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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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El día se hizo más cálido, pero no para Harvey y Marie. El viento que se levantaba del mar de San Joaquín traía el frío de la Sierra. A lo largo de la mañana nublada el enemigo siguió avanzando. A mediodía habían alcanzado el extremo del valle y empezaban a subir las laderas hacia las últimas defensas.

—Permaneced a la escucha —dijo Alice. Ahora parecía excitada, no atemorizada.

—¿Para qué? —quiso saber Harvey.

—Para vigilar e informar —dijo Alice—. Por eso estáis ahí. No puedo ver...

Algo sucedía en las colinas. Unos hombres habían empujado una cosa enorme, que parecía un vagón, lo empujaron y cayó rodando por la ladera, hasta detenerse a unos cientos de metros del puente reparado. Permaneció allí, inmóvil durante treinta segundos... y estalló. Surgió una nube inmensa y el viento la llevó hacia el puente y más allá, hasta cubrir a los atacantes.

Desde todas las colinas, salían volando unos objetos que caían lentamente. Los hombres empujaban pesadas estructuras de madera, cajas provistas de largos brazos que lanzaban diminutos objetos negros con una trayectoria curva.

—¡Catapultas! —gritó Harvey.

Lo eran, en efecto. Harvey no sabía con qué las hacían funcionar. Probablemente con cuerdas de nylon, tal vez con los cabellos donados por las mujeres cartaginesas...

Las catapultas no tenían mucho alcance, pero no lo necesitaban. Arrojaban unos tarros que, al chocar y romperse, producían una humareda amarilla. El viento arrastraba aquel humo por el valle, donde avanzaba el enemigo. Los hombres de la Nueva Hermandad gritaron aterrorizados. Arrojaban sus armas, corrían desesperados, se desgarraban las ropas, se lanzaban al río para ser arrastrados por la corriente. Luchaban por pasar al otro lado del puente, y desde las colinas los rifles disparaban sin cesar, derribando a los que huían. Las catapultas vertían una lluvia continua de tarros ardientes, renovando la mortífera humareda amarilla.

—¡Están huyendo! —A Harvey se le quebró la voz mientras gritaba por el micrófono—. ¡Están cayendo como moscas! Dios mío, por lo menos hay quinientos de ellos ahí abajo.

—¿Qué les ocurre a los que no han cruzado el río? —La voz era de Alice Cox, pero la pregunta debía ser de Hardy.

—Están cargando los camiones.

—¿Y sus armas? ¿Las abandonan?

Harvey exploró con los prismáticos.

—Sí. No han recogido todos los morteros... Ahí va uno de sus camiones.

Harvey se estremeció. La camioneta, con una carga de hombres jadeantes y aterrados, bajó por la carretera a toda velocidad y no redujo la velocidad al llegar al puente. Doce hombres cayeron desde el puente al agua, y la camioneta siguió adelante, abandonando a su suerte a los que habían caído.

—En ese camión llevaban dos ametralladoras —informó Harvey—. Parece que se marchan.

El gas no había cubierto el valle por completo, y algunos miembros de la Nueva Hermandad pudieron escapar. Muchos huían gritando, desarmados, pero Harvey vio que otros se detenían, buscaban una ruta y partían llevando armas pesadas. Se llevaron dos de los morteros antes de que las catapultas cerraran aquella vía de escape. Harvey informó de las zonas todavía expeditas, y minutos más tarde contempló como lanzaban recipientes de gas a cada una de ellas.

—Algo sucede corriente arriba —gritó Harvey—. No puedo ver...

—No se preocupe por eso —dijo Alice, y preguntó—: ¿Está libre de gas la carretera que lleva a la reserva?

—Espera un segundo... Sí.

—Espera.

Poco después bajaron unos camiones por aquella carretera. Transportaban indios de Tallman y más rancheros. Harvey creyó reconocer a George Christopher en uno de los camiones. Avanzaron en busca del enemigo en desbandada, pero se detuvieron en lo alto de la colina, más allá del cruce de carreteras. Ahora le tocaba a la fortaleza desplegarse y explorar, buscar puntos débiles, limpiar las carreteras...

