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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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Un mes después de mi llegada a la okiya, Mamita me dijo que había llegado el momento de empezar mi enseñanza. Al día siguiente iba a acompañar a Calabaza para que me presentara a las maestras. Luego Hatsumono me llevaría a un lugar llamado el Registro, del que nunca había oído hablar, y más tarde vería cómo se pintaba y se ponía el kimono. Era una tradición de las okiyas que el día que una chica empezaba su enseñanza, observara cómo se arreglaba la geisha más antigua.

Cuando Calabaza se enteró de que al día siguiente tenía que llevarme a la escuela se puso muy nerviosa.

– Tendrás que estar preparada en cuanto te despiertes -me dijo-. Si llegamos tarde, más nos vale ahogarnos en el arroyo.

Había visto a Calabaza fregar la okiya todas las mañanas, tan temprano que todavía tenía los ojos pegados por el sueño; y cuando se iba siempre parecía a punto de llorar. En realidad, cuando oía pasar sus zapatos de madera frente a la ventana de la cocina, a veces me parecía que iba llorando. No se le daba bien la escuela, o mejor dicho, se le daba fatal. Había llegado a la okiya casi seis meses antes que yo, pero sólo había empezado a ir a la escuela una semana o así después de mi llegada. La mayoría de los días, cuando volvía para el almuerzo, se escondía directamente en las habitaciones de las criadas para que nadie viera lo triste que estaba.

A la mañana siguiente, me desperté más temprano de lo normal y me puse por primera vez el vestido azul y blanco que llevan las escolares. No era más que un traje de algodón sin forro con un estampado infantil de cuadros. Estoy segura de que no tenía un aspecto más elegante que un huésped en una posada cubierto con un batín camino del baño. Pero nunca había puesto sobre mi cuerpo nada tan sofisticado.

Calabaza me esperaba en el portal con una mirada preocupada. Estaba a punto de deslizar los pies dentro de los zapatos cuando la Abuela me llamó a su cuarto.

– ¡No vayas! -dijo Calabaza en voz baja; y su cara se arrugó como cera derretida-. Volveré a llegar tarde. Vayámonos y hagamos como que no la hemos oído.

Me hubiera gustado hacer lo que Calabaza proponía, pero la Abuela apareció en el umbral de su habitación, clavando sus ojos en mí desde el otro lado del vestíbulo. No me retuvo más de diez o quince minutos, pero para cuando volví, Calabaza tenía los ojos inundados de lágrimas. Cuando por fin emprendimos nuestro camino, empezó a andar tan rápido que yo apenas podía seguirla.

– Qué mala es esa vieja -dijo-. No dejes de poner la mano en un plato con sal después de darle el masaje en el cuello.

– ¿Y para qué?

– Mi madre solía decirme que el Mal se extiende por el mundo a través del tacto. Y sé que es verdad porque mi madre se rozó con un demonio que pasó a su lado en la calle una mañana, y por eso se murió. Si no purificas tus manos, te volverás una mojama arrugada como la Abuela.

Considerando que Calabaza y yo teníamos la misma edad y nos encontrábamos en las mismas extrañas circunstancias, estoy segura de que habríamos hablado frecuentemente si hubiéramos podido. Pero nuestras tareas nos mantenían tan ocupadas que apenas teníamos tiempo, ni siquiera para comer, lo que Calabaza hacía antes que yo porque era más antigua en la okiya. Yo sabía que Calabaza había llegado seis meses antes que yo, como ya he mencionado. Pero poco más sabía de ella. Así que le pregunté:

– ¿Eres de Kioto, Calabaza? Por el acento lo pareces.

– Nací en Sapporo. Pero mi mamá murió cuando yo tenía cinco años, y mi padre me envió aquí a vivir con unos tíos. El año pasado mi tío se arruinó, y aquí me tienes.

– ¿Y por qué no te escapas y vuelves a Sapporo?

– A mi padre le echaron un mal de ojo y murió el año pasado. No puedo escaparme. No tengo adonde ir.

