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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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– A María no le tocó el pecado primero -sentenció el alfaquí. Hernando se volvió hacia él-. He pasado muchos días aquí -explicó-, leyendo… más bien tratando de interpretar tus escritos. Has omitido la puntuación y las vocales.

– En aquella época todavía no se utilizaban. -El alfaquí hizo ademán de intervenir, pero Hernando continuó hablando. Binilit escuchaba con atención-. Además, nuestro mensaje no debe ser directo, debe moverse en la ambigüedad. En caso contrario, los cristianos desecharían de inmediato los libros.

– Sin embargo, las referencias a María son claras -arguyó Munir.

– En ese aspecto no existe ningún problema. Los cristianos aceptarán la intervención de la Virgen sin dudarlo -afirmó, contundente, Hernando-; la figura de María es probablemente el único punto de unión entre ambas religiones que aún no ha sido mancillado. Además, en España existe un clamor para que la Iglesia, de una vez por todas, eleve a dogma de fe la concepción sin pecado de María. Los textos apoyan esa idea, así que los utilizarán. Como habrás comprobado, María se convierte en el eje central de todos los libros. Ella está en posesión del mensaje divino, que traslada a Santiago y a los demás apóstoles tras la muerte de Isa; es ella quien ordena a Santiago la evangelización de España y es ella la que le entrega un evangelio, el Libro Mudo, ilegible, que algún día saldrá a la luz, cuando los cristianos lleguen a comprender que sus papas han subvertido la palabra de Dios. Todo ello llegará a través de un rey de los árabes.

– ¿Qué ganamos si los cristianos no llegan a entender el mensaje? -inquirió entonces el orfebre-. Podrían interpretarlo a su conveniencia.

– Y lo harán. No os quepa duda alguna -afirmó Hernando.

Binilit abrió las manos en dirección a las pilas de medallones, casi como si se sintiera defraudado después de tanto trabajo.

– Eso es lo que nos interesa, Binilit -trató de tranquilizarle Hernando-. Si los cristianos interpretan todos estos libros a su conveniencia, se verán obligados a reconocer que tanto san Cecilio, el patrón de Granada, como su hermano, san Tesifón, eran árabes; ambos vinieron con Santiago a evangelizar España. ¡El patrón de Granada, un árabe! Por más que lo intenten, no pueden tomar unas partes de los libros como buenas y hacer caso omiso de aquellas otras que pudieran no interesarles. También tendrán que reconocer, como dice la Virgen María, que la lengua árabe es la más sublime de todas las lenguas. Para aprovecharse del contenido de los libros tendrán que pasar por reconocer esas ideas y muchas más que aparecen en ellos. Es un buen método de acercamiento entre ambos pueblos; quizá pudiéramos conseguir que se nos levantase la prohibición de hablar en nuestra lengua. Es más, si san Cecilio era árabe, ¿a qué ese odio hacia nuestro pueblo? -Munir asintió pensativo-. Muchos serán los que tendrán que volver a considerar sus escritos y opiniones. ¡Cristianos y musulmanes creemos en el mismo Dios! Eso es algo que la mayoría del pueblo llano no sabe y que sus sacerdotes le esconden, despreciando constantemente al Profeta. Pero en cualquier caso, Binilit, todo esto es sólo un paso más después de lo de la Turpiana; no es el definitivo. En el momento en que se dé a conocer el verdadero contenido del Libro Mudo, el evangelio que no ha sido tergiversado por los papas, todos esos aspectos ambiguos que se incluyen en el texto de muchos de estos libros, como por ejemplo las sucesivas profesiones de fe musulmanas y la naturaleza de Isa, deberán interpretarse conforme a nuestras creencias.

– Pero ¿cómo puede llegar a conocerse el contenido de un libro ilegible? -inquirió el platero.

– No podrá descifrarse este texto -explicó Hernando-: nos basta que sea aceptado como el evangelio de la Virgen. Si los cristianos aceptan los plomos, tendrán que aceptar también la llegada de ese rey árabe que se anuncia en ellos y que dará a conocer el verdadero evangelio, aquel que ningún Papa o evangelista ha podido falsear. Y nadie podrá sostener que lo que afirma ese evangelio está en contradicción con el contenido del Libro Mudo… Así, el círculo se cerrará: el Libro Mudo, o evangelio de la Virgen, que habrá permanecido como un enigma, encontrará la solución en ese evangelio llegado de tierras árabes. Nadie podrá cuestionar este último sin poner en tela de juicio todo lo anterior, que ya habría sido aceptado.