Entretanto, detrás de ellos el valle se había convertido en un mundo irreal. Su extraña atmósfera teñida de amarillo era mortal para los hombres desprovistos de trajes especiales. Su fauna había sido transfigurada: los cuadrúpedos se movían lentamente y los hombres eran una especie de reptiles, algunos armados con aguijones metálicos, cada vez más torpes en sus movimientos hasta que la mayoría parecían quedar en hibernación y muy pocos se movían. Se arrastraban como caracoles sobre sus vientres y avanzaban a paso de caracol hacia el río, dejando tras de sí regueros rojos. Los peces del río surgieron momentáneamente a la superficie, con una agilidad increíble, pero de repente dejaron de moverse y flotaron con las aletas inútiles oscilando en la corriente.

Cuando llegó la noche, el silencio era el de un mundo muerto y desierto.

LOS RESULTADOS

Desde el Lejano Oriente os envío un solo pensamiento, una única idea, escrita en rojo en todas las cabezas de playa desde Australia hasta Tokyo: «No hay nada igual a la victoria.»

General Douglas MacArthur

Estaba demasiado oscuro para ver. Un viento frío soplaba desde la Sierra. Harvey se volvió hacia Marie.

—Victoria.

—¡Sí! ¡Lo conseguimos! ¡Dios mío, Harvey, estamos a salvo!

La oscuridad le impedía ver su rostro, pero Harvey sabía que debía sonreír como una idiota.

Puso en marcha el furgón. Alice le había dicho que se mantuviera alejado del valle y de la carretera principal. Tenían que dirigirse a la fortaleza por la polvorienta cañada. Cambió de marcha y avanzó cautelosamente. La luz de los faros iluminaba el camino, bastante nivelado, pero la inclinación hacia la izquierda era pronunciada, y Harvey sabía que se estaban hundiendo en la superficie de barro. Sería fácil caer por el borde. Era terrible pensar que podrían morir después de que hubiera terminado la batalla, pero no era más que una mala carretera, y Harvey ya había pasado por muchas iguales o peores.

Se sintió alegre. Tenía que refrenar los deseos de acelerar el motor. Nunca había tenido con tal intensidad la sensación de estar vivo. Rodearon la montaña y cruzaron la colina que marcaba el inicio de las posesiones del senador. Entonces aceleró y condujo a través del barro a toda velocidad, por encima de los surcos y los baches, peligrosamente. El furgón brincaba como si compartiera su alegría.

Corrieron como si huyeran de algo. Harvey lo sabía, y sabía también que si pensaba en ello, en lo que había visto, no sentiría alegría sino una tristeza infinita. Allá, en aquel valle donde se había librado la batalla, había centenares de personas de todas las edades, hombres, mujeres, muchachos, arrastrándose con los pulmones destrozados, dejando regueros de sangre que habían sido visibles a través de los prismáticos hasta que las sombras piadosas de la noche cayeron sobre la tierra: los moribundos, los que habían sobrevivido al fin del mundo.

—Harvey, no puedes pensar en ellos como personas.

—¿Tú también piensas en eso?

—Sí, un poco. ¡Pero estamos vivos! ¡Hemos ganado!

El furgón dio un brinco en lo alto de un pequeño altozano, y las cuatro ruedas abandonaron brevemente el suelo, pero a Harvey no le importó.

—Hemos luchado nuestra última batalla —gritó—. Se acabó la guerra. —Se sintió lleno de euforia. El mundo volvía a ser un lugar encantador. Que los muertos enterraran a los muertos. Harvey Randall estaba vivo, y el enemigo derrotado.— ¡Salud a los héroes que regresan! Pero, diablos, tú has sido más heroica que yo. Yo hubiera echado a correr si no hubieses estado ahí para impedírmelo. Pero no pude. El orgullo viril... Los hombres no pueden huir si les observan las mujeres. No sé por qué hablo tanto. ¿Por qué no dices nada?

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