Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
Capítulo cuatro
Si hubiera perdido los brazos y las piernas, en lugar de mi familia y mi hogar, no creo que me hubiera sentido peor de lo que me sentí durante los primeros días en aquel lugar extraño. Estaba convencida de que la vida no volvería a ser igual. Sólo podía pensar en mi confusión y mi miseria; y un día tras otro me preguntaba cuándo volvería a ver a Satsu. Me faltaban mi padre, mi madre e incluso la ropa que había llevado siempre. Sin embargo, después de una o dos semanas, lo que más me asombraba es que había logrado sobrevivir. Recuerdo un momento en que estaba en la cocina secando los cuencos del arroz, cuando de pronto me sentí tan perdida que tuve que parar lo que estaba haciendo y mirarme las manos durante un buen rato, pues no me cabía en la cabeza que aquella persona que estaba secando los cuencos fuera realmente yo.
Mamita me había dicho que si trabajaba mucho y me portaba bien empezaría mi aprendizaje en pocos meses. Como me informó Calabaza, el aprendizaje significaba ir a otra zona de Gion a tomar lecciones de música, de baile y de la ceremonia del té. Todas las chicas que se preparaban para ser geishas iban a la misma escuela. Estaba segura de que cuando me dejaran ir encontraría allí a Satsu; así que hacia el final de la primera semana, decidí ser tan obediente como una vaca atada a una soga, en la esperanza de que Mamita me enviara lo antes posible a la escuela.
La mayoría de mis tareas eran muy sencillas. Recogía los futones por la mañana, limpiaba las habitaciones, barría el pasaje y otras cosas por el estilo. A veces me mandaban a la farmacia a comprar ungüento para los sabañones de la cocinera o a una tienda de la Avenida Shijo a buscar las galletas de arroz que tanto le gustaban a la Tía. Por suerte, las peores tareas, como limpiar los retretes, le correspondían a una de las sirvientas más mayores. Pero aunque trabajaba todo lo que podía, nunca me parecía causar la buena impresión que yo esperaba, porque cada día tenía más que hacer y me era imposible terminarlo todo; y la Abuela venía a complicar aún más las cosas.
Entre mis tareas, tal como me las había descrito la Tía, no se encontraba el cuidado de la Abuela. Pero cuando la Abuela me llamaba, yo no podía hacer que no la oía, porque era la más antigua de la okiya. Un día, por ejemplo, estaba a punto de subirle el té a Mamita, cuando la Abuela empezó a dar voces:
– ¿Dónde está esa chica? ¡Que venga inmediatamente!
Tuve que dejar la bandeja de Mamita y apresurarme al cuarto donde estaba comiendo la Abuela.
– ¿No te das cuenta de que esta habitación está demasiado caliente? -me dijo, después de que yo me hubiera postrado en una profunda reverencia-. Deberías haber entrado a abrir las ventanas.
– Lo siento, Abuela. No sabía que tuviera calor.
– ¿Es que no lo parece?
Estaba comiendo arroz, y se le habían quedado pegados unos granos en el labio inferior. Pensé que parecía más miserable que acalorada, pero me dirigí a la ventana y la abrí. En cuanto la abrí, entró una mosca que empezó a zumbar alrededor del plato.
– Pero ¿tú estás bien de la cabeza? -me dijo alejando la mosca con los palillos-. Las otras chicas no dejan entrar moscas cuando abren la ventana.
Le pedí perdón y le dije que iría a buscar un matamoscas.
– ¿Para qué? ¿Para matarme la mosca en el plato? ¡No, no lo harás! Lo que vas a hacer es quedarte aquí a mi lado mientras como y espantármela cada vez que se acerque.
Así que tuve que quedarme allí mientras la Abuela terminaba de comer y me hablaba del gran actor de Kabuki Ichimura Uzaemon XIV, que le había tomado la mano durante una fiesta a la luz de la luna, cuando ella tenía catorce años. Para cuando me dejó ir, el té de Mamita estaba tan frío que ni siquiera pude llevárselo. Y tanto ella como la cocinera se enfadaron conmigo.
