Los estados carenciales
- Автор: Валвей Анхела
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:
Katia le estaba haciendo alguna confidencia cuando un tipo se les acercó. Llevaba el cráneo rapado, aunque se notaba que no se había pelado al cero para parecer moderno, sino por disimular una calvicie fulminante. Tenía racimos de puntitos negros detrás de las orejas y por el cogote, allí donde algunos pelos todavía reunían el valor suficiente como para atreverse a salir a la luz del yermo capilar que era aquella calavera.
«Yo creía que los hombres cuando te quieren intentan hacerte feliz, ¿no?, y resulta que él es de los que piensan que quien bien te quiere te hace llorar. O sea, de los que te dan una somanta de palos cuando pierde su equipo de fútbol, y luego te dicen que los golpes son en beneficio tuyo, o sea… como si los putos puntos que te dan en el hospital para coserte las heridas fueran puntos de descuento en el puto supermercado, ¿no? O sea, una cosa así», le gritaba Katia a Irma, a voz en cuello, tratando de hacerse oír por encima del estruendo musical que inundaba el local.
«Oye, nena», el calvo se sentó al lado de Irma. Tendría unos cuarenta años y sostenía una copa en una mano y un cigarrillo en la otra.
«Qué equivocada vivo, ¿verdad? ¡Ja! -continuó Katia-, o sea, que a mí me parecía que un tío que no te pone la mano encima como no sea para bajarte las bragas con tu consentimiento, o para darte un masaje tailandés, pues que es como… una compañía más agradable para una chica. Y ahora voy y me entero por boca de este cafre que el amor verdadero consiste en pasar por… no sé, como por un saco de entrenar de ésos de los gimnasios de boxeo, ¿sabes los que te digo? No te jode.»
«¿Y tú qué le dijiste cuando te dio el tortazo?», se interesó Irma.
«¿Puedo tutearte?», le preguntó el hombre que acababa de sentarse junto a ella.
«Decir decir, lo que se dice decir no le dije nada, la verdad. Salí pitando de su casa en cuanto me largó su discurso de mierda y se dio media vuelta. No lo he vuelto a ver desde entonces. Ni falta que me hace, o sea…»
«Digo que si puedo tutearte», insistió el calvo tocando levemente el brazo izquierdo de Irma.
A ella le dolían los pies y no le gustaba la cara del intruso.
«¡Como lo intentes te rompo yo a ti también la cara a guantazo limpio!», le respondió Irma chillando.
«¡Eh, tía! Te he preguntado que si puedo tutearte, no que si puedo putearte», se ofendió el desconocido, haciendo una mueca de incomodidad mientras volvía a ponerse en pie.
«Viniendo de ti lo mismo me da, tío cerdo. ¡Largo!»
«¡Qué borde eres, chavala!»
«¡No lo sabes tú bien, capullo!»
«No sé, chica -Katia cerró los ojos un instante, parecía disgustada de verdad-, con un hombre así, tan cabrón quiero decir, una se siente tan… -pensó un poco mientras movía las manos de manera extravagante, como tratando de atrapar en el aire las palabras que buscaba-, con un tío así una se siente tan… tan… ¿cuál es el femenino de impotente?»
Cuando el aturdido ligón hubo desaparecido de la vista de las dos amigas, engullido por un montón de cuerpos inquietos que se balanceaban frenéticamente al ritmo de la música, ambas dejaron de hablar, miraron a la pista y sorbieron al unísono por las pajitas de sus copas llenas de bloody mary.
Entonces apareció Andros en su campo de visión. Se sentó sobre un taburete desocupado, a un par de metros de donde estaban las dos mujeres. Irma lo observó con satisfacción. Tenía el cabello rizado y negro y, aunque no podía verle el rostro con mucha nitidez, sí le era posible intuir su deliciosa simetría y quién sabe si una desusada suavidad masculina escondida en el mentón. Sin saber por qué, se imaginó frotando su mejilla contra la mejilla de aquel hombre, y el pensamiento le provocó una placentera sensación de vértigo en el estómago.
