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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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«Si realmente la necesitas», le había dicho la mujer de los huesos.

Richard dejó caer la piedra noche en la palma de su mano. La gruta se iluminó. El joven no perdió tiempo escrutando los dibujos individuales, sino que inmediatamente se metió más adentro, buscando dónde acababan. Por el rabillo del ojo vio la primera sombra que se materializaba, aunque aún se hallaba muy lejos de él. Así pues, siguió adelante.

Cuando, finalmente, llegó al final de los dibujos, las sombras casi se le habían echado encima. Richard se guardó la piedra noche en la bolsa de piel. A oscuras y con los ojos muy abiertos, contuvo la respiración, esperando el doloroso contacto de la muerte. Pero éste no llegó. La única luz era un débil resplandor con un brillante punto en el centro —la entrada—, aunque no era suficiente para ver los dibujos. Richard sabía que tendría que recurrir de nuevo a la piedra noche.

Pero antes se metió una mano en el bolsillo y buscó por el tacto el suave y pegajoso palito que Zedd le había dado. Con éste firmemente agarrado, volvió a sacar la piedra noche. Por un instante la luz lo cegó. El joven giró la cabeza, buscando.

Y entonces lo vio. El hombre del dibujo era casi tan alto como él, pero el resto del dibujo aún era más grande. Pese a lo rudimentario del esbozo, Richard no tuvo ninguna dificultad en reconocerse. Llevaba en la mano derecha una espada con la palabra Verdad escrita en ella. Alrededor de su figura había un mapa, similar al que Kahlan había dibujado en el suelo. En uno de los lados la línea del contorno comprendía el río Callisidrin y cruzaba el centro del puente, donde Richard había topado con la pared invisible.

Las sombras lo llamaban por su nombre. Al alzar la vista, el joven vio manos que trataban de alcanzarlo. Rápidamente guardó la piedra noche en la bolsa y apretó la espalda contra la pared de la cueva, sobre su dibujo, oyendo los latidos de su corazón. Consternado, se dio cuenta de que el dibujo era demasiado grande para poder borrar todo el círculo que lo rodeaba. Si solamente borraba una parte, no tendría modo de saber dónde se hallaba el agujero, ni cómo conseguir que ese agujero se abriera justamente en la cueva.

El joven se separó de la pared con la idea de tener una mejor perspectiva de su dibujo cuando sacara de nuevo la piedra noche. Enseguida chocó contra el obstáculo invisible. Su corazón dejó de latir por un instante. La trampa se cerraba sobre él. Apenas le quedaba tiempo.

Rápidamente sacó la piedra noche y empezó a borrar la espada, con la esperanza de borrar así su identidad y de liberarse del hechizo. Las líneas se borraban con gran dificultad. Richard retrocedió un paso, para mirar, y chocó contra la pared. Las sombras tendían sus manos hacía él y lo llamaban con voz seductora.

Richard volvió a meter la piedra noche en la bolsa y esperó en la oscuridad, respirando entrecortadamente, sabiéndose atrapado y sintiéndose al borde de un ataque de pánico. Sabía que no podía borrar el dibujo y, al mismo tiempo, combatir a las sombras con la espada: ya había luchado contra ellas antes y sabía que era imposible. Los pensamientos le daban vueltas en la cabeza. Un hombre, que sostenía una de las antorchas de junco y tenía pintada en el rostro una sonrisa empalagosa, se acercó a él. Era James, el artista.

—Creí que te encontraría aquí. He venido a mirar. ¿Necesitas ayuda?

Por su manera de reír, era evidente que no pensaba ayudarlo. James sabía que, con la pared invisible que los separaba, el Buscador no podía usar la espada contra él y se reía de la impotencia del joven.

Richard echó un rápido vistazo a ambos lados. A la luz de la antorcha distinguía el dibujo. Ahora notaba ya la pared invisible contra el hombro, que lo empujaba contra el muro de la cueva. El joven sintió una sensación de náusea y mareo por el contacto. Sólo un paso lo separaba de la pared de la cueva. En pocos segundos estaría rodeado, aplastado o envenenado.

El joven se volvió hacia el dibujo. Mientras con una mano trabajaba, con la otra buscaba algo en el bolsillo, del que sacó el palito con el que, según Zedd, podía modificar el dibujo.

James se inclinó hacia adelante, riéndose entre dientes, tratando de ver qué hacía el Buscador. La risita cesó.

—Eh, ¿qué estás haciendo?

Sin responder, Richard siguió borrando la mano derecha de la figura.

—¡Detente! —gritó James.

Richard siguió borrando, sin hacerle caso. El artista arrojó la antorcha al suelo y se sacó del bolsillo un palito. Inmediatamente empezó a dibujar rápidamente y a grandes trazos. Mechones de su grasiento cabello le caían sobre el rostro mientras se afanaba dibujando, concretamente una figura. Estaba dibujando otro hechizo. Richard sabía que, si James acababa antes que él, no tendría una segunda oportunidad.

—¡Detente, loco estúpido! —gritaba James, dibujando a toda prisa.

La pared invisible presionaba a Richard en la espalda, empujándolo contra el muro de la cueva. Apenas tenía espacio para mover los brazos. James había dibujado una espada y empezaba escribir la palabra Verdad.

Richard cogió su palito para dibujar y de un trazo conectó ambos lados de la muñeca de la figura, dibujando un muñón, justo como el que tenía James.

Al levantar el palito de la pared, sintió cómo la presión en la espalda desaparecía así como la sensación de náusea.

James lanzó un chillido.

Al volverse, Richard lo vio retorciéndose en el suelo de la gruta, hecho un ovillo y vomitando. Con un estremecimiento, el joven recogió la antorcha.

El artista lo miró con ojos suplicantes.

—Yo… no pretendía matarte… sólo hacerte prisionero…

—¿Quién te dijo que me lanzaras el hechizo?

James esbozó una leve sonrisa perversa.

—La mord-sith —susurró—. Vas a morir…

—¿Qué es una mord-sith?

Richard oyó cómo a James se le cortaba la respiración, como si lo estrujaran, y cómo sus huesos cedían. No podía decir que lo sintiera. Aunque no sabía qué era una mord-sith, no pensaba quedarse allí para averiguarlo. De pronto, se sintió muy solo y vulnerable. Tanto Zedd como Kahlan lