El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
—¡Golpead, en el nombre de Dios! —gritaba Armitage.
Ahora hubo algunas respuestas. Alguien gritó «¡Aleluya!», y otro exclamó «¡Amén!». Al principio las reacciones eran inciertas, pero a medida que Armitage hablaba se hicieron más entusiastas.
—Mierda —dijo alguien. Tenía que ser el sargento Hooker. Alim no pudo volver la cabeza para mirarle—. Alim, ¿me oyes?
Alim asintió levemente.
—Dice que oye —dijo Erika—. Déjale en paz. Tiene que descansar. Ojalá duerma un poco.
¡Dormir! Dormir acabaría con él fatalmente. Cada vez que respiraba era una lucha, un esfuerzo de voluntad. Si se relajaba un momento dejaría de respirar.
—¿Qué diablos hago ahora? —le preguntó Hooker—. Eres el único hermano con el que puedo hablar.
Las palabras se formaron en los labios de Alim. Erika las tradujo.
—Pregunta cuántos hermanos quedan.
—Diez —dijo Hooker.
Diez negros. ¿Serían los últimos negros del mundo? Claro que no. África debía seguir existiendo, ¿o no? Pero no había visto ningún rostro negro entre sus enemigos. Tal vez no había más en California. Musitó algo de nuevo.
—Dice que diez no son suficientes —dijo Erika.
—Sí. —Hooker se inclinó para hablarle a Alim al oído. Nadie más pudo oírle—. Tengo que quedarme con este predicador —le dijo—. Dime, Alim, ¿está loco? ¿Tiene razón? Ya no sé qué pensar.
Alim meneó la cabeza. No quería hablar de aquello. Armitage hablaba de nuevo, del paraíso que aguardaba a los caídos. Sus palabras se mezclaban con los pensamientos vagos y lentos que se arrastraban por la conciencia de Alim. El paraíso. Tal vez fuera cierto. Quizás aquel loco predicador tuviera razón. Era mejor creerlo así.
—Conoce la verdad —musitó Alim.
El calor del fuego era casi agradable. La oscuridad aumentaba en su cabeza, a pesar de los atisbos de sol matutino que había creído ver antes. Las palabras del predicador atravesaron la oscuridad.
—¡Atacad ahora, Angeles! ¡Hoy mismo, en esta misma hora! ¡Es la voluntad de Dios!
Lo último que Alim oyó fue el grito del sargento Hooker.
—¡Amén!
Cuando Maureen llegó al hospital, Leonilla Malik la cogió del brazo y la condujo a una sala.
—He venido para ayudar —dijo Maureen—, pero quería hablar con los heridos. Uno de los muchachos Tallifsen estaba en mi grupo y...
—Ha muerto —dijo Leonilla, sin ninguna emoción en la voz—. Su ayuda me iría bien. ¿Ha usado alguna vez un microscopio?
—No desde las clases de biología en el instituto.
—No olvide cómo se hace —dijo Leonilla—. Primero necesito una muestra de sangre. Siéntese aquí, por favor. —Sacó una aguja hipodérmica de una olla a presión—. Es mi autoclave —explicó—. No es muy bonito, pero funciona.
Maureen se había estado preguntando qué habría ocurrido con las ollas a presión del rancho. Hizo una mueca cuando la aguja, que estaba embotada, le perforó la piel del brazo. Leonilla extrajo la sangre y cuidadosamente la vertió en un tubo de ensayo procedente de un juego infantil de química.
La rusa introdujo el tubo en un calcetín, que tenía cosido un trozo de cuerda de nylon, y Leonilla lo usó para hacer girar velozmente el tubo de ensayo por encima de su cabeza.
—Estoy centrifugando —le dijo—. Le muestro cómo hacer esto y así usted podrá realizar luego parte del trabajo. Necesitamos más ayuda en el laboratorio. —Siguió haciendo girar el tubo—. Ya está. Hemos separado las células del plasma. Ahora extraemos el plasma, así, y metemos las células en una solución salina. —Trabajaba rápidamente—. Aquí, en el estante, tenemos células y plasma de pacientes que necesitan sangre. Cotejaré la suya con la de ellos.
—¿No quiere saber su grupo sanguíneo? —preguntó Maureen.
—Sí, en seguida. Pero de todos modos he de hacer las pruebas. No conozco los grupos sanguíneos de los pacientes y no tengo manera de arreglarlo, y este sistema es más seguro, aunque resulta muy incómodo.
