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El Club de París

Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:

Cuando Napoleón Bonaparte murió en 1821, se llevó a la tumba un impactante secreto. Como emperador, había saqueado incalculables riquezas de palacios y tesoros nacionales, e incluso de los Caballeros de Malta y el Vaticano. En sus últimos días, sus captores británicos esperaban averiguar dónde se ocultaba el botín. Pero él nos les desveló nada. ¿O tal vez sí? Cotton Malone está a punto de averiguarlo cuando los problemas llaman a la puerta de su librería: un agente del servicio secreto estadounidense que terminara convirtiéndose en su aliado. Sólo igualando el ingenio de un terrorista a sueldo, frustrando un atentado catastrófico, y emprendiendo una desesperada búsqueda del legendario tesoro perdido de Napoleón, podrá Malone evitar la anarquía económica internacional. Desde Dinamarca, pasando por Inglaterra y terminando en las calles de París, Malone participa en un intenso juego de duplicidad y muerte, todo para conseguir un tesoro de valor incalculable. Pero, ¿a qué precio?.
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Sam ignoró su tono escéptico.

– Hablo en serio. Pretenden causar grandes estragos en los sistemas financieros mundiales.

– Parece que eso ya está sucediendo sin su intervención.

– Ya veo que me toma por un chiflado, pero la economía puede ser un arma poderosa. Podría decirse que es el arma de destrucción masiva definitiva.

– ¿Cómo conociste la existencia de este grupo secreto?

– Lo hemos estado investigando. Tengo un conocido en París que descubrió este grupo. Están empezando. Han enredado aquí y allá con los mercados de divisas. Minucias. Cosas de los que poca gente se percataría, a menos que prestara mucha atención.

– Cosa que tú y tus amigos al parecer sí han hecho. Probablemente se lo comunicaste a tus superiores y no te creyeron. Doy por hecho que el problema es la falta de pruebas.

Sam asintió.

– Están ahí. Lo sé, y Ashby es parte del grupo.

– Cotton -dijo Thorvaldsen-. Conocí a Sam hará cosa de un año. Descubrí su página web y sus originales teorías, sobre todo sus opiniones con respecto a Ashby. Muchas de las cosas que dice son ciertas -el anciano sonrió a Sam-. Es brillante y ambicioso. ¿Podrías reconocerle esas cualidades?

Malone sonrió también.

– De acuerdo, yo también fui joven una vez. Pero parece que Ashby sabe que andas detrás de él. Y conoce a Sam.

– Eso ya no lo sé. Los de esta noche eran hombres de Cabral. Le provoqué intencionadamente. No sabía si Sam se convertiría en su objetivo. Esperaba que la ira de Cabral se centrara en mí, pero le dije a Sam que acudiera a ti si precisaba ayuda.

Jesper sacó a rastras uno de los cuerpos de la habitación.

– Han llegado en barca -dijo Thorvaldsen-. La encontrarán mañana a la deriva en el Øresund, muy lejos de aquí.

– ¿Y qué piensas hacer ahora? -dijo Malone.

Thorvaldsen suspiró varias veces seguidas. Sam se preguntó si su amigo se encontraba bien.

– A Ashby le gusta adquirir obras de arte y tesoros desconocidos, no reclamados o robados -dijo Thorvaldsen finalmente-. Sin abogados, sin batallas legales y sin presiones de las que preocuparse. He investigado a los Recuperadores de Antigüedades Perdidas. Existen desde hace mucho tiempo. En realidad son bastante inteligentes. Robar lo que ya ha sido robado. El adquisidor de Ashby era un hombre llamado Guildhall, que todavía trabaja para él. Ashby contrató a Cabral para que desempeñara ciertas labores especializadas después de que los recuperadores fuesen descubiertos. Cabral buscaba algunos objetos que no fueron incautados cuando dieron caza a los recuperadores y cuya existencia Ashby conocía. La lista de lo incautado cuando los recuperadores fueron descubiertos es asombrosa. Pero puede que Ashby se haya interesado por otras cosas, que haya cambiado la búsqueda de tesoros por algo de mayor envergadura -Thorvaldsen miró a Sam-. Tu información tiene sentido. Hasta la fecha, tus análisis sobre Ashby han dado en el clavo.

– Pero tú no ves ninguna nueva conspiración económica -dijo Malone.

El danés se encogió de hombros.

– Ashby tiene muchos amigos, pero eso es de esperar. Al fin y al cabo, dirige uno de los bancos más importantes de Inglaterra. Para ser honesto, he limitado mi investigación a su asociación con Cabral…

– ¿Por qué no lo matas y asunto resuelto? ¿A qué vienen todos estos juegos? -preguntó Malone.

