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El Club de París

Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:

Cuando Napoleón Bonaparte murió en 1821, se llevó a la tumba un impactante secreto. Como emperador, había saqueado incalculables riquezas de palacios y tesoros nacionales, e incluso de los Caballeros de Malta y el Vaticano. En sus últimos días, sus captores británicos esperaban averiguar dónde se ocultaba el botín. Pero él nos les desveló nada. ¿O tal vez sí? Cotton Malone está a punto de averiguarlo cuando los problemas llaman a la puerta de su librería: un agente del servicio secreto estadounidense que terminara convirtiéndose en su aliado. Sólo igualando el ingenio de un terrorista a sueldo, frustrando un atentado catastrófico, y emprendiendo una desesperada búsqueda del legendario tesoro perdido de Napoleón, podrá Malone evitar la anarquía económica internacional. Desde Dinamarca, pasando por Inglaterra y terminando en las calles de París, Malone participa en un intenso juego de duplicidad y muerte, todo para conseguir un tesoro de valor incalculable. Pero, ¿a qué precio?.
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– Pero Jesper siempre tiene razón. Lo sabemos desde hace mucho.

Thorvaldsen se echó a reír.

– Sí, pero no pienso decírselo jamás. ¿Cómo va todo al otro lado del océano?

Cai había solicitado una plaza en el consulado danés de Ciudad de México y se la habían concedido. Desde una edad muy temprana a su hijo le fascinaban los aztecas y disfrutaba estando cerca de aquella cultura ancestral.

– México es un lugar increíble. Frenético, abarrotado y caótico, y al mismo tiempo fascinante, desafiante y romántico. Me alegro de haber venido.

– ¿Y qué hay de aquella joven a la que conociste?

– Elena es maravillosa.

Elena Ramírez Rico trabajaba para la oficina del fiscal federal en Ciudad de México y la habían destinado a una unidad especial de investigación. Cai le había hablado de la vida profesional de la joven, pero se explayaba mucho más en lo personal. Al parecer, estaba bastante enamorado.

– Deberías traerla de visita.

– Sí, lo hemos estado hablando. Quizá en Navidad.

– Sería maravilloso. Le gustará cómo la celebramos los daneses, aunque quizá le resulte incómodo nuestro clima.

– Me ha llevado a muchos yacimientos arqueológicos. Conoce muy afondo la historia de su país.

– Parece que te gusta.

– Así es, papá. Me recuerda a mamá. Su calidez, su sonrisa.

– Entonces tiene que ser encantadora.

– Elena Ramírez Rico -dijo Thorvaldsen-, investigaba delitos culturales, principalmente el robo de objetos de arte. Es un gran negocio en México. Estaba a punto de condenar a dos hombres, un español y un británico. Ambos eran personas importantes en el mercado de los objetos robados. Elena fue asesinada antes de que eso ocurriera.

– ¿Por qué tenían tanto interés en matarla? -preguntó Malone-. Habrían asignado a otro fiscal de todos modos.

– Y así fue, pero rehusó continuar con el caso. Se retiraron todos los cargos.

Thorvaldsen estudió a Malone. Vio que su amigo lo comprendía perfectamente.

– ¿Quiénes eran los dos hombres a los que se juzgaba? -preguntó Malone.

– El español es Amando Cabral. El británico es lord Graham Ashby.

XII

Córcega

Ashby estaba sentado en el sofá dando pequeños sorbos a su ron y observando al corso mientras el Arquímedes proseguía su trayecto por la costa, bordeando el rocoso litoral al este del cabo Corso.

– Esos cuatro alemanes dejaron algo a su otro compañero -dijo por fin Ashby-. Es un viejo rumor, pero he podido corroborar su veracidad.

– Gracias a la información que yo le facilité hace meses.

Ashby asintió.

– Así es. Usted controlaba las piezas que faltaban. Por eso vine y le ofrecí generosamente lo que sabía, además de un porcentaje del hallazgo, y usted accedió a compartir lo que descubriera.

– Sí, pero no he encontrado nada. Así que, ¿qué sentido tiene alargar esta conversación? ¿Por qué estoy cautivo?

– ¿Cautivo? Nada de eso. Simplemente estamos dando un breve paseo en mi barco. Dos amigos pasando un rato juntos.

– Los amigos no se atacan el uno al otro.

– Ni tampoco se dicen mentiras.

Ashby se había puesto en contacto con aquel hombre un año antes, tras conocer su conexión con ese quinto alemán que había estado allí en septiembre de 1943. Cuenta la leyenda que uno de los cuatro soldados a los que Hitler ejecutó codificó el paradero del tesoro y trató de utilizar la información como baza. Por desgracia para él, los nazis no negociaban, o al menos nunca lo hacían de buena fe. El corso que estaba sentado frente a él, que sin duda intentaba descubrir hasta dónde podía llegar aquel farol, había tropezado con lo que el desventurado alemán había dejado atrás: un libro, un volumen inocuo sobre Napoleón, que el soldado había leído mientras se hallaba prisionero en Italia.

– Ese hombre -dijo Ashby- conocía la existencia del Nudo Arábigo. -Señalando a la mesa, añadió-: Así que redactó esas cartas. Después de la guerra fueron descubiertas por ese quinto participante en los archivos confiscados a Alemania. Lamentablemente, no llegó a descubrir el título del libro. Pero usted sí lo hizo, lo cual resulta sorprendente. Yo redescubrí esas cartas y la última vez que nos vimos se las entregué, lo cual demuestra mi buena fe. Pero usted no mencionó que sabía cuál era el título del libro.

– ¿Y quién le ha dicho que lo sé?

– Gustave.

Ashby advirtió desconcierto en el rostro de aquel hombre.

– ¿Le ha hecho daño? -preguntó el corso.

– Le pagué por la información. Gustave es un charlatán con un optimismo contagioso. Ahora también es bastante rico.

Ashby observó a su invitado mientras este digería la traición. El señor Guildhall entró en el salón y asintió. Ashby sabía lo que eso significaba. Estaban cerca. Los motores se apagaron y la embarcación ralentizó la marcha. Ashby hizo un gesto y su acólito se fue.

– ¿Y si descifro el Nudo Arábigo? -preguntó el corso después de atar cabos.

– Entonces usted también será rico.

– ¿Qué tan rico?

– Un millón de euros.

El corso prorrumpió en una carcajada.

– El tesoro vale cien veces esa cantidad.

Ashby se levantó del sofá.

– Si es que existe. Incluso usted reconoce que podría ser una leyenda.

Ashby cruzó el salón y cogió un macuto negro. Al volver vertió su contenido sobre el sofá. Eran fajos de euros. El burócrata abrió unos ojos como platos.

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