La habitación había sido un despacho. Hacía poco que pintaron las paredes y estaban muy limpias. La mesa de oficina sobre la que trabajaba Leonilla estaba inmaculada.
—Ahora —dijo Leonilla— coloco muestras de sus células en una muestra del suero del paciente, y las células del paciente en el suyo, y miramos por el microscopio.
El microscopio también era una pieza de un juego infantil. Alguien había incendiado el instituto de la localidad antes de que Hardy hubiera pensado en enviar una expedición para recoger material científico.
—Es muy difícil trabajar con esto —dijo Leonilla—, pero funcionará. Ha de tener mucho cuidado con el foco. —Aplicó el ojo al microscopio—. Ah, células cilíndricas. No puede ser donante de este paciente. Mire, así lo sabrá.
Maureen miró por el microscopio. Al principio no vio nada, pero manejó el foco y en seguida recordó cómo se hacía. Pensó que Leonilla tenía razón. Esas cosas no se olvidan nunca una vez aprendidas. Recordó que no era necesario cerrar el otro ojo, pero lo hizo de todos modos. Cuando el instrumento estuvo bien enfocado vio las células sanguíneas.
—¿Se refiere a esas pequeñas pilas, como fichas de póquer?
—¿Fichas de póquer?
—Como platitos...
—Sí, son formaciones cilíndricas. Indican agrupamiento. Ahora dígame cuál es su grupo sanguíneo.
—El A —dijo Maureen.
—Muy bien. Lo señalaré. Tenemos que usar estas tarjetas de archivo, una para cada persona. Anoto en su tarjeta que su sangre hace que se amontonen las células de Jacob Vinge, y anoto lo mismo en la tarjeta de éste. Ahora probamos con otros. —Repitió el procedimiento dos veces más—. Bien, puede usted ser donante de Bill Darden. Lo anotaré en sus tarjetas respectivas. Ahora ya conoce el procedimiento. Aquí están las muestras, claramente etiquetadas. Cada una debe cotejarse con las otras, comprobando qué donante corresponde a cada paciente. Luego podremos cotejar los donantes entre sí, aunque esto no es tan perentorio. Tendremos así los datos por si algún día hemos de hacer una transfusión a alguno de ustedes...
—¿No tiene que extraer sangre para Darden?
Maureen trató de recordarle. Se había incorporado hacía poco a la fortaleza, y le dejaron pasar porque su madre vivía allí. Había estado peleando en el grupo del jefe de policía Hartman.
—Ya le he hecho una transfusión —dijo Leonilla—. El donante fue Rick Delanty. No tenemos forma de almacenar la sangre completa. Cuando Darden necesite más la avisaré. Ahora he de volver a la sala general. Si quiere ayudar de veras, puede seguir haciendo esas pruebas.
Maureen estropeó la primera prueba, pero cuando procedió con más cuidado descubrió que no era un trabajo difícil, sino aburrido. Los olores de las cercanas aguas fecales no contribuían precisamente a hacer la tarea más agradable, pero no se podía hacer nada por evitarlo. Necesitaban el calor de las calderas de fermentación. Al hacer pasar los gases por el ayuntamiento y el hospital, la calefacción les salía gratis, pero a costa de los malos olores.
Una vez Leonilla entró y extrajo la muestra y la tarjeta de un paciente. No dio explicaciones. No era necesario. Maureen cogió la tarjeta y leyó el nombre. Era una de las niñas Aramson, de dieciséis años, herida al arrojar una bomba de dinamita.
—Con penicilina hubiera podido salvarla —dijo Leonilla—. Pero no hay, y jamás la habrá.
—¿No podemos fabricarla? —preguntó Maureen.
—Sulfamidas, quizá, pero no los demás antibióticos. Eso requiere más equipo del que podemos tener en muchos años. Una regulación precisa de la temperatura, centrifugado a altas velocidades. No, tenemos que aprender a vivir sin penicilina. —Hizo una mueca—. Eso significa que un simple corte descuidado puede ser una sentencia de muerte. Hay que hacer comprender eso a la gente. No podemos ignorar la higiene y los primeros auxilios. Lavar todos los cortes. Y pronto se nos acabará la vacuna contra el tétanos, aunque eso quizá podría hacerse. Quizá.