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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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Nita tenía razón. La música de Rossini era o bien alegre, o bien profundamente triste. La primera de las cuatro partes de la obertura pretendía evocar el idílico paisaje de los Alpes suizos, según le había explicado. Pero también contenía una ineluctable tensión entre el ambiente idílico y la amenaza trágica que se cernía sobre él. El redoble de los timbales interrumpía ahora la dulce melancolía de los chelos. Debería haber sonado como un eco apagado, mas, bajo la dirección de Theo van Gelden, el eco de los timbales se tornaba excesivamente sonoro y conspicuo. Theo agitaba la pequeña batuta de plata que, según Nita había explicado orgullosa a Michael, era una muestra de aprecio del mismísimo Leonard Bernstein, quien se la había regalado después de que Theo dirigiera la Filarmónica de Nueva York por primera vez, hacía más de veinte años. Aquel eco hacía resaltar aún más la contenida elegía del chelo. La respiración de Michael se aquietó y él comprendió entonces hasta qué punto había estado en tensión. Al sentir el habitual dolor de mandíbula provocado por apretar mucho los dientes, Michael hubo de reconocer que se había identificado muchísimo con el miedo escénico de Nita.

Nita argüía que el chelo debía sonar elegiaco y pastoral a un tiempo. Ensayaba una y otra vez. En esos momentos, Michael la admiraba por su concentración. Todo su cuerpo parecía transformarse en una gran oreja severa y crítica. Un par de líneas verticales se pintaban entre sus cejas y un gesto de dolor le torcía la boca. Meneaba la cabeza enfadada y exclamaba descontenta de sí misma:

– ¡Qué cursilada!

A Michael le parecía una interpretación maravillosa. La música le traspasaba el corazón, le llegaba a las entrañas. A veces le avergonzaba conmoverse tanto. Sobre todo cuando veía el cuerpo de Nita doblado sobre el chelo, la serena fuerza con que movía diestramente el brazo, los fugaces gestos de placer o de obstinación que cruzaban su rostro, siempre con los ojos cerrados.

Michael había disfrutado acompañándola durante los ensayos los últimos días. En aquellos momentos, la veía poderosa y ensimismada, inaccesible y hermosa. Sentía un fuerte deseo de estar a su lado, de experimentar aquella dulzura infantil que tan palpable se hacía cuando Nita miraba a su hijo o a la nena. Las flaquezas que le había revelado aquella primera noche, la vulnerabilidad de la que a veces daba muestras mientras realizaba los quehaceres cotidianos, desaparecían cuando tocaba. Michael tenía la sensación de que una fortaleza enorme manaba de ella cuando tocaba, como un torrente de aguas subterráneas. Y de que aquella fortaleza arrasaba con todo; lo demás eran obstáculos que la ponían a prueba.

Entre ellos se había desarrollado una gran intimidad con pasmosa rapidez. Intimidad que permitía a Nita hablar sola en presencia de Michael mientras practicaba, y que a él le impedía saber si lo que ahora lo derretía, le traspasaba hasta la médula, era la interpretación de Nita o todo un mundo de expectativas y deseos que había descubierto en sí. En sus oídos resonó una frase de Nita: «La verdad es lo que uno siente». Pero ¿cómo saber qué sentía en realidad? ¿Cómo aislar el efecto de la música de los demás sentimientos? ¿Y si lo que él oía en la interpretación de su amiga eran más bien las intenciones que él conocía en lugar de la mera expresión de la música? ¿Existía como tal la mera expresión de la música? ¿En qué podía basarse cuando no había un oyente? Y, en general, ¿qué sentido tenía hablar de la música y los sentimientos si se tenía en cuenta el proceso físico mediante el que una nota llegaba al cerebro? No había que olvidar que la recepción del sonido es resultado de una transmisión física y que sólo después el cerebro interpreta como música las ondas sonoras. Michael miró de reojo al hombre barbado de su derecha. En calidad de invitado de Nita, Michael estaba sentado entre la elite. Era la primera vez que se hallaba tan próximo al escenario. Alcanzaba a distinguir el taco rectangular de madera en cuyo pequeño orificio encajaba el contrabajista la pica de metal de su instrumento para afianzarlo, así como la raya reluciente de sus pantalones negros. E incluso los tacones arañados de la violista, que cruzó las piernas bajo la silla a la vez que apoyaba el instrumento en el hombro, inclinaba hacia él la oreja izquierda y se echaba hacia delante. El hombre sentado a la derecha de Michael tomó unas notas rápidas en el margen del programa. ¿En qué estaría pensando, por ejemplo, aquel hombre importante, a todas luces crítico musical, que tenía las piernas estiradas y la boca fruncida en un gesto que decía: «Veamos si todavía son capaces de sorprenderme»? ¿Oía él la melancolía que arrancaba el arco a las cuerdas del chelo? ¿Conservaba la capacidad de conmoverse?

