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Diez cosas que me gustan de ti

Электронная книга - «Diez cosas que me gustan de ti». Краткое содержание книги:

Es su primera temporada en Londres y la joven Annabel Winslow ya ha conseguido un pretendiente. El conde de Newbury, un anciano repugnante que solo busca heredero para su fortuna, le ha propuesto un matrimonio de conveniencia que solucionaría la penuria económica de su familia tras la muerte de su progenitor. A pesar de sus reservas hacia el noble, Annabel no ve otra salida a las difíciles circunstancias a las que se enfrentan los suyos y ya ha tomado una determinación.
Hasta que el atractivo canalla Sebastian Grey, sobrino del conde y aspirante a su título y fortuna, se cruza en su camino hacia el altar. ¿Qué hacer? ¿Seguir la lógica y los dictados de las convenciones y entregarse a una vida lúgubre e infeliz o capitular ante la desaforada pasión que ha nacido con una simple mirada y un roce casual?
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– Señorita Winslow -dijo Olivia-. Es un placer conocerla. ¿Es nueva en la ciudad?

La señorita Winslow ofreció una respetuosa reverencia.

– Sí. Gracias por preguntar.

Sebastian sonrió y murmuró su nombre y entonces, como sabía que le afectaría, le tomó la mano y le dio un beso. En momentos como ese estaba agradecido por su reputación. A Olivia no le extrañaría en absoluto el gesto de cortejo.

En cambio, la señorita Winslow se sonrojó. Y Sebastian se dijo que, a la luz del día, era todavía más atractiva. Tenía los ojos de un precioso color verde grisáceo. Y, combinados con la piel y el pelo, casi parecía española. Y le gustaban las pecas que tenía en el puente de la nariz. Sin ellas, habría resultado demasiado sensual.

También le gustaba el vestido de paseo de color verde esmeralda. Le quedaba mejor que el de color pastel que llevaba la noche anterior.

Sin embargo, no podía permitir que su examen se alargara demasiado. Quizá le delatara y, además, no podía ignorar a su amiga. Se apartó de la señorita Winslow sin fingir que le costaba.

– Lady Louisa -dijo, inclinando la cabeza-. Es un placer volver a verla. Me apena que esta temporada nuestros caminos no se hayan cruzado hasta ahora.

– Este año parece que hay más gente que nunca -dijo Olivia-. ¿Acaso todo el mundo ha decidido instalarse en la ciudad? -Se volvió hacia lady Louisa-. He estado fuera varias semanas, así que estoy muy desubicada.

– ¿Estaba en el país? -preguntó lady Louisa con educación.

– Sí, en Hampshire. Mi marido tenía un trabajo importante y, en la ciudad, le cuesta concentrarse.

– Culpa mía -intervino Sebastian, divertido.

– Fíjate que no te he contradicho -dijo Olivia. Se acercó a él y ladeó la cabeza-. Es una gran distracción.

Sebastian no pudo evitar el comentario.

– Es una de mis principales cualidades.

– No presten atención a nada de lo que diga -dijo Olivia, meneando la cabeza. Se volvió hacia las chicas y empezaron a charlar de cosas, mientras que Sebastian se quedó con una sensación de irritación muy poco habitual. Eran incontables las ocasiones en que Olivia había hecho un comentario parecido a «No presten atención a nada de lo que diga».

Esta vez, sin embargo, era la primera que realmente le había molestado.

– ¿Se lo está pasando bien en Londres, señorita Winslow? -preguntó Olivia.

Sebastian se volvió hacia la señorita Winslow y la observó con una sonrisa insulsa. Estaba más que interesado en su respuesta.

– Eh, sí -tartamudeó la señorita Winslow-. Es muy divertido.

– Divertido -murmuró Sebastian-. Una palabra interesante.

Ella lo miró con alarma en los ojos. Él sólo sonrió.

– ¿Se quedará en la ciudad durante el resto de la temporada, lady Olivia? -preguntó lady Louisa.

– Creo que sí. Aunque todo depende de si mi marido puede concentrarse con tantas distracciones.

– ¿En qué está trabajando sir Harry? -preguntó Sebastian, puesto que Olivia no le había dicho qué novela estaba traduciendo-. Intenté molestarlo un poco esta mañana, pero enseguida me echó. -Miró a la señorita Winslow y a lady Louisa y dijo-: Cualquiera diría que le caigo mal.

Lady Louisa se rió. La señorita Winslow mantuvo la expresión imperturbable.

– Mi marido es traductor -explicó Olivia a las chicas y dedicó unos ojos en blanco a Sebastian-. Ahora está traduciendo una novela al ruso.

