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Diez cosas que me gustan de ti

Электронная книга - «Diez cosas que me gustan de ti». Краткое содержание книги:

Es su primera temporada en Londres y la joven Annabel Winslow ya ha conseguido un pretendiente. El conde de Newbury, un anciano repugnante que solo busca heredero para su fortuna, le ha propuesto un matrimonio de conveniencia que solucionaría la penuria económica de su familia tras la muerte de su progenitor. A pesar de sus reservas hacia el noble, Annabel no ve otra salida a las difíciles circunstancias a las que se enfrentan los suyos y ya ha tomado una determinación.
Hasta que el atractivo canalla Sebastian Grey, sobrino del conde y aspirante a su título y fortuna, se cruza en su camino hacia el altar. ¿Qué hacer? ¿Seguir la lógica y los dictados de las convenciones y entregarse a una vida lúgubre e infeliz o capitular ante la desaforada pasión que ha nacido con una simple mirada y un roce casual?
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Olivia lo ignoró.

– Créeme cuando te digo que todas las jóvenes te preferirían a ti antes que a tu tío.

– Más cumplidos.

– Pero, si consigue un heredero, tú no consigues nada. ¿Crees que van a arriesgarse? ¿El apuesto granuja que quizás herede el condado o el corpulento conde que ya tiene el título?

– Es quizá la descripción más amable que he oído jamás de mi tío.

– Muchas preferirían pájaro en mano, aunque otras pensarían: «Si espero el momento adecuado, podría tener al apuesto granuja y el título».

– Haces que las de tu género parezcan encantadoras.

Olivia se encogió de hombros.

– No todos pueden casarse por amor. -Y entonces, cuando Sebastian había decidido que aquello debería deprimirlo, Olivia le dio una palmada en el brazo y dijo-: Pero tú sí que deberías hacerlo. Eres demasiado bueno para no hacerlo.

– Y vuelvo a estar convencido -murmuró Seb-. La mujer perfecta.

Olivia le ofreció una sonrisa forzada.

– Y dime -dijo Sebastian, alejándola de otro excremento, esta vez canino-, ¿dónde está el marido perfecto de la mujer perfecta? O, en otras palabras, ¿por qué has solicitado mis servicios en esta preciosa mañana? Aparte de para afilar tus habilidades casamenteras, claro.

– Harry está enfrascado en un proyecto. No saldrá de casa en, al menos, una semana y yo… -Se acarició la tripa, que ya delataba su estado de buena esperanza-. Necesitaba aire fresco.

– ¿Sigue trabajando en las novelas de Sarah Gorely? -preguntó, como si nada.

Olivia abrió la boca para responder, pero, antes de que pudiera decir nada, en el aire resonó el sonido de un disparo.

– ¿Qué demonios ha sido eso? -casi gritó Sebastian. Por Dios, estaban en medio del parque. Miró a su alrededor, consciente de que su cabeza iba de un lado a otro como un muñeco de una caja sorpresa. Pero tenía el corazón acelerado, y ese maldito ruido todavía le resonaba en la cabeza y…

– Sebastian -dijo Olivia, con suavidad. Y luego-. ¡Sebastian!

– ¿Qué?

– Mi brazo -dijo.

Sebastian la vio tragar saliva y bajó la mirada. Le estaba apretando el brazo con mucha fuerza. La soltó de inmediato.

– Lo siento -farfulló-. No me había dado cuenta.

Ella sonrió y se acarició el brazo con la otra mano.

– No ha sido nada.

Sí que había sido algo, pero a Sebastian no le apetecía hablar de ello.

– ¿Quién está disparando en el parque? -preguntó, irritado.

– Creo que es una especie de competición -dijo Olivia-. Edward me ha comentado algo esta mañana.

Sebastian meneó la cabeza. Una competición de tiro en Hyde Park. Justo a la hora en que el parque estaba más concurrido. La estupidez de los hombres nunca dejaba de asombrarlo.

– ¿Te encuentras bien? -preguntó Olivia.

Él se volvió y se preguntó de qué creía Olivia que estaba hablando.

– El ruido -especificó ella.

– No es nada.

– No es…

– No es nada -la interrumpió él con sequedad. Y entonces, como se sentía como un estúpido por utilizar ese tono, añadió-: Es que me ha cogido por sorpresa.

Y era verdad. Se podría pasar el día oyendo disparos, siempre que supiera que iban a producirse. Es más, seguramente podría quedarse dormido en mitad de la cacofonía, eso teniendo en cuenta que pudiera dormirse, claro. Sólo le pasaba eso cuando no se lo esperaba. Odiaba que lo cogieran por sorpresa.

Ese, se dijo con amargura, había sido su trabajo. El «Señor» Francotirador. Muerte por sorpresa.

