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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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El ayuntamiento era también la biblioteca de la ciudad, comisaría de policía y prisión. La gran sala de juntas con las paredes forradas de libros había sido adornada con pinturas y colgantes, que absorbían parte del ruido, pero la fiesta seguía siendo bastante ruidosa. Rick encontró a Brad Wagoner en un rincón. Wagoner miraba algo que estaba dentro de una vitrina.

—¿De dónde ha salido eso? —preguntó Rick—. ¿Hay alguien aquí que coleccione cristal de Steuben?

Wagoner se encogió de hombros.

—No lo sé. Bonita ballena, ¿verdad?

Wagoner llevaba una gran venda alrededor de la frente. Era impresionante, como una escena de La roja insignia del valor. Sin embargo no contaba a la gente cómo se había herido. Fue lanzando una granada de termita con la honda. Lo hizo con demasiado vigor, tropezó con una piedra y cayó rodando por la ladera hasta que le pareció que iba a envenenarse con el gas, pero no se intoxicó. En cambio ahora estaba bastante intoxicado, de whisky con agua.

—Al menos no tendremos que repetir todo eso —le dijo a Rick.

La felicidad era contagiosa y Rick quería abandonarse a la alegría, pero no podía dejar de pensar en aquella condenada central nuclear y en Johnny, ni podía olvidar El Lago. Decidió ir al hospital y hacer algún trabajo decente. En el hospital no le aguaría la fiesta a nadie. Cuando se dirigía a la puerta, vio entrar a Hamner, apoyado en una muchacha a cada lado y seguido de una multitud. Todos querían hablar a la vez.

Rick se abrió paso hacia Hamner. El ruido se hizo más intenso. Hamner andaba hacia el fondo de la sala, en dirección al despacho del alcalde, y Rick le siguió. Varios de los presentes pidieron silencio a gritos. Eileen Hamner vio a Rick, se deslizó por debajo del brazo de Tim y fue hacia él.

—Tengo que decirte algo.

Rick lo supo en seguida. Sintió escalofríos.

—¿Cómo ocurrió? —le preguntó.

—Tim dice que se defendieron con uñas y dientes. No sé nada más.

Rick notó que las rodillas le flaqueaban, pero se mantuvo erguido.

—Debí obligarle a que me dejara ir. ¿Lo sabe Maureen?

—Todavía no. ¿Dónde está?

—La última vez que la vi, en el despacho del alcalde, con su padre. Iré contigo.

Apartó a la gente, abriendo camino para los dos.

De modo que Johnny había muerto. Ahora todos los seres a los que Rick quería estaban muertos. El Martillo se los había llevado a todos. Sintió un salvaje impulso de reír. El récord norteamericano seguía siendo perfecto. Todavía no habían perdido ningún astronauta en el espacio.

—¿De qué tuvieron que defenderse tanto? —preguntó, pero Eileen estaba demasiado lejos y había demasiado ruido.

Alguien pasó a Tim una botella. Era whisky. Esta vez bebió y se llevó la botella al despacho del alcalde. Allí estaban los jefes: el senador, sentado tras la mesa del alcalde; Al Hardy, junto a él, Maureen, el jefe de policía y el alcalde. Parecían felices, triunfantes. Tim se sintió un poco ofendido. Sabía que era irracional, que merecían aquella celebración, pero su pesar era demasiado grande. Entró cojeando en el despacho, complacido al ver que las sonrisas se desvanecían a medida que veían su modo de andar, la expresión de su rostro. Eileen y Rick Delanty quedaron tras él. Luego la puerta se cerró.

—¿Os atacaron de nuevo?

—Sí. —Tim miró a Maureen y ella comprendió. Lo supo por la expresión de su rostro. No valía la pena ir con circunloquios—. El general Baker ha muerto. Detuvimos su ataque, pero por los pelos. Y lo que sigue quiero que lo oiga todo el mundo.

No apartó la mirada del senador, porque no quería ver el rostro de Maureen.

Hardy se volvió al senador.

—Por mí no hay inconveniente —dijo. Jellison asintió y Hardy se dirigió a la puerta.

—Callaos y escuchad —pidió.

Steve Cox se acercó al podio y solicitó atención, mientras Hardy condujo a Tim y una docena de manos le ayudaron a subir a la plataforma. Alguien movió la silla del senador hacia la puerta, para que pudiera oír. El alcalde y el jefe de policía estaban detrás de él, inclinados hacia adelante. Tim no podía ver a Maureen.