El asiento de la izquierda de Michael estaba vacío. Debería haber estado ocupado por el padre de Nita. Antes del concierto, Nita le había presentado a Michael a su hermano mayor. Theo van Gelden le dirigió una rápida mirada de curiosidad, se abotonó la chaqueta del esmoquin y le estrechó la mano con fuerza. Resultaba extraño ver en su semblante un oscuro eco masculino de las facciones de Nita. Theo también tenía el rostro largo y estrecho, y sus ojos claros estaban muy hundidos tras unas gafas de fina montura. Trece años mayor que Nita, tenía profundas y breves arrugas enmarcándole la boca, de labios llenos y fruncidos como los de su hermana, y una barbilla puntiaguda y protuberante. Gabriel, que le llevaba diez años a Nita, tenía una cara redonda y regordeta y lucía una breve barba que le rozaba el cuello grueso y corto. Su tez, de un rosa pálido, estaba salpicada de pecas que le trepaban desde las mejillas hasta la ancha frente, y en el cuello se le veía una señal oscura, una especie de mordisco. El cabello castaño, entreverado de gris, se le alborotaba en las sienes, y él no cesaba de alisárselo. Tenía los ojos pequeños y castaños, muy hundidos, como los de sus hermanos.

Parpadeó repetidas veces a la vez que entrelazaba las manos y esbozaba una sonrisa con un solo lado de la boca, mientras Nita decía:

– Y éste es mi hermano menor, que se ha prestado a actuar esta noche para que pudiéramos tocar todos juntos, a pesar de que no comparte en absoluto los criterios de Theo y pese a que pronto tendrá su propio grupo.

Nita se echó a reír y le pellizcó el brazo a Gabriel, y él le palmoteó cariñosamente la mano, dejando ver por un instante un deslumbrante anillo de oro con una piedra verde engastada. Gabriel, que apenas era más alto que Nita, echó una ojeada por encima del hombro y preguntó:

– Pero ¿dónde está padre? ¿No iba a venir contigo? ¿No habíamos quedado en que lo recogerías al venir?

– No -repuso Nita, limpiándole el hombro con la mano-. Me llamó esta mañana. Se había olvidado de que tenía cita con el dentista, me dijo que vendría directamente en taxi desde allí. Estás todo pringado de yeso otra vez. Te he dicho mil veces que no te apoyes contra ese pilar -lo separó del estrecho pilar de cemento con un suave estirón, se puso a su espalda y le sacudió vigorosamente-. No tardará en llegar. Relájate. Basta con que esté nerviosa yo, después de casi un año…

– Todo te saldrá de maravilla -dijo Gabriel distraídamente. Dirigió la vista hacia su hermano, quien hablaba muy animado con una mujer vestida de negro que soplaba por la embocadura de su oboe, sujetando el instrumento con la mano libre. Gabriel se volvió de nuevo hacia la entrada de artistas.

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