– ¿De veras? -preguntó la señorita Winslow, y Sebastian tuvo que admitir que parecía sinceramente interesada-. ¿Cuál?

– La señorita Truesdale y el Silencioso Caballero. La autora es Sarah Gorely. ¿La ha leído?

La señorita Winslow meneó la cabeza, pero lady Louisa prácticamente dio un brinco y exclamó:

– ¡No!

Olivia parpadeó.

– Eh… Sí.

– No, quiero decir que no la he leído todavía -explicó lady Louisa-. He leído todas las anteriores, claro. ¿Cómo habría podido no hacerlo?

– ¿Es una fiel seguidora? -preguntó Sebastian. Le encantaba cuando se producía aquella situación.

– Sí -dijo ella-. Pensaba que las había leído todas. No saben lo emocionada que estoy de saber que ha salido otra.

– Yo debo confesarle que me está costando bastante leerla -dijo Olivia.

– ¿En serio? -preguntó Sebastian.

Olivia dibujó una sonrisa indulgente.

– A Sebastian también le gusta mucho -dijo a las jóvenes.

– ¿La señora Gorely? -preguntó Louisa-. Sus historias son de lo más fascinantes.

– Si le gusta lo inverosímil de vez en cuando -dijo Olivia.

– Pero eso es lo que las hace realmente tan divertidas -respondió Louisa.

– ¿Por qué te está costando La señorita Truesdale? -preguntó Sebastian a Olivia. Sabía que no debería insistir, pero no pudo evitarlo. Había querido que sus libros le gustaran desde el día que dijo que había utilizado la palabra «ámbito» de forma incorrecta.

Aunque ella no sabía que el autor era él.

Además, «ámbito» era una palabra ridícula. Estaba pensando en eliminarla de su vocabulario.

Olivia se encogió de hombros de aquella forma tan elegante propia de ella.

– Es muy lenta -dijo-. Parece que haya una cantidad exagerada de descripciones.

Sebastian asintió pensativo.

– Yo tampoco creo que sea el mejor libro de la señora Gorely. -Nunca estaba plenamente satisfecho con la versión final, pero no creía que mereciera las críticas de Olivia.

¿Que costaba leerla? Bah.

Olivia no reconocería un buen libro ni aunque le cayera en la cabeza.

CAPÍTULO 08

Annabel no tardó ni un segundo en darse cuenta de que Louisa no exageraba respecto a lady Olivia Valentine y su espectacular belleza. Cuando se volvió y sonrió, ella tuvo que parpadear ante el resplandor de sus dientes. La joven era extraordinariamente bella, rubia y de tez pálida, con los pómulos marcados y los ojos azules.

Eso era todo lo que Annabel podía hacer para no odiarla de entrada.

Y, para colmo, por si el encuentro no pudiera empeorar (y el simple hecho de que estuviera frente al señor Grey ya era malo), él le había dado un beso en la mano.

Desastroso.

Ella se había sonrojado y tartamudeó algo que, en una sociedad anterior al lenguaje, quizás habría sido un saludo. Levantó la mirada un momento, porque incluso ella sabía que no podía mirar siempre al suelo cuando le presentaban a alguien. Pero fue un error. Un gran error. El señor Grey, que le había resultado bastante atractivo bajo la luz de la luna, era todavía más atractivo a la luz del día.

Dios santo, deberían prohibirle que paseara con lady Olivia. Seguramente, esas dos bellezas juntas cegarían a las buenas gentes de Londres.

Eso, o los enviarían a casa llorando porque, sinceramente, ¿quién podía competir con eso?

Annabel intentó seguir la conversación, pero estaba demasiado distraída por su pánico. Y por la mano derecha del señor Grey, que estaba apoyada en su muslo. Y en la ligera curva de su boca que, por mucho que ella intentara no mirar, ahí estaba, justo dentro de su campo visual periférico. Sin mencionar el sonido de su voz, cuando decía algo acerca de… bueno… lo que fuera.

Libros. Estaban hablando de libros.

Annabel se quedó callada. No había leído los libros de los que hablaban y, además, le pareció mejor participar lo menos posible en la conversación. El señor Grey todavía la miraba de vez en cuando y parecía una estupidez darle otro motivo para hacerlo de forma más obvia.

Por supuesto, fue justo entonces cuando él se volvió hacia ella con aquellos increíbles ojos grises y le preguntó:

– ¿Y usted qué dice, señorita Winslow? ¿Ha leído alguno de los libros de Sarah Gorely?

– Me temo que no.

– Tienes que leerlos, Annabel -dijo Louisa, muy emocionada-. Te van a encantar. Iremos a la librería hoy mismo. Te dejaría los míos, pero están todos en casa de mis padres.

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