Tim se apoyó en el atril, ante centenares de ojos y tomó más whisky. Se sintió reconfortado. La sala casi había quedado en silencio. Nadie hablaba, excepto los recién llegados que se amontonaban en la puerta, y se oían los siseos de los que ya estaban dentro. Nunca había hablado ante un auditorio presente... antes de que cayera el cometa. Estaban demasiado cerca, eran demasiado reales, podía olerlos. Vio que George Christopher se abría paso entre la muchedumbre, como un rompehielos, avanzando triunfante, como Beowulf mostrando el brazo del monstruo Grendel, y observó que todos ellos tenían aquel aspecto de triunfo. Y aguardaban expectantes.

—Primero las buenas noticias —dijo Tim—. La central eléctrica todavía funciona. Esta tarde fuimos atacados. Los derrotamos, pero a duras penas. Algunos murieron, otros están heridos y más morirán a causa de las heridas. Ya sabéis que la mayor parte de la Nueva Hermandad no estaba allí...

Se oyeron aplausos y risas triunfantes. Tim debió haberlo esperado de los guerreros que diezmaron al grueso de la Nueva Hermandad, pero no lo había hecho. Se sintió conmocionado. ¿A qué venían aquellos gritos, la bebida, el baile y las bravatas mientras los hombres y mujeres que Tim Hamner había dejado atrás aguardaban la muerte? Cuando las voces se acallaron, habló en tono airado.

—El general Baker ha muerto. La Nueva Hermandad, no.

Observó las reacciones de cólera e incredulidad.

—No volverán aquí —gritó alguien. Otras voces le corearon.

—Dejadle hablar —ordenó George Christopher—. ¿Qué sucedió?

La sala quedó en silencio de nuevo.

—La primera vez, los de la Hermandad se acercaron a nosotros con botes. No fue difícil alejarlos. Luego oímos por la radio que estabais luchando con ellos e imaginamos que aquello sería el fin. Dijisteis que habíais ganado.

Se agarró al atril y recordó el júbilo que habían sentido en la central de San Joaquín cuando recibieron la noticia de la victoria de la fortaleza.

—Pero hoy han vuelto. Tenían una gran balsa protegida con sacos de arena, y llevaban morteros. Permanecieron fuera del alcance de nuestras armas, y nos bombardearon. Uno de los proyectiles alcanzó una tubería de vapor, y la gente de Price lo pasó muy mal para repararla. Otro proyectil alcanzó a Jack Ross.

Tim observó que George Christopher perdía su sonrisa de triunfo.

—Jack estaba vivo cuando lo sacamos del bote y lo pusimos en la camioneta. Pero murió cuando llegamos aquí. Otro mortero estalló delante de mí. Cayó en los sacos de arena que habíamos colocado en lo alto de la torre de enfriamiento, donde teníamos la radio. Mató al chico que estaba a mi lado y destrozó la radio. Un trozo de metralla se me incrustó en el hueso de la cadera, y todavía sigue ahí.

»Siguieron con su táctica, permaneciendo fuera del alcance de nuestras armas. Los hombres de Price habían fabricado algunos cañones. Estaban hechos con tuberías, se cargaban por la boca y funcionaban con aire comprimido, pero no eran bastante precisos. No pudimos alcanzar la gabarra. Y los malditos morteros seguían lloviendo sobre nosotros. Baker salió con algunos hombres en botes. Tampoco dio resultado. Los de la Hermandad tenían ametralladoras y los botes no podían acercarse lo suficiente... Además, el enemigo estaba protegido con los sacos de arena. Finalmente, Baker volvió con los botes e hizo bajar a todo el mundo.

Por el rabillo del ojo Tim vio a Maureen en el umbral del despacho del alcalde. Estaba detrás de su padre, apoyando una mano en su hombro. Eileen estaba cerca de ella.

—Teníamos un bote de carreras que usábamos como remolcador, la Cindy Lu. Johnny dijo a Barry Price que había sido piloto de caza, y le habían enseñado que siempre había una forma de no fallar. Subió a la Cindy Lu y se lanzó a toda velocidad contra la gabarra. La cubrió de gasolina. En la cubierta llevaba gasolina extra y bombas de termita. Después la Hermandad vino con sus otros botes, pero entonces estaban a tiro y les hicimos algún daño. Finalmente se marcharon.

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