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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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—Prendedlo. —Richard oyó el sonido del acero al ser desenvainado.

Aquello era todo lo que el joven necesitaba saber. La suerte estaba echada. Ahora era un agente de la muerte.

La espada describió un amplio arco al dar media vuelta, liberando como un torrente la ira que sentía. La cólera explotó a través de él. Sus ojos se encontraron con los de los dos soldados, que apretaban la mandíbula en expresión asimismo colérica, mientras empuñaban la espada que llevaban colgada del hombro.

Richard mantuvo la Espada de la Verdad baja, a la altura de la cintura, poniendo en ella todo su peso y su fuerza. Los soldados bajaron la espada en actitud defensiva. El joven lanzó un grito de rabia, de odio y de necesidad de matar. Richard se entregó por completo al ansia de muerte, sabiendo que ésa era su única oportunidad para sobrevivir. La punta de su espada empezó a silbar.

Richard se había convertido en un agente de la muerte.

Fragmentos de acero al rojo ascendieron en espiral en el transparente aire de la mañana.

Se oyeron dos gruñidos idénticos. Después del doble impacto se oyeron dos húmedos porrazos, como melones maduros que se estrellaran contra el suelo. La parte superior del cuerpo de los soldados se desplomó, al mismo tiempo que las piernas cedían, desparramando tripas sangrientas.

La espada continuó su arco, trazando una trayectoria sangrienta. Richard buscó un nuevo blanco para su cólera, su odio. La mujer era la jefe y Richard quería cobrarse su sangre. La magia bullía desatada en el interior del joven. Todavía gritaba. La mujer lo observaba con una mano sobre la cadera.

Richard buscó sus ojos y alteró ligeramente el curso de la espada para que también el acero los encontrara. La sonrisa de la mujer alimentó aún más el violento fuego de la ira del joven. Sus miradas quedaron prendidas. La punta de la espada silbó alrededor, dirigiéndose a la cabeza de la mujer. Richard no podía contener el ansia de matar.

Verdaderamente era un agente de la muerte.

El dolor de la magia de la espada lo golpeó como una cascada de agua helada sobre su piel desnuda. El filo de la espada nunca llegó a tocar a la mujer. El arma repiqueteó al caer al suelo, mientras que el desgarrador dolor obligaba al Buscador a hincarse de rodillas y a doblarse por la cintura.

La mujer, todavía con una mano en la cadera y una sonrisa pintada en el rostro, lo miró desde arriba, observando cómo el joven se agarraba el abdomen con los brazos, vomitando sangre y medio ahogándose. El fuego ardía en todo su cuerpo. El dolor de la magia lo consumía, impidiéndole respirar. Richard trataba desesperadamente de controlar esa magia y de relegar el dolor, tal como había aprendido a hacer. Pero esta vez no le funcionaba. Aterrorizado, se dio cuenta de que ya no la controlaba.

Ahora era la mujer quien la controlaba.

El joven cayó al suelo de cara, tratando de gritar, de respirar, pero sin conseguirlo. Durante un instante pensó en Kahlan, pero enseguida el dolor le arrebató incluso ese recuerdo.

Ninguno de los soldados había roto el círculo. La mujer le colocó una bota en la nuca y apoyó el codo sobre la rodilla a la vez que se inclinaba sobre él. Con la otra mano, cogió un mechón de sus cabellos y le alzó la cabeza. Al inclinarse aún más hacia el joven, la piel de su uniforme crujió.

—Vaya, vaya —siseó—. Y yo que pensaba que tendría que torturarte durante muchos días para que te enfadaras y usaras tu magia contra mí. Bueno, no te apures. Tengo otros motivos para torturarte.

En medio del dolor, Richard fue consciente de que había cometido un terrible error. De algún modo, había entregado a esa mujer el control de la magia de la espada. Sabía que nunca había estado en peor situación. «Al menos Kahlan está a salvo —se dijo—. Eso es lo único que importa».

—¿Quieres que el dolor cese, cielito?

La pregunta lo encolerizó. Pero la ira que sintió hacia la mujer y el ansia de matarla aumentaron el dolor.

—No —logró decir, poniendo toda su fuerza en el empeño.

La mujer se encogió de hombros y le soltó la cabeza.

