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Diez cosas que me gustan de ti

Электронная книга - «Diez cosas que me gustan de ti». Краткое содержание книги:

Es su primera temporada en Londres y la joven Annabel Winslow ya ha conseguido un pretendiente. El conde de Newbury, un anciano repugnante que solo busca heredero para su fortuna, le ha propuesto un matrimonio de conveniencia que solucionaría la penuria económica de su familia tras la muerte de su progenitor. A pesar de sus reservas hacia el noble, Annabel no ve otra salida a las difíciles circunstancias a las que se enfrentan los suyos y ya ha tomado una determinación.
Hasta que el atractivo canalla Sebastian Grey, sobrino del conde y aspirante a su título y fortuna, se cruza en su camino hacia el altar. ¿Qué hacer? ¿Seguir la lógica y los dictados de las convenciones y entregarse a una vida lúgubre e infeliz o capitular ante la desaforada pasión que ha nacido con una simple mirada y un roce casual?
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Annabel estuvo a punto de gruñir. Había tantos motivos por los que aquella conversación no era divertida que no sabía por dónde empezar. Había tantos motivos por los que no era divertida que casi era divertida.

– No tiene de qué preocuparse -dijo él, en voz baja.

Ella levantó la cabeza. Sebastian estaba serio. Nada grave ni trascendental, sólo… serio.

– No diré nada -dijo.

No sabía por qué, pero Annabel sabía que decía la verdad.

– Gracias.

Él se inclinó y volvió a besarle la mano.

– Creo que hoy martes es un día perfecto para conocer mejor a una joven dama.

– Hoy es miércoles -lo corrigió ella.

– ¿Ah sí? Soy horrible con los días. Es mi único defecto.

Annabel quería reírse, pero no se atrevía a llamar la atención. Louisa y lady Olivia seguían hablando y, cuanto más tiempo estuvieran distraídas, mejor.

– Está sonriendo -dijo él.

– No es verdad.

– Quiere reírse. Se le están curvando las comisuras de los labios.

– ¡No es verdad!

Él dibujó una sonrisa pícara.

– Ahora sí.

Y el bandido tenía razón. Había conseguido hacerla reír o, al menos, hacerla sonreír en un intento por no reírse, en menos de un minuto.

¿Acaso era extraño que le hubiera pedido que la besara?

– ¡Annabel!

Se volvió aliviada ante el sonido de la voz de su prima.

– Mi tía nos está llamando -dijo Louisa, y lo cierto era que lady Cosgrove se dirigía hacia ella con una expresión muy severa.

– Imagino que no le habrá gustado verlas hablando conmigo -dijo el señor Grey-, aunque confío que la presencia de Olivia contribuya a hacerme aceptable.

– No soy tan respetable -dijo lady Olivia.

Annabel separó los labios, sorprendida.

– Es completamente respetable -le susurró Louisa al oído enseguida-. Sólo es que… bueno, da igual.

Una vez más, todo el mundo sabía todo sobre los demás. Menos Annabel.

Annabel suspiró. Bueno, lo intentó. No podía suspirar frente a un grupo tan reducido; sería terriblemente grosero. Pero quería suspirar. Algo en su interior se moría de ganas de suspirar.

Lady Cosgrove se unió al grupo y enseguida tomó a Louisa del brazo.

– Lady Olivia -dijo, con un cordial gesto con la cabeza-. Señor Grey.

Los dos le devolvieron el saludo; el señor Grey con una elegante inclinación del cuerpo y lady Olivia con una reverencia tan delicada que debería ser ilegal.

– He invitado a lady Olivia y al señor Grey a la ópera con nosotros esta noche -dijo Louisa.

– Por supuesto -respondió lady Cosgrove, con educación-. Lady Olivia, por favor, salude a su madre de mi parte. Hace siglos que no la veo.

– Ha estado acatarrada -respondió lady Olivia-, pero casi se ha recuperado. Estoy convencida de que le gustaría mucho que fuera a visitarla.

– Quizá lo haga.

Annabel observó la conversación con gran interés. Lady Cosgrove no había ignorado al señor Grey, pero había conseguido no dirigirle ni una palabra después de saludarlo. Era curioso. No tenía ni idea de que fuera persona non grata. En definitiva, era el heredero al condado de Newbury, aunque sólo fuera el presunto heredero.

Tendría que preguntárselo a Louisa. Eso sí, después de matarla por haberlo invitado a la ópera.

