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Diez cosas que me gustan de ti

Электронная книга - «Diez cosas que me gustan de ti». Краткое содержание книги:

Es su primera temporada en Londres y la joven Annabel Winslow ya ha conseguido un pretendiente. El conde de Newbury, un anciano repugnante que solo busca heredero para su fortuna, le ha propuesto un matrimonio de conveniencia que solucionaría la penuria económica de su familia tras la muerte de su progenitor. A pesar de sus reservas hacia el noble, Annabel no ve otra salida a las difíciles circunstancias a las que se enfrentan los suyos y ya ha tomado una determinación.
Hasta que el atractivo canalla Sebastian Grey, sobrino del conde y aspirante a su título y fortuna, se cruza en su camino hacia el altar. ¿Qué hacer? ¿Seguir la lógica y los dictados de las convenciones y entregarse a una vida lúgubre e infeliz o capitular ante la desaforada pasión que ha nacido con una simple mirada y un roce casual?
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– ¿Los tiene todos, lady Louisa? -preguntó el señor Grey.

– Sí, todos. Excepto La señorita Truesdale y el Silencioso Caballero, aunque pienso ponerle remedio de inmediato. -Se volvió hacia Annabel-. ¿Qué teníamos que hacer esta noche? Espero que sea algo que podamos saltarnos. Nada me apetece más que una taza de té y mi libro nuevo.

– Creo que vamos a la ópera -respondió Annabel. La familia de Louisa tenía uno de los mejores palcos del teatro, y ella llevaba semanas esperando esta ocasión.

– ¿Ah sí? -dijo Louisa, con una ausencia absoluta de entusiasmo.

– ¿Preferiría quedarse en casa y leer? -preguntó el señor Grey.

– Por supuesto. ¿Usted no?

Annabel miró a su prima con una mezcla de sorpresa e incredulidad. Normalmente, Louisa era muy tímida y, sin embargo, aquí estaba, charlando animadamente de libros con uno de los solteros más codiciados de Londres.

– Supongo que depende de la ópera -dijo el señor Grey, pensativo-. Y del libro.

– La flauta mágica -lo informó Louisa-. Y La señorita Truesdale.

– ¿La flauta mágica? -exclamó lady Olivia-. El año pasado me la perdí. Tendré que organizarme para asistir este año.

– Yo preferiría La señorita Truesdale a Las bodas de Fígaro -dijo el señor Grey-, aunque quizá no más que La flauta mágica. Sentir el infierno ardiendo en tu corazón tiene algo esperanzador.

– Incluso conmovedor -murmuró Annabel.

– ¿Qué ha dicho, señorita Winslow? -le preguntó él.

Annabel tragó saliva. Sebastian estaba sonriendo con benevolencia, pero reconoció la nota astuta de su voz y se asustó. No podía empezar una batalla con ese hombre y ganar. De eso estaba segura.

– Nunca he visto La flauta mágica -comentó ella.

– ¿Nunca? -preguntó lady Olivia-. ¿Cómo puede ser?

– Me temo que la ópera no suele llegar a Gloucestershire.

– Tiene que ir a verla -la animó lady Olivia-. Tiene que hacerlo.

– Había pensado ir esta noche -respondió Annabel-. La familia de lady Louisa me ha invitado.

– Pero no puede ir si ella se queda en casa leyendo un libro -añadió lady Olivia, con perspicacia. Se volvió hacia Louisa-. Tendrá que dejar las historias de la señorita Truesdale y su caballero silencioso hasta mañana. No puede permitir que la señorita Winslow se pierda la ópera.

– ¿Por qué no nos acompaña? -preguntó Louisa.

Annabel se dijo que la mataría.

– Ha dicho que el año pasado no la vio -continuó Louisa-. Tenemos un palco muy grande. Nunca se llena.

La cara de lady Olivia se iluminó de felicidad.

– Es muy amable. Me encantaría acompañarlas.

– Señor Grey, usted también está invitado, por supuesto -dijo Louisa.

Ahora sí que la mataría, se dijo Annabel. Y de la forma más dolorosa posible.

– Será un placer -dijo él-. Pero debe permitirme que le haga entrega de una copia de La señorita Truesdale y el caballero silencioso a cambio de ese honor.

– Gracias -dijo Louisa, aunque Annabel habría jurado que parecía decepcionada-. Será…

– Haré que se lo lleven a su casa esta misma tarde -continuó él, muy despacio-, para que pueda empezar a leerlo de inmediato.

– Qué considerado, señor Grey -murmuró Louisa. Y se sonrojó. ¡Se sonrojó!

