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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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Por la mañana, cuando Denna regresó con la antorcha, Richard seguía de pie, pero apenas podía aguantarse. La mujer parecía estar de buen humor.

—Voy a darte un beso de buenos días y espero que me lo devuelvas —le dijo con una sonrisa—. Demuéstrame cuánto te alegras de ver a tu ama.

El joven hizo lo que pudo, pero tuvo que concentrarse en lo hermosa que era su trenza. Cuando la mujer se apretó contra él, Richard sintió oleadas de dolor en las heridas. Al acabar, el joven temblaba. Denna desenganchó la cadena y la arrojó al suelo.

—Estás aprendiendo a ser una buena mascota. Te has ganado dos horas de sueño.

Richard se desplomó en el suelo y se quedó dormido antes de que el sonido de los pasos de la mujer se desvaneciera.

Pasadas las dos horas, descubrió lo horroroso que era ser despertado por el agiel. El breve descanso apenas le había cundido; necesitaba mucho más. Richard se hizo la promesa de luchar con todas sus fuerzas aquel día para no cometer ni un solo error y cumplir exactamente los deseos de Denna. Quizá de ese modo la mord-sith le concedería toda una noche de descanso.

El joven se esforzó al máximo por hacer todo lo que Denna deseara, con la esperanza de complacerla. También esperaba que le diera algún alimento, pues no había comido nada desde el día en que fue capturado. Richard se preguntó qué deseaba más, si dormir o comer, y, a fin de cuentas, decidió que lo que más deseaba era dejar de sentir dolor. O, al menos, que Denna le permitiera morir.

Apenas le quedaban fuerzas y sentía cómo la vida se le escapaba. Anhelaba morir. Denna pareció sentir que la resistencia del joven tocaba a su fin, pues se mostró menos dura; le daba más tiempo para recuperarse y se tomaba descansos más largos. A Richard no le importaba. Sabía que la tortura nunca acabaría y que estaba perdido. Allí, colgado de las esposas, renunció a la voluntad de vivir, de seguir adelante, de resistir. Ella le susurraba palabras tranquilizadoras, mientras le acariciaba el rostro. Le animaba exhortándolo a que no abandonara y le prometía que, cuando lograra quebrarlo, todo sería mejor. Richard sólo escuchaba, pues ya ni siquiera podía llorar.

Cuando, finalmente, desenganchó las esposas de la viga, Richard creyó que de nuevo había anochecido. Había perdido toda noción del tiempo. Esperó que Denna sujetara la cadena a la viga o que la arrojara al suelo y le diera permiso para dormir. Pero Denna no hizo nada de eso, sino que colocó la cadena sobre la silla, le dijo que se quedara de pie y se marchó. Al volver, llevaba un cubo.

—Ponte de rodillas, cielito. —La mord-sith se sentó en la silla, junto a él, sacó un cepillo del agua jabonosa y empezó a limpiarlo. Las cerdas del cepillo eran duras y le dolían al tocar las heridas. —Tenemos una invitación para cenar y tengo que limpiarte. A mí me gusta el olor de tu sudor, de tu miedo, pero me temo que ofendería a los otros comensales.

Denna lo limpiaba con una extraña ternura, que a Richard le recordaba el modo en que un amo cuida de su perro. El joven cayó contra ella, incapaz de sostenerse solo en pie. De haber podido evitarlo, jamás se hubiera recostado contra ella en busca de apoyo, pero no tenía fuerzas. Denna lo sostuvo mientras continuaba limpiándolo con el cepillo. Richard se preguntó de quién sería la invitación para cenar, pero no preguntó. Denna le ofreció la información que deseaba de manera voluntaria.

—La reina Milena nos ha pedido personalmente que asistamos a una cena. Todo un honor para alguien tan insignificante como tú, ¿no te parece?

Richard se limitó a asentir con la cabeza, sin poder hablar.

La reina Milena. Así pues, se encontraban en su castillo. No le sorprendía en absoluto. ¿Adónde, si no, podría haberlo llevado Denna con tanta celeridad? Al acabar de limpiarlo, la mord-sith le concedió una hora de sueño para descansar antes de la cena. El joven durmió a los pies de la mujer.