«Señor» Francotirador. Hmmm. Quizá debería aprender español.

– ¿Sebastian?

Miró a Olivia, que lo estaba mirando con cierta preocupación. Se preguntó si Harry también tenía ese tipo de reacciones; si el corazón se le aceleraba ante los ruidos inesperados. Harry nunca había dicho nada aunque, claro, Sebastian tampoco.

Era algo estúpido para comentarlo.

– Estoy bien -le dijo a Olivia, y esta vez en un tono más típico en él-. Como te he dicho, sólo ha sido la sorpresa.

En la distancia, se oyó otro disparo, y Seb ni se inmutó.

– ¿Lo ves? -dijo-. No me pasa nada. A ver, ¿de qué estábamos hablando?

– No tengo ni idea -admitió Olivia.

Seb se quedó pensativo unos segundos. Él tampoco se acordaba.

– Ah sí, de los libros de Gorely -exclamó Olivia-. Me habías preguntado por el proyecto de Harry.

– Exacto. -Era curioso que se le hubiera olvidado justo eso-. ¿Cómo le va?

– Bastante bien, creo. -Olivia se encogió de hombros-. Se queja constantemente, pero, en el fondo, creo que los adora.

Sebastian dio un respingo.

– ¿De veras?

– Bueno, quizás adorar es demasiado. Le siguen pareciendo horribles. Pero adora traducirlos. Son mucho más divertidos que los documentos del Departamento de Defensa.

No era el mejor de los apoyos, pero Seb no podía ofenderse.

– Quizá debería traducirlos al francés cuando haya terminado.

Olivia frunció el ceño, pensativa.

– Quizá lo haga. Creo que nunca ha traducido el mismo texto a dos idiomas distintos, pero seguro que le encanta el reto.

– Tiene un cerebro increíblemente matemático -murmuró Sebastian.

– Lo sé. -Olivia meneó la cabeza-. A veces cuesta de creer que tengamos algo de qué hablar. Soy… ¡Oh! No te vuelvas, pero alguien te está señalando.

– Una mujer, espero.

Olivia puso los ojos en blanco.

– Siempre son mujeres, Sebastian. Es… -Entrecerró los ojos-. Creo que es lady Louisa McCann.

– ¿Quién?

– La hija del duque de Fenniwick. Es muy amable.

Sebastian se quedó pensativo.

– ¿La delgada que no habla mucho?

– Tus descripciones no tienen precio.

Seb sonrió muy despacio.

– Gracias.

– No la asustes, Sebastian -le advirtió Olivia.

Él se volvió hacia ella con una sorpresa no enteramente fingida.

– ¿Asustarla? ¿Yo?

– Tu encanto puede ser aterrador.

– Supongo que, así mirado, debo sentirme halagado.

Olivia le ofreció una sonrisa mordaz.

– ¿Puedo volverme? -preguntó, porque eso de fingir que no sabía que lo estaban señalando empezaba a ser pesado.

– ¿Eh? Ah sí, ya la he saludado. Aunque no conozco a la otra chica que va con ella.

Sebastian no estaba de espaldas a las chicas, así que sólo tuvo que dar un cuarto de giro para verlas. Sin embargo, dio gracias de que hubiera girado hacia el otro lado de Olivia, porque cuando vio quién se estaba dirigiendo hacia él…

Le gustaba presumir de saber mantener un rostro imperturbable, pero incluso él tenía sus límites.

– ¿La conoces? -le preguntó Olivia.

Sebastian meneó la cabeza mientras la miraba: era su diosa del pelo ondulado y la deliciosa boca rosada.

– No -murmuró.

– Debe de ser nueva -dijo Olivia con un pequeño encogimiento de hombros. Esperó pacientemente a que las dos jóvenes se les acercaran y luego sonrió-: Ah, lady Louisa, es un placer volver a verla.

Lady Louisa le devolvió el saludo, pero Sebastian no les estaba prestando atención. Estaba mucho más interesado en observar detalladamente a la acompañante, que evitaba a toda costa mantener contacto visual con él.

Él no dejó de mirarla a la cara, para ponérselo un poco más difícil.

– ¿Conoce a mi querido primo, el señor Grey? -preguntó Olivia a lady Louisa.

– Eh, sí, creo que nos han presentado -respondió lady Louisa.

– Soy tonta por preguntarlo -dijo Olivia. Se volvió hacia Sebastian con una mirada ligeramente pícara-. Te han presentado a todo el mundo, ¿verdad, Sebastian?

– Casi -dijo, muy seco.

– Oh, discúlpenme -dijo lady Louisa-. Les presento a mi… eh… -Tosió-. Lo siento. Perdón. Me ha debido entrar polvo en la garganta-. Señaló a la chica que iba a su lado.- Lady Olivia, señor Grey, ésta es la señorita Winslow.

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