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El Club de París

Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:

Cuando Napoleón Bonaparte murió en 1821, se llevó a la tumba un impactante secreto. Como emperador, había saqueado incalculables riquezas de palacios y tesoros nacionales, e incluso de los Caballeros de Malta y el Vaticano. En sus últimos días, sus captores británicos esperaban averiguar dónde se ocultaba el botín. Pero él nos les desveló nada. ¿O tal vez sí? Cotton Malone está a punto de averiguarlo cuando los problemas llaman a la puerta de su librería: un agente del servicio secreto estadounidense que terminara convirtiéndose en su aliado. Sólo igualando el ingenio de un terrorista a sueldo, frustrando un atentado catastrófico, y emprendiendo una desesperada búsqueda del legendario tesoro perdido de Napoleón, podrá Malone evitar la anarquía económica internacional. Desde Dinamarca, pasando por Inglaterra y terminando en las calles de París, Malone participa en un intenso juego de duplicidad y muerte, todo para conseguir un tesoro de valor incalculable. Pero, ¿a qué precio?.
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– Un millón. Es suyo. Se ha acabado la cacería para usted.

El corso se inclinó hacia adelante y cerró el libro.

– Es usted de lo más convincente, lord Ashby.

– Todo el mundo tiene un precio.

– Estos números romanos no dejan lugar a dudas. La fila superior son números de página. La serie intermedia son números de línea. La última muestra la posición de la palabra. El ángulo une las tres líneas.

XCV CCXXXVI CXXVII CXCIV XXXII

IV XXXI XXVI XVIII IX

VII VI X II XI

Ashby estudió al corso mientras este hojeaba el viejo libro y localizaba la primera página: noventa y cinco, cuarta línea, séptima palabra.

– ”Santa”. Eso no tiene sentido. Pero si añadimos las dos palabras anteriores y la posterior, sí lo tiene. “Torre de Santa María”.

Siguió los mismos pasos cuatro veces más.

“Torre de Santa María, convento, cementerio, indicador, Ménéval”.

Ashby lo miró y entonces dijo:

– Un libro bien elegido. El texto describe el exilio de Napoleón en Santa Elena, así como sus primeros años en Córcega. Las palabras correctas estaban todas allí. Ese alemán era inteligente.

El corso se recostó.

– Su secreto ha permanecido oculto durante sesenta años. Ahora lo tenemos ante nosotros -dijo esbozando una amigable sonrisa para endulzar la atmósfera.

El corso examinó los euros.

– Me pica la curiosidad, lord Ashby. Obviamente, es usted rico. No necesita ese tesoro.

– ¿Por qué dice eso?

– Lo busca usted por placer, ¿no es así?

Ashby caviló sobre sus meticulosos planes y sus riesgos calculados.

– Me interesan las cosas perdidas.

El barco se detuvo.

– Yo busco por dinero -dijo el corso sosteniendo un fajo de billetes-. No tengo un barco tan grande como este.

Las preocupaciones que asolaban a Ashby mientras navegaba hacia el sur desde la costa francesa al fin se habían disipado. Se preguntaba si el premio merecería todos aquellos quebraderos de cabeza. Aquel era el inconveniente de las cosas perdidas: a veces el fin no justificaba los medios. Aquí tenía un buen ejemplo.

Nadie sabía si había seis cofres de madera esperando a ser encontrados y, de ser así, qué contenían realmente. Puede que solo unas cuberterías de plata y un puñado de joyas de oro. Los nazis no eran muy exigentes con lo que expoliaban. Pero a él no le interesaba la chatarra, porque el corso se equivocaba: él necesitaba aquel tesoro.

– ¿Dónde estamos? -preguntó el corso.

– Frente a la costa, al norte de Macinaggio. En la reserva natural de la Capandula.

El cabo Corso, al norte de Bastia, estaba salpicado de antiguas atalayas, conventos vacíos e iglesias románicas. El extremo más septentrional comprendía un parque natural con pocas carreteras y todavía menos gente. Solo las gaviotas y los cormoranes lo consideraban su hogar. Ashby había estudiado su geografía. La Torre de Santa María era una ruinosa edificación de tres niveles que se alzaba sobre el mar, a solo unos metros de la costa. Fue construida por los genoveses en el siglo xvi como puesto de vigilancia. A escasa distancia de la torre, tierra adentro, se encontraba la capilla de Santa María, que databa del siglo xi y que había sido un convento; en la actualidad era una atracción turística.