– Cuando encuentre a mi hermana -le dije-, podrás venirte con nosotras. Nos escaparemos juntas.

Teniendo en cuenta lo mal que lo estaba pasando Calabaza en la escuela, esperaba que mi oferta la pusiera contenta. Pero no dijo nada. Habíamos llegado a la Avenida Shijo y la cruzamos en silencio. Ésta era la misma avenida que había estado tan llena de gente el día que el Señor Bekku nos había traído a Satsu y a mí de la estación. Pero aquel día, como era tan temprano, sólo se veía un tranvía a lo lejos y unos cuantos ciclistas aquí y allá. Cuando llegamos al otro lado, tomamos una calle estrecha, y entonces Calabaza se detuvo por primera vez desde que habíamos salido de la okiya.

– Mi tío era un buen hombre -dijo-. Lo último que le oí decir antes de separarnos fue: «Unas chicas son listas y otras son tontas. Tú eres una chica bonita, pero de las tontas. No podrás desenvolverte sola en el mundo. Te voy a enviar a un sitio donde te dirán lo que tienes que hacer. Haz lo que te dicen, y siempre cuidarán de ti». Así que si tú te quieres ir, Chiyo-chan, vete. Pero yo… yo he encontrado el sitio en el que voy a pasar mi vida. Trabajaré todo lo que pueda para que no me echen. Pero antes me tiro por un precipicio que perder la oportunidad de ser una geisha como Hatsumono -aquí Calabaza se interrumpió. Miraba algo detrás de mí, en el suelo-. ¡Oh, dios mío!, Chiyo-chan -dijo-, ¿no te entra hambre?

Me volví y me encontré ante el portal de otra okiya. En un estante, al otro lado de las puertas, había un altar shinto en miniatura con una ofrenda consistente en un pastel de arroz. Me pregunté si sería aquello lo que había visto Calabaza, pero tenía la vista fija en el suelo. Unos cuantos helechos y un poco de musgo bordeaban el caminito de guijarros que conducía a las puertas interiores, pero no se veía nada más. Entonces di con ello. Fuera de las puertas, al borde de la acera, había tirada una brocheta en la que quedaba un trocito de calamar asado a la brasa. Por la noche pasaban carritos vendiéndolas. El olor dulzón de la salsa con la que los rociaban solía ser un tormento cotidiano, pues la mayoría de las comidas de las chicas como nosotras no constaban más que de arroz con algún encurtido y un cuenco de sopa al día y unas pequeñas porciones de pescado seco dos veces al mes. Pero ni así podía encontrar apetitoso aquel trozo de pescado tirado en el suelo. Dos moscas lo exploraban, tan tranquilas como si hubieran salido a dar un paseo por el parque.

Calabaza tenía pinta de engordar rápidamente si se le daba la oportunidad. A veces oía cómo le sonaban las tripas de hambre, y hacían tanto ruido como una puerta enorme al abrirse. Sin embargo, no creía que estuviese realmente planeando comerse el trozo de calamar, hasta que la vi mirar hacia un lado y el otro de la calle para asegurarse de que no venía nadie.

– Calabaza, por lo que más quieras -le dije-, si tienes hambre, llévate el pastel de arroz del altar. Las moscas ya se han apoderado del calamar.

– Yo soy más grande que ellas -dijo-. Además, no estaría bien comerse el pastel de arroz. Es una ofrenda.

Dicho lo mal, se agachó para tomar la brocheta.

Es cierto que yo me crié en un lugar en el que los niños probaban a comerse todo lo que se moviera. Y he de admitir que en una ocasión, cuando tenía cuatro o cinco años, me comí un grillo, pero sólo porque alguien me hizo una broma. Pero ver a Calabaza con aquel trozo de calamar pinchado en un palito, rebozado con polvo de la calle y dos moscas pegadas… Lo sopló para espantarlas, pero las moscas se limitaron a moverse para mantener el equilibrio.

– Calabaza, no puedes comerte eso -le dije-. Es como si te pusieras a limpiar los adoquines con la lengua.

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