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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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—Pero ¿por qué debéis usar ahora el agiel conmigo?

La mujer se echó a reír.

—Porque quiero que aprendas. Debes aprender que puedo hacerte lo que se me antoje, sin que tú puedas hacer absolutamente nada para detenerme. Debes aprender que estás totalmente indefenso y que, si disfrutas de un instante sin sentir dolor, es porque yo así lo quiero, no tú. —La sonrisa se borró de la faz de la mord-sith, mientras se dirigía a la mesa y regresaba con unas esposas—. Ven. Tienes un problema que me fastidia; no dejas de caerte al suelo. Ahora mismo vamos a arreglarlo. Toma, póntelas.

La mujer le arrojó las esposas. Richard pugnó por controlar la respiración mientras se sujetaba las manillas a las muñecas, que le temblaban. Denna arrastró la silla bajo una viga e indicó a Richard que se colocara allí. Entonces, se subió a la silla y enganchó la cadena a una clavija de hierro.

—Estírate. Todavía no llega. —El joven tuvo que ponerse de puntillas y estirarse para que Denna lograra engancharla—. Perfecto —declaró con una sonrisa—. Ahora ya no tendremos que preocuparnos más de que te caigas.

Richard, colgado de la cadena, luchaba por controlar el terror que sentía. Las esposas de hierro se le hundían en la carne debido a su propio peso. Antes ya sabía que no había nada que pudiera hacer para detenerla, pero esto era diferente. Atado de aquel modo se sentía aún más indefenso y era más consciente de que no podía luchar contra ella. Denna se enfundó los guantes y dio varias vueltas alrededor del joven, dándose golpecitos con el agiel contra la palma de la mano, prolongando así la ansiedad de su víctima.

Si al menos hubiera muerto tratando de detener a Rahl el Oscuro… Hubiese sido un precio que Richard estaba dispuesto a pagar. Pero aquello era distinto. Era una muerte en vida. O una vida estando muerto. Ni siquiera le quedaba la dignidad de luchar. Ya conocía los efectos del agiel; no necesitaba que la mord-sith se los volviera a demostrar. Lo único que quería Denna era arrebatarle su orgullo, el respeto hacia sí mismo, quebrar su espíritu.

La mujer fue dándole golpecitos en el pecho con el agiel, mientras continuaba caminando a su alrededor. Cada vez que el instrumento lo tocaba, Richard sentía como si le clavaran una daga, y cada vez gritaba de dolor y se retorcía colgado de la cadena. El joven sabía que la mord-sith ni siquiera había empezado todavía. No era más que el primer día, aún no acabado, de muchos más por llegar. El joven gritó de impotencia.

Entonces se imaginó que su conciencia de sí mismo, su dignidad, era algo vivo, y lo vio en su mente. A continuación, imaginó una habitación inmune a todo, en la que ningún mal podía penetrar. Richard depositó su dignidad y el respeto por sí mismo en aquella habitación y cerró la puerta. Nadie tendría la llave de aquella habitación; ni Denna, ni Rahl el Oscuro. Sólo él. Soportaría lo que tuviera que soportar, durante todo el tiempo que fuese necesario, renunciando a su dignidad. Haría lo que tuviera que hacer y, un día, abriría aquella puerta y volvería a ser él mismo, aunque fuera en la muerte. Pero, por el momento, sería el esclavo de Denna. Sólo por el momento. Pero no para siempre. Algún día dejaría de serlo.

La mord-sith le cogió el rostro con ambas manos y lo besó con dureza, tanta que sintió un dolor punzante en el labio partido, y pinchazos. Denna parecía disfrutar más del beso cuando sabía que le hacía daño. Al alejarse de él, los ojos de la mujer brillaban de deleite.

—¿Quieres que empecemos ya, cielito? —susurró.

—Por favor, ama Denna —susurró también él—. No me hagáis daño.

—Eso es lo que quería escuchar —replicó su torturadora con una amplia sonrisa.

Denna empezó a demostrarle todos los efectos posibles de un agiel. Si se lo pasaba suavemente por encima de la piel, le causaba verdugones, y si presionaba un poco más, éstos sangraban. Cuando le hundía el instrumento en la carne, Richard sentía algo húmedo y cálido en su sudorosa piel. Denna era asimismo capaz de causarle exactamente el mismo dolor sin dejarle ninguna marca. Los dientes le dolían de tanto apretarlos. A veces, la mord-sith se colocaba detrás de él y esperaba que se relajara para aplicarle el agiel. Cuando se cansaba, le decía que cerrara los ojos y caminaba a su alrededor, mientras presionaba el agiel o se lo pasaba por el pecho.