—Como quieras. Cuando decidas que quieres que el dolor de la magia cese, lo único que debes hacer es dejar de pensar esas cosas tan feas sobre mí. A partir de ahora, yo controlo la magia de tu espada. Bastará con que pienses siquiera en levantar un dedo contra mí para que el dolor de la magia te inmovilice. —La mujer sonrió—. Ése será el único dolor que podrás controlar. Piensa algo agradable sobre mí y cesará.

»Desde luego, yo también tendré control sobre el dolor de la magia y podré hacértelo sentir cada vez que desee. Y también puedo producirte otros tipos de dolor; ya te darás cuenta. Dime, cielito —añadió, frunciendo el ceño—, ¿trataste de usar la magia contra mí por estupidez o porque te crees un valiente?

—¿Quién… eres… tú?

La mujer le cogió de nuevo un mechón de cabello, le levantó la cabeza y se la torció para mirarlo a los ojos. Al inclinarse sobre él, la presión de la bota contra la nuca le produjo una oleada de dolor en los hombros. No podía mover los brazos. La mujer había arrugado el entrecejo, intrigada.

—¿No sabes quién soy? Todo el mundo de la Tierra Central me conoce.

—Yo soy de… la Tierra Occidental.

—¡De la Tierra Occidental! —La mujer arqueó las cejas, encantada—. Vaya, vaya. Qué maravilla. Esto va a ser muy divertido. —Su sonrisa se hizo más amplia para explicar—: Me llamo Denna. Ama Denna para ti, cielito. Soy una mord-sith.

—No pienso decirte dónde… está Kahlan. No me sacarás nada… ni aunque me mates.

—¿Quién? ¿Kahlan?

—La… Madre Confesora.

—La Madre Confesora —repitió Denna con desdén—. ¿Para qué iba a querer yo una Confesora? El amo Rahl me envió a buscarte a ti, Richard Cypher, sólo a ti. Uno de tus amigos te ha traicionado. —La mujer le torció la cabeza con más fuerza y apretó la bota—. Ya te tengo. Creí que sería difícil, pero apenas me has ofrecido diversión. Yo voy a ser la encargada de entrenarte, aunque, siendo de la Tierra Occidental, supongo que no sabrás de qué te hablo. Verás, una mord-sith siempre viste de rojo cuando va a entrenar a alguien. De este modo se disimula la sangre. Tengo la agradable sensación de que, antes de que acabe con tu entrenamiento, podré bañarme con tu sangre.

Denna le soltó la cabeza y apoyó todo su peso sobre la bota, sosteniendo la mano frente a la cara de Richard. El joven pudo ver que el dorso del guante estaba acorazado, incluso los dedos. De la muñeca le colgaba una especie de barra de piel color rojo sangre, de unos treinta centímetros, sujeta a una elegante cadena de oro. La barra oscilaba frente a los ojos de Richard.

—Esta barra se llama agiel. Es sólo uno de los instrumentos que utilizaré para entrenarte. —Denna le dirigió una suave sonrisa, arqueando una ceja—. ¿Curioso? ¿Quieres comprobar cómo funciona?

Denna presionó el agiel contra el costado de Richard, causándole tal dolor que el joven lanzó un grito, aunque no tenía ninguna intención de darle a la mujer la satisfacción de ver cuánto le dolía. El tormento del agiel en el costado le había puesto rígidos todos y cada uno de los músculos del cuerpo, y solamente podía pensar en acabar con aquel suplicio. Denna presionó apenas un poco más, haciendo que Richard gritara con más fuerza. Entonces, el joven oyó un chasquido y notó cómo una costilla se le rompía.

La mujer retiró el agiel y del costado de Richard manó sangre. El joven se quedó tendido en el suelo, cubierto de sudor, jadeando y con lágrimas que le fluían por las mejillas. Se sentía como si el dolor le estuviera haciendo pedazos todos los músculos de su cuerpo. En la boca tenía tierra y también sangre.

—Y, ahora, cielito, di «gracias, ama Denna, por enseñarme» —dijo la mujer con una cruel expresión—. Dilo —le ordenó, acercando su cara a la de Richard.

Richard concentró toda su fortaleza mental en el deseo de matarla y se imaginó cómo la Espada de la Verdad le atravesaba la cabeza.

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