“Torre de Santa María, convento, cementerio, indicador, Ménéval”.

Ashby consultó su reloj.

Todavía no.

Un poco más.

Señaló el vaso del corso.

– Disfrute de la copa. Cuando termine, hay un bote listo para llevarnos a la costa. Ha llegado el momento de encontrar el oro de Rommel.

XIII

Dinamarca

Sam miró a Thorvaldsen con preocupación, recordando lo que uno de sus instructores del Servicio Secreto le había enseñado: “Provoca a una persona y pensará. Enójala y lo fastidiará todo”.

Thorvaldsen estaba enojado.

– Esta noche has matado a dos hombres -afirmó Malone.

– Sabíamos que llegaría este momento -respondió Thorvaldsen.

– ¿Quiénes lo sabían?

– Jesper y yo.

Sam vio que Jesper asentía, demostrando su obediencia.

– Te estábamos esperando -dijo Thorvaldsen-. Intenté ponerme en contacto contigo la semana pasada, pero estabas fuera. Me alegro de que hayas vuelto. Necesito que cuides a Sam.

– ¿Cómo averiguaste lo de Cabral y Ashby? -preguntó Malone.

– Unos detectives privados llevan dos años trabajando en el caso.

– No lo habías mencionado nunca.

– No era relevante para nosotros.

– Eres mi amigo. Yo diría que eso lo hace relevante.

– Tal vez tengas razón, pero decidí guardármelo para mí. Hace unos meses me enteré de que Ashby había tratado de sobornar a Elena Rico. Cuando fracasó en su intento, Cabral contrató a unos hombres para que la mataran a ella, a Cai y a muchos otros para enmascarar el crimen.

– Un poco grandilocuente.

– Aquello fue un aviso para el sucesor de Rico. Y funcionó. Su sustituto se mostró mucho más colaborador.

Sam escuchaba, asombrado de lo mucho que había cambiado su vida. Dos semanas antes era un miembro anónimo del Servicio Secreto que buscaba transacciones financieras cuestionables en un laberinto de aburridos archivos electrónicos, una labor accesoria, secundaria para los agentes. Él deseaba trabajar como agente, pero nunca le habían brindado esa posibilidad. Creía estar a la altura del desafío -había reaccionado bien en la librería de Malone-, pero al ver los cadáveres esparcidos por la habitación le invadieron las dudas. Thorvaldsen y Jesper habían matado a aquellos hombres. ¿Qué se necesitaba para hacerlo? ¿Sería él capaz?

Sam observó cómo Jesper extendía dos bolsas para cadáveres en el suelo. Nunca había visto a una víctima de un tiroteo. Sintió el mohoso olor a sangre. Miró aquellos ojos vidriosos. Jesper manipulaba los cuerpos con indiferencia. Los metió en las bolsas sin que pareciera importarle. ¿Sería él capaz de hacer algo así?

– ¿Qué ocurre con Graham Ashby? -preguntó Malone-. Sam se creyó en la obligación de mencionármelo. Imagino que fue por insistencia tuya.

Sam advirtió que Malone estaba irritado y preocupado.

– Puedo responder a eso -respondió el joven-. Es un británico adinerado. Su riqueza le viene de familia, pero su valor real es una incógnita. Muchos bienes ocultos. Hace unos años se vio involucrado en cierto asunto turbio. Retter der Verlorenen Antiquitäten. Recuperadores de Antigüedades Perdidas, un grupo de gente que robaba obras de arte previamente robadas y comerciaba con ellas.

– Lo recuerdo -dijo Malone-. Fue entonces cuando descubrieron la Sala de Ámbar.

Sam asintió.

– Y también una tonelada de tesoros perdidos cuando registraron las casas de sus miembros. Ashby estaba implicado, pero no pudo demostrarse nada. Amando Cabral trabajaba para uno de los miembros. Adquisidores, los llamaban. Eran los que coleccionaban las obras. -Hizo una pausa-. O las robaban, según cómo se mire.

Malone asintió.

– ¿Así que Ashby tuvo problemas con el coleccionismo en Ciudad de México?

Thorvaldsen asintió.

– Se estaba preparando el caso y Elena Ramírez Rico iba por buen camino. Al final había relacionado a Cabral y Ashby, de modo que este decidió que había que eliminarla.

– Aún hay más -dijo Sam.

Malone volvió la vista hacia él.

– Ashby también pertenece a otro grupo secreto que trabaja en una conspiración a gran escala.

– ¿Habla el agente o el webmaster? -preguntó Malone.

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