La mujer se echaba a reír cuando Richard se preparaba para recibir un dolor que no llegaba. En un momento dado, el agiel le causó un dolor particularmente intenso, que le hizo abrir los ojos de golpe, lo que le dio a Denna una excusa para usar el guante. El joven tuvo que suplicarle perdón por haber abierto los ojos sin que ella se lo ordenase. Las manillas se le hundían en las muñecas y le hacían sangrar. Le resultaba imposible no descargar en ellas todo su peso.

Solamente una vez Richard tuvo un arrebato de cólera: cuando la mord-sith le presionó el agiel contra la axila. Denna se quedó mirándolo con una sonrisa de suficiencia, mientras él se retorcía y trataba de pensar en el hermoso pelo de la mujer. En vista de que al aplicarle el agiel en aquel punto lo encolerizaba, Denna se concentró en esa área mucho tiempo, pero él supo contenerse. Puesto que Richard no se infligía él solo el dolor de la magia, ella lo hizo por él, con la diferencia de que cuando era ella quien lo producía, Richard no podía hacerlo desaparecer por mucho que lo intentara, y tenía que suplicar. A veces, Denna se quedaba de pie frente a él, contemplando cómo el joven jadeaba. Otras, pocas, se apretaba contra él, abrazándole el pecho con mucha fuerza para que sus duras prendas de piel avivaran el dolor que sentía en las heridas.

Richard no supo cuánto tiempo duró la tortura. La mayor parte del tiempo no podía percibir nada más que el dolor, como si fuese algo vivo. Sólo fue consciente de que, a partir de un determinado momento, estuvo dispuesto a hacer cualquier cosa que la mord-sith le dijera, realmente cualquier cosa, para que dejara de hacerle daño. Ni siquiera podía mirar el agiel; sólo con verlo los ojos se le llenaban de lágrimas. Denna no había mentido sobre sí misma: nunca se cansaba ni se aburría de torturarlo. Parecía que no dejaba de fascinarla, de divertirla y de causarle satisfacción. Lo único que le gustaba más que hacerle daño era que Richard le suplicara que parara. Él hubiera suplicado más, para hacerla feliz, pero casi todo el tiempo era incapaz de pronunciar palabra. El mero acto de respirar le producía un dolor casi insoportable.

Ya hacía rato que se había resignado a cargar todo el peso del cuerpo sobre las muñecas, y ahora colgaba de la cadena sin vida, delirando. Le pareció que Denna se estaba tomando una breve pausa, pero todo lo que le había hecho le dolía tanto que no estaba seguro. El sudor le cegaba y le causaba ardor en las heridas.

Cuando su mente se aclaró un poco, Denna apareció de nuevo, a su espalda. Richard se preparó para resistir lo que sabía que pasaría, pero, en vez de lo que esperaba, la mord-sith le agarró un mechón de cabello y le tiró bruscamente la cabeza hacia atrás.

—Y, ahora, cielito, te voy a mostrar algo nuevo. Voy a demostrarte que soy realmente un ama muy amable. —Denna le tiró de la cabeza aún con más fuerza hasta que el dolor lo obligó a tensar los músculos del cuello para resistir la presión. La mujer le colocó el agiel sobre la garganta—. Deja de resistirte o no lo apartaré de ahí.

La boca se le estaba llenando de sangre. Richard relajó los músculos del cuello y permitió que la mord-sith le tirara de la cabeza tan fuerte como deseara.

—Escucha muy bien lo que voy a decirte, cielito. Voy a meterte el agiel en la oreja derecha. —Richard estuvo a punto de ahogarse en el terror, pero ella le echó la cabeza hacia atrás violentamente—. Notarás un dolor distinto a todos los demás; mucho más intenso. Debes hacer exactamente lo que voy a decirte. —La boca de la mujer le rozaba la oreja y le susurraba como si fuese una amante—. En el pasado, cuando tenía junto a mí a una hermana mord-sith, solíamos introducir el agiel en las orejas del hombre al mismo tiempo. Me encantaba oír cómo gritaba; era un sonido distinto a cualquier otro. Al recordarlo aún se me pone la carne de gallina.

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