Sam ofreció de inmediato la respuesta a ambas preguntas.

– Porque tú sí me crees. Tú también piensas que existe una conspiración.

El semblante de Thorvaldsen irradiaba una leve satisfacción, el primer indicio de jovialidad que Sam había visto en el rostro de su amigo desde hacía tiempo.

– Yo nunca he dicho que no fuese así.

– ¿Qué sabes, Henrik? -preguntó Malone-. Tú nunca andas a tientas. Cuéntame lo que te estás reservando.

– Sam, cuando Jesper regrese, ¿podrías ayudarlo con esa última bolsa? Hay un largo trecho hasta el barco. Aunque nunca lo confesará, a mi viejo amigo le empiezan a pesar los años. Ya no es tan fuerte como antes.

A Sam no le gustaba que lo dejaran fuera, pero se dio cuenta de que Thorvaldsen quería hablar con Malone a solas. Era consciente del lugar que ocupaba; era un extraño y no estaba en posición de discutir. Aquello no distaba mucho de lo que le ocurría cuando era niño, o cuando estaba en el Servicio Secreto, donde también era el último mono. Había hecho lo que Thorvaldsen quería y había establecido contacto con Malone. Pero también había ayudado a detener a los atacantes en la librería de Malone. Había demostrado de qué era capaz. Sintió el impulso de protestar, pero decidió guardar silencio. Durante el año anterior había dicho muchas cosas a sus supervisores en Washington, las suficientes para ganarse el despido. Necesitaba desesperadamente participar en los planes de Thorvaldsen. Eso era suficiente para tragarse el orgullo y cumplir sus órdenes, de modo que cuando Jesper regresó, Sam se agachó y dijo:

– Permítame que le ayude.

Malone vio cómo Sam agarraba unos pies envueltos en plástico grueso y transportaba un cadáver por primera vez en su vida y le dijo:

– ¿Sabes muchas cosas sobre ese grupo financiero del que hablas constantemente?

– Mi amigo francés sabe más.

– ¿Al menos sabes cómo se llama?

Sam asintió.

– El Club de París.

XIV

Córcega

Ashby desembarcó en la desolada costa del cabo Corso, cuya sucia arena estaba cubierta de hierba y sus rocas rodeadas de espinosa maleza. Al este, divisó en el horizonte las luces de Elba. La devastada Torre de Santa María se elevaba sobre el agua a unos veinte metros de allí. Aquellas ruinas sombrías, desgarradas y convulsas tenían el aspecto de un lugar absolutamente desolado. Aquella noche de invierno el termómetro marcaba unos agradables dieciocho grados, algo típico del Mediterráneo y el principal motivo por el que tantos turistas llegaban en tropel a la isla en aquella época del año.

– ¿Vamos al convento? -le preguntó el corso.

Ashby hizo un gesto y el bote se alejó de allí. Llevaba una radio y podía contactar con el barco más tarde. El Arquímedes estaba anclado en un lugar tranquilo frente a la costa.

– Desde luego. He consultado un mapa, no está lejos.

Él y su cohorte se abrieron paso entre el granito, siguiendo un sendero perfilado en el monte bajo. Ashby percibió el característico aroma de la maleza, una mezcla de romero, lavanda, jara, salvia, enebro, lentisco y mirto. En aquella época del año no era tan intenso como en primavera y en verano, cuando Córcega estallaba en una llamarada de flores rosas y amarillas, pero aun así resultaba agradable. Recordó que Napoleón, durante su primer exilio en la cercana isla de Elba, decía que en ciertos días, si soplaba viento del oeste, podía oler su patria. Se imaginaba a sí mismo como uno de los numerosos piratas árabes que asaltaron aquella costa durante siglos, utilizando la maleza para borrar su rastro y proteger su retirada. Para defenderse de aquellas incursiones, los genoveses habían erigido atalayas. La Torre de Santa María era una de las muchas que construyeron, todas ellas circulares, de casi veinte metros de altura, muros de más de un metro de grosor, un aljibe en la parte baja, estancias en el centro y un observatorio y una plataforma de combate en la parte superior. Una magnífica obra de ingeniería.

La historia tenía algo que le apasionaba. Le gustaba seguir sus pasos.

Una oscura noche de 1943, cinco hombres habían conseguido algo extraordinario, algo que hasta hacía tres semanas no alcanzaba a comprender. Por desgracia, el estúpido y apático personaje que caminaba delante de él había interferido en su triunfo. Aquella empresa debía terminar. Allí. Aquella noche. El futuro le deparaba aventuras mucho más importantes.

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