Esta vez no lo despertó con el agiel sino con la bota. Richard estuvo a punto de echarse a llorar ante tal merced y se deshizo en agradecimientos por su amabilidad para con él. La mord-sith le instruyó sobre cuál debería ser su comportamiento. Denna llevaría la cadena sujeta al cinto, él no debería apartar los ojos de ella y no hablar con nadie a no ser que le dirigieran la palabra antes, y solamente si pedía permiso con la mirada a Denna para hablar. Él no podría sentarse a la mesa —debería hacerlo en el suelo— y, si se comportaba correctamente, podría comer algo.

Richard prometió seguir las instrucciones. La idea de poder sentarse en el suelo le parecía maravillosa. ¡Qué felicidad poder descansar sin tener que estar de pie y sin que le hicieran daño! Y, por fin, podría comer algo. Se cuidaría muy mucho de hacer algo que pudiera disgustar a Denna, o que pudiera inducirla a no darle comida.

El Buscador siguió como atontado a la mord-sith, sujeto a ella por la cadena del collar, procurando que nunca estuviera demasiado tensa. Ya no llevaba esposas, los cortes de las muñecas se veían rojos e hinchados y le causaban un dolor punzante. Algunas de las salas que atravesaron le resultaron vagamente familiares.

Denna deambulaba por las salas llenas de gente, deteniéndose para hablar con personajes elegantemente vestidos. Richard tenía la mirada fija en la trenza de la mujer. Era evidente que se la había peinado adrede para la cena, pues al usar el agiel solía despeinarse. Seguramente se había trenzado el pelo mientras él dormía.

Richard se encontró pensando que realmente Denna tenía un cabello muy hermoso y que era la más elegante de todas las mujeres presentes. El joven era consciente de que la gente lo observaba, así como a su espada, mientras Denna lo conducía por la sala tirando de la cadena y el collar. Tuvo que recordarse que, por el momento, había renunciado a su orgullo. Aquélla era una oportunidad para descansar, comer y no sufrir dolor.

Richard se inclinó y continuó del mismo modo mientras Denna hablaba con la reina. La soberana y la mord-sith se saludaron con una simple inclinación de cabeza. La princesa Violeta se encontraba al lado de su madre. Al recordar el tratamiento que la princesa había dado a Rachel, Richard tuvo que centrar de nuevo sus pensamientos en la trenza de Denna.

Cuando se sentó a la mesa, la mord-sith chasqueó los dedos y señaló el suelo, detrás de su silla. Richard sabía que debía sentarse allí, con las piernas cruzadas. Denna tenía a su izquierda a la reina y a su derecha a la princesa Violeta, la cual miraba fríamente a Richard. El Buscador reconoció a algunos de los consejeros de la soberana y sonrió para sí. El artista de la corte ya no se encontraba entre ellos. La mesa principal estaba un poco más elevada que las demás, pero sentado como estaba en el suelo, Richard no veía a la mayoría de los comensales.

—Como sé que no comes carne —dijo la reina a Denna—, he ordenado a los cocineros que te preparen una cena especial. Te gustará. Son unas maravillosas sopas y verduras, además de frutas exóticas.

Denna sonrió y le dio las gracias. Mientras comía, un criado le ofreció un sencillo cuenco sobre una bandeja. La mujer interrumpió brevemente lo que estaba diciendo para indicarle:

—Es para mi mascota.

El criado cogió el cuenco de la bandeja y se lo ofreció a Richard. Dentro había algo parecido a unas gachas, pero a Richard, que sostenía el cuenco entre sus manos temblorosas preparándose para beber su contenido, le pareció la mejor comida que había tomado en su vida.

—Si es tu mascota, ¿por qué le permites que coma de ese modo? —inquirió la princesa Violeta.

—¿A qué te refieres? —replicó la mord-sith.

—Bueno, si realmente es tu mascota, debería comer del suelo, sin manos —se explicó la princesa, sonriendo.

Denna sonrió de oreja a oreja y sus ojos brillaron.

—Haz lo que dice la princesa.

—Ponlo en el suelo y come como un perro para que todos lo veamos —ordenó la niña—. Demuestra a todo el mundo que un Buscador no es mejor que un perro.

Richard tenía demasiada hambre para arriesgarse a perder la comida. Así pues, pensó en la trenza de Denna y puso cuidadosamente el cuenco en el suelo. Lanzó una mirada a la princesa y vio que ésta sonreía, burlona. Richard se comió las gachas a lametones, oyendo las risotadas de la niña, hasta dejar el cuenco reluciente. El joven se dijo que necesitaba coger fuerzas, para el caso de que pudiera usarlas.

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