Annabel estaba atónita.

Y celosa, pero prefería no reflexionar demasiado sobre el por qué.

– ¿Puede venir también mi marido? -preguntó lady Olivia-. Últimamente se ha convertido en una especie de ermitaño, pero creo que podremos convencerlo para que vaya a la ópera. Sé que el aria de la Reina de la Noche es una de sus preferidas.

– El infierno ardiendo -dijo el señor Grey-. ¿Quién podría resistirse?

– Por supuesto -respondió Louisa a lady Olivia-. Será un placer conocerlo. Su trabajo parece fascinante.

– Yo estoy terriblemente celoso -murmuró el señor Grey.

– ¿De Harry? -preguntó lady Olivia, volviéndose hacia él con gran sorpresa.

– No imagino placer más grande que pasarme el día leyendo novelas.

– Muy buenas novelas, por cierto -apuntó Louisa.

Lady Olivia chasqueó la lengua, pero dijo:

– Hace algo más que leer. También está la pequeña tarea de traducir.

– Bah. -El señor Grey le restó importancia con un gesto de la mano-. Es insignificante.

– ¿Traducir al ruso? -preguntó Annabel con incredulidad.

Él se volvió hacia ella con una expresión que perfectamente hubiera podido ser condescendiente.

– Estaba utilizando una hipérbole.

Sin embargo, lo había dicho en voz baja y Annabel no creía que Louisa y lady Olivia lo hubieran oído. Las dos estaban charlando de cosas y se habían apartado un poco hacia la derecha, dejándola a ella sola con el señor Grey. Bueno, sola no, ni remotamente, pero era la sensación que tenía.

– ¿Tiene nombre de pila, señorita Winslow? -preguntó él.

– Annabel -respondió ella, con la voz muy formal y bastante incómoda.

– Annabel -repitió él-. Diría que le pega, aunque, ¿cómo iba a saberlo?

Ella apretó los labios, pero estaba retorciendo los dedos de los pies en el interior de las botas.

Él dibujó una sonrisa depredadora.

– Puesto que no nos habíamos conocido hasta hoy.

Ella mantuvo la boca cerrada. No confiaba en lo que haría si hablaba.

Y aquello pareció divertirlo todavía más. Ladeó la cabeza hacia ella, como la personificación del perfecto caballero inglés.

– Será un placer volver a verla esta noche.

– ¿De veras?

Él chasqueó la lengua.

– ¡Qué ácida! Como una limonada sin azúcar.

– Limonada -repitió ella, inexpresiva-. Ya.

Él se inclinó.

– ¿Me pregunto por qué le caigo tan mal?

Annabel miró nerviosa a su prima.

– No puede oírme -dijo él.

– No lo sabe.

Sebastian se volvió hacia Louisa y lady Olivia, que estaban arrodilladas junto a Frederick.

– Están demasiado ocupadas con el perro. Aunque… -Frunció el ceño-. No sé cómo va a poder levantarse Olivia en su estado.

– No le pasará nada -respondió Annabel sin pensar.

Él se volvió hacia ella con las cejas arqueadas.

– No está en un estado tan avanzado.

– Normalmente, entendería que un comentario así proviniera de la voz de la experiencia, pero puesto que usted no tiene experiencia, excepto yo…

– Soy la mayor de ocho hermanos -lo interrumpió Annabel-. Mi madre estuvo embarazada casi toda mi infancia.

– Una explicación que no había tenido en cuenta -admitió él-. Odio cuando me pasa eso.

Annabel quería que le cayera mal. De verdad que quería. Pero él se lo estaba poniendo difícil, con aquella sonrisa torcida y el discreto encanto.

– ¿Por qué ha aceptado la invitación de Louisa para ir a la ópera? -le preguntó ella.

Él la miró fijamente, aunque ella sabía que el cerebro le iba a mil por hora.

– Es el palco de los Fenniwick -respondió él, como si no hubiera otra explicación-. No volveré a tener tan buenos asientos.

Era cierto. La tía de Louisa había presumido de ubicación.

– Y, además, usted parecía tan nerviosa -añadió-, que me ha costado resistirme.

Ella le lanzó una mirada asesina.

– La sinceridad por encima de todo -dijo él, bromeando-. Es mi nuevo credo.

– ¿Nuevo?

Él se encogió de hombros.

– Como mínimo, esta tarde.

– ¿Y durará hasta la noche?

– Hasta que llegue a la ópera, seguro -respondió él, con una pícara sonrisa. Cuando ella no sonrió, añadió-: Venga, señorita Winslow, seguro que tiene sentido del humor.

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