«Nadie podrá cuestionar entonces el evangelio de Bernabé», dijo para sus adentros.

Hernando pasó la noche en casa de Munir, donde tuvo oportunidad de rezar con un alfaquí, algo que no hacía en mucho tiempo.

Luego se enfrascaron en una íntima y profunda conversación que se prolongó hasta altas horas de la madrugada. En aquellas zonas perdidas del reino de Valencia se mantenían más vivas sus creencias. Los señores, pendientes sólo de los beneficios que les reportaban los moriscos, se mostraban indulgentes hacia su forma de vida, y no existía sacerdote capaz de evangelizarlos.

Por la mañana, el propio Munir y dos jóvenes moriscos lo acompañaron hasta las cercanías de Almansa, adonde llegaron cuando anochecía. Hernando se dirigió a la ciudad en busca de un mesón y compañía con la que iniciar el viaje hasta Granada; los moriscos, pese al frío del invierno, se dispusieron a pernoctar a la intemperie, escondidos, ya que no disponían de las cédulas necesarias para abandonar Jarafuel.

– Que el que guía el camino recto te acompañe y te lo revele -se despidió el alfaquí.

Tardó cuatro días en llegar a Granada. Lo hizo alternativamente acompañado de mercaderes, frailes y soldados que se dirigían a Murcia o a la ciudad de la Alhambra. En las alforjas portaba algo más de veinte medallones de plomo cuidadosamente elegidos entre los montones cincelados por Binilit. Optó por dos de los libros: Los fundamentos de la Iglesia y La esencia de Dios, además de una serie de plomos que anunciaban el martirio de varios de los discípulos de Santiago, entre ellos el de san Cecilio, escrito en el que Hernando había incluido una referencia al hallazgo de la Turpiana, ardid mediante el que trataba de otorgar al pergamino la credibilidad que algunos estudiosos seguían poniendo en entredicho.

Antes de partir, prometió al orfebre que él o sus amigos granadinos se encargarían de recoger los plomos que faltaban. A lo largo de aquellas jornadas de viaje, alardeó en público de sus trabajos para el arzobispado de Granada, mostrando la cédula que le permitía desplazarse con libertad y algunos escritos de lo que calificó como atroces crímenes de las Alpujarras y que llevaba en las alforjas, para ocultar los plomos. ¿Quién iba a atreverse a hurgar en ellas sabiendo que contenían escritos sobre los mártires de las Alpujarras?

En cualquier caso, no se separó de las alforjas, y en las ventas del camino dormía con la cabeza apoyada sobre ellas.

Perdió una jornada entera en Huéscar, población a la que llegó un sábado al anochecer. El domingo acudió a misa mayor y se entretuvo el resto de la mañana en espera de que el sacerdote le certificara el cumplimiento de sus obligaciones religiosas, documento que debería presentar al párroco de Santa María a su regreso a Córdoba. Durante la espera en la iglesia, tres frailes franciscanos descalzos, enterados por el sacerdote de que estaba de paso hacia Granada, le procuraron su compañía puesto que llevaban el mismo camino.

– Como bien comprenderéis -alegó cuando excusó su viaje en el martirologio de las Alpujarras y los franciscanos le pidieron ver los escritos-, son confidenciales. Hasta que el arzobispo no les dé su visto bueno, nadie debe leerlos.

Así pues, Hernando realizó la última parte del viaje acompañado de aquellos tres franciscanos quienes, pese al intenso frío invernal, sólo vestían un basto hábito pardusco tejido en lana burda, del color de la tierra, símbolo de humildad. En el camino, al tiempo que le mostraban una cédula especial, le explicaron que debían obtener el permiso del provincial de la orden para no ir descalzos y usar unas alpargatas abiertas en su parte superior. Durante las dos jornadas en las que caminó junto a ellos, se sorprendió de la austeridad y extrema pobreza en la que vivían los «descalzos», que aprovechaban cualquier encuentro para pedir limosna. Admiró la frugalidad de su alimentación y su estoica forma de vida, que les llevaba incluso a dormir sobre el mismo suelo.

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