrir la ventana y mirar un momento el lugar en el que Bonsuan solía amarrar la lancha. Luego, fue a la mesa y abrió el informe de la autopsia. Con los años, se había acostumbrado a las peculiaridades de estos informes. La terminología era médica -nombres de huesos, órganos y tejidos- y el modo de los verbos, casi exclusivamente subjuntivo y condicionaclass="underline" «Si se tratara del cuerpo de una persona sana…» «Si no se hubiera trasladado el cuerpo…» «Si se me solicitara un cálculo…»

Varón, joven, probablemente, poco más de veinte años, señales de ortodoncia. Estatura aproximada: 180 centímetros; peso: no más de sesenta kilos. Probable causa de la muerte: una bala en el cerebro. Se acompañaba foto del orificio del cráneo, cuyo pequeño tamaño no desmentía el carácter letal que denotaba su perfecta redondez. La muesca que se observaba en la cara interna de la órbita ocular izquierda podía deberse a la salida del proyectil.

Brunetti interrumpió un momento la lectura para reflexionar sobre la proverbial precaución de los forenses. Aunque a una persona se la encontrara con puñal clavado en el corazón, el informe diría: «La causa de la muerte fue, al parecer…» Lamentó que la autopsia no la hubiera hecho Ettore Rizzardi, el medico legale de Venecia: al cabo de tantos años de trabajar junto a Brunetti podía conseguir que Rizzardi se comprometiera más allá del lenguaje vago y ambiguo de los informes y, en una o dos ocasiones, hasta había logrado que el médico especulara con la posibilidad de que la causa la muerte pudiera ser distinta de la que sugería la autopsia.

Como el tractor había removido varios huesos y roto otros, no había posibilidad de determinar si el difunto llevaba puesto el anillo que había aparecido con los restos. Los funcionarios que lo habían encontrado no habían marcado su posición exacta antes de darlo al medico legale, por lo que era imposible decir dónde se hallaba en relación con el cuerpo, el cual también había sido removido por los funcionarios.

Cuando fue enterrado, el hombre, aparte los zapatos negros del número 42 y calcetines de algodón oscuros, sólo llevaba un pantalón de lana azul y camisa de algodón blanco. Brunetti recordó que en el informe de la policía se decía que, en el momento de su desaparición, Lorenzoni llevaba un traje azul. Como durante ello y el invierno anteriores había llovido mucho en la provincia de Belluno y, además, el campo se encontraba al pie de dos montes, el agua acumulada en él había acelerado la descomposición tanto de la tela como del cadáver.

Se estaban practicando análisis toxicológicos de los órganos, cuyos resultados se conocerían dentro de una semana, lo mismo que los de unas pruebas que se realizarían en los huesos. Aunque los fragmentos de tejido pulmonar estaban muy deteriorados como para que las conclusiones fueran fiables, había pruebas de que aquel hombre había sido un gran fumador. Brunetti, recordando lo que había dicho la novia de Roberto, desesperaba de la utilidad de las autopsias. En una carpeta de plástico transparente había un juego completo de radiografías dentales.

– Veamos qué dice el dentista -dijo Brunetti en voz alta, y alargó la mano hacia el teléfono. Mientras esperaba línea con el exterior, abrió su ejemplar del expediente Lorenzoni y buscó el número del conde Ludovico.

– Pronto -contestó una voz masculina a la tercera llamada.

– ¿El conde Lorenzoni?

– Signor Lorenzoni -rectificó la voz, sin dar una indicación de si era el sobrino o era el propio conde que hacía una declaración de principios republicanos.

– ¿Signor Maurizio Lorenzoni? -preguntó Brunetti entonces.

– Sí. -Nada más.

– Aquí el comisario Guido Brunetti. Desearía hablar con usted o con su tío, a ser posible, esta misma tarde.

– ¿En relación con qué asunto, comisario?

– En relación con Roberto, su primo Roberto.

Después de una pausa larga, el otro preguntó:

– ¿Lo han encontrado?

– Se ha hallado un cuerpo en la provincia de Belluno.

– ¿Belluno?

– Sí.

– ¿Es Roberto?

– No lo sé, signor Lorenzoni. Podría ser. Se trata de un joven de unos veinte años, un metro ochenta de estatura…

– Esa descripción podría corresponder a la mitad de los jóvenes de Italia -dijo Lorenzoni.

– Con el cadáver había un anillo con el escudo Lorenzoni -dijo Brunetti.

– ¿Qué?

– Un anillo de sello, con el escudo de la familia.

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