La verdad era que a la Abuela no le gustaba estar sola. Incluso cuando tenía que ir al retrete, hacía que la Tía la esperara fuera, agarrándole las manos para ayudarle a mantenerse en cuclillas sin perder el equilibrio. El olor era tan espantoso que la pobre Tía casi se rompía el cuello en su intento de alejar las narices lo más posible. Yo no tenía ninguna tarea tan horrible como ésta, pero la Abuela solía llamarme para que le diera un masaje mientras ella se limpiaba las orejas con una cucharilla de plata; y la tarea de darle masaje era bastante peor de lo que uno se pueda imaginar. Casi me mareo la primera vez que se desabrochó el vestido y se descubrió los hombros, pues tenía la piel amarillenta y llena de rugosidades como un pollo crudo. El problema, como supe más tarde, era que en sus días de geisha había utilizado un tipo de maquillaje blanco que llamamos «arcilla de China», que está hecho con una base de plomo. Para empezar, la arcilla de China era venenosa, lo que probablemente explicaba en parte la locura de la Abuela. Pero además, de joven, la Abuela había acudido a menudo a las termas al norte de Kioto. No habría habido ningún mal en ello, si no fuera porque aquel maquillaje era muy difícil de quitar totalmente; y los restos se combinaban con algún componente químico presente en el agua, produciendo un tinte que terminó destrozándole la piel. La Abuela no era la única aquejada por este problema. Todavía durante los primeros años de la II Guerra Mundial, se veían por las calles de Gion ancianas con la piel del cuello amarilla y rugosa como la de un pollo.
Un día, cuando llevaba en la okiya unas tres semanas, subí mucho más tarde de lo normal a arreglar el cuarto de Hatsumono. Hatsumono me daba mucho miedo, aunque, en realidad, apenas la veía, porque estaba siempre ocupada. Me preocupaba lo que sucedería si me encontraba sola, así que siempre intentaba limpiar su habitación en cuanto ella se iba a sus lecciones de danza. Por desgracia, aquella mañana, la Abuela me había retenido con ella casi hasta el mediodía.
El cuarto de Hatsumono era el más grande de la okiya; ocupaba más espacio que toda mi casa de Yoroido. No podía imaginarme por qué era mucho más grande que los del resto, hasta que una de las sirvientas me explicó que aunque entonces Hatsumono era la única geisha que vivía en la okiya, en el pasado había habido hasta tres o cuatro; y todas dormían juntas en la misma habitación. Puede que Hatsumono viviera ahora sola, pero ciertamente ensuciaba como cuatro. Cuando subí a su cuarto aquel día, además de todas las revistas esparcidas aquí y allá y los cepillos tirados en las esteras junto a su pequeño tocador, encontré un corazón de manzana y una botella de whisky vacía debajo de la mesa. La ventana estaba abierta, y la brisa debía de haber tirado la percha en la que había colgado el kimono por la noche -o tal vez la había tirado al irse a acostar ebria y no se había molestado en levantarla-. Normalmente, la Tía lo tendría que haber recogido ya, pues ella era la encargada de la ropa, pero por una razón u otra no lo había hecho. Justo cuando estaba levantando la percha, se abrió la puerta de pronto, y cuando me volví vi a Hatsumono parada en el umbral.
– ¡Ah, eres tú! -dijo-. Me había parecido oír una rata o algo así. Ya veo que has estado ordenándome el cuarto. ¿Eres tú la que coloca los tarros de maquillaje? ¿Por qué te empeñas en ordenarlos?
– Lo siento, señora -dije-. Los muevo sólo para limpiar el polvo por debajo.
– Pero si los tocas, empezarán a oler como tú -dijo-. Y entonces los hombres me dirán: «Hatsumono-san, ¿por qué hueles como una chica de pueblo?». Estoy segura de que has entendido, ¿verdad? Pero para estar más segura vas a repetirlo. ¿Por qué no quiero que toques mis tarros de maquillaje?