Se intercambiaron los cumplidos de rigor, pero estaba claro que lady Cosgrove quería marcharse. Por no hablar de Frederick, que parecía que quisiera hacer sus cosas entre los arbustos.

– Hasta esta noche, señorita Winslow -dijo el señor Grey, inclinándose una vez más sobre su mano.

Annabel intentó no reaccionar cuando el contacto de sus labios en su mano le provocó un escalofrío en el brazo.

– Hasta esta noche -repitió ella.

Y, mientras observaba cómo se alejaba, no recordaba haber esperado algo con tantas ganas en su vida.

CAPÍTULO 09

A Sebastian lo sorprendió las ganas que tenía de ir a la ópera esa noche. Y no es que no fuera un gran aficionado; lo era, aunque ya hubiera visto La flauta mágica tantas veces que se sabía de memoria las dos arias de la Reina de la Noche.

Otra cualidad más a añadir a su lista de talentos inútiles.

No sabía por qué las compañías de teatro de Gran Bretaña insistían en representar una y otra vez la misma ópera. Suponía que era en deferencia a la legión de caballeros británicos demasiado tozudos para aprender un idioma extranjero. Para Seb, era más fácil seguir una comedia que una tragedia. O, al menos, saber cuándo reír.

Sin embargo, por mucho que quisiera ver la ópera desde la privilegiada posición del palco de los Fenniwick, quería ver más a la chica.

A la señorita Winslow.

La señorita Annabel Winslow.

Annabel.

Le gustaba el nombre. Tenía cierto aire bucólico, algo que olía a limpio, como la hierba.

No conocía a muchas mujeres que consideraran esa comparación un cumplido, pero sospechaba que la señorita Winslow era de las pocas que sí.

Aparte de eso, sabía poco de ella, excepto que era amiga de la hija de un duque. Era un movimiento sensato para cualquier joven que quisiera trepar en la sociedad, pero le había parecido que la señorita Winslow y lady Louisa disfrutaban de la compañía mutua.

Otro punto a favor de la señorita Winslow. Sebastian nunca había soportado a los que fingían una amistad para escalar posiciones sociales.

Y también sabía que tenía un pretendiente que no le gustaba. Aunque no era nada extraordinario; la mayor parte de las jóvenes con un aspecto aceptable y/o una fortuna tenía uno o dos pretendientes. Lo interesante era que ella se había escapado de la fiesta para evitar a ese hombre. La única explicación es que fuera particularmente atroz.

O que ella tuviera tendencia a las actitudes estúpidas.

O que dicho pretendiente hubiera intentado sobrepasarse.

O que ella hubiera exagerado.

Sebastian consideró todas esas opciones mientras se dirigía hacia la ópera. Si él escribiera la historia (y no descartaba la posibilidad de hacerlo algún día, porque la historia parecía sacada de una novela de la Gorely), ¿cómo lo haría?

El pretendiente tendría que ser horrible. Muy rico, quizá con un título; alguien que pudiera presionar a la familia pobre y arruinada de la chica. Y no estaba diciendo que la familia de la señorita Winslow fuera pobre y estuviera arruinada, pero para el argumento del libro quedaba mejor.

La habría atacado en una esquina oscura, lejos de la fiesta. No, eso no. Sería demasiado temprano en la novela para tanto drama, y seguramente demasiado morboso para su público. Sus lectores no querían ver a una mujer repeliendo un ataque indeseado; sólo querían leer cómo los demás chismorreaban al respecto después del ataque.

O, al menos, eso el lo que le había dicho el editor.

Perfecto, si no la había atacado, entonces quizá le había hecho chantaje. Sebastian se emocionó. El chantaje siempre era un buen elemento en una historia. Lo usaba casi siempre.

– ¡Hemos llegado!

Sebastian parpadeó y levantó la mirada. Ni siquiera se había dado cuenta de que habían llegado a la ópera. Había alquilado un carruaje, por desagradable que fuera. No tenía uno propio y le había dicho a Olivia que no hacía falta que Harry y ella pasaran a buscarlo. Era mejor dejar a los no tan recién casados un tiempo a solas.

Harry se lo agradecería después. Seb lo sabía.

Sebastian bajó, pagó al conductor y entró. Había llegado un poco temprano, pero ya había varias personas en el vestíbulo, para ver y ser vistos con sus mejores galas.

Lentamente, se abrió camino entre la gente, hablando con conocidos, sonriendo, como siempre hacía, a las jóvenes que menos lo esperaban. La noche prometía todo lujo de placeres y entonces, justo cuando casi había llegado a las escaleras…

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