Él sacó un cigarrillo y se palpó los bolsillos buscando fuego. Katia encendió un pitillo en ese momento y el joven se acercó a ellas. Señaló al mechero de Katia y luego enseñó su cigarrillo. La joven se lo encendió distraídamente.
«Грαθσpaσ, εрησ μνι αμαβλη», dijo él.
«¡Dios mío, me estoy quedando sorda! -se lamentó Katia mirando hacia su amiga-, ¿qué ha dicho este buen mozo?»
«No tengo ni la menor idea», contestó Irma, pero le dedicó a Andros su sonrisa más encantadora.
Irma y Andros apenas si se habían separado desde aquella noche. Al principio hubo algunas confusiones entre ellos porque, como Irma no tardó en comprobar, el joven griego no hablaba otro idioma que no fuese griego. Incluso era incapaz de decir «buenos días» o «adiós». Cuando se conocieron él llevaba sólo doce horas en Madrid, y era la primera vez que salía de su país. A ella le costó mucho enterarse de que Andros trabajaba como cocinero en la embajada griega. En algún momento de desesperación llegó incluso a sospechar que aquel hombre, que conseguía que sus entrañas se revolvieran de gozo con sólo una mirada, era un paciente escapado de un frenopático con algún tipo de dislexia extrañamente melodiosa.
No obstante, una vez deshecho el malentendido, Irma empezó a disfrutar de la incomunicación verbal que existía entre ambos.
«Eres encantador», le decía a su novio haciéndole mimos.
«Εрεσ πрεθωσα, μη γνσ τυ πελω, μη γνστα βοκα, μη γνστας τυ, ερης πρεθωσα. ¿Αθεμωσ ελ αμωρ ρτρα βεθ?», respondía él.
«¿Qué quieres comer hoy?», Irma le acariciaba la barbilla.
«Μη γνσταρια πρεσεντατε α μς χηΦε παρα κη ση μνηρα δε ενβιδια κνανδω τη βεα. Σν μνχερ τιηνε βιγωτε, χε, χε…», sugería Andros con su agradable y misteriosa voz.
«¿Sí?, ¿eso?, pues estupendo, porque a mí también me apetece», Irma se sentía tan feliz a su lado como un gorrión en primavera.
Sentada en su pequeño salón, recordó con añoranza los cuatro primeros meses de su relación con el joven cocinero griego.
Andros podía pasarse horas y horas hablando con ella sin despertar inquietud, ni ansiedad, ni terror en su corazón reconcomido de niña. Se contaban sus cosas el uno a la otra, sin comprender ni una palabra de lo que se decían y, a pesar de todo, el aire no se estremecía presagiando quién sabe qué tragedias espantosas. No sonaban alarmas que ennegrecieran las mañanas de Irma. La vida era, por una vez, misterio y alegría.
Sí, la suya era una relación perfecta, pensaba Irma alborozada: porque Andros y ella, por si fuera poco, jamás discutían. Estaban de acuerdo en todo porque el acuerdo no era una condición ni una necesidad para ellos. Ni siquiera existía en el mundo que habitaban, ya que no tenían ningún vocablo común que lo denominara.
Perfecta, perfecta sin lugar a dudas. Una relación preciosa. O al menos así lo había sido hasta hace poco, concretamente hasta que llegó aquella noche fatídica, tres semanas atrás, cuando Andros volvió de su trabajo como siempre a medianoche. Irma también estaba tumbada sobre el sofá, como ahora, esperándolo mientras veía sin mucho interés un reportaje en la tele que hablaba de sexo y ansiolíticos. Él abrió la puerta de la entrada con su juego de llaves, volvió a cerrar, sonrió con júbilo. Y en sus redondos y risueños ojos negros nada hacía presagiar el cataclismo: sus labios gruesos, encantadores, se contrajeron y estiraron mientras formaban los espeluznantes sonidos. Irma se sintió casi succionada por ellos, atraída hacia aquel túnel del horror lingüístico. Estuvo a punto de marearse y de gritar como la víctima de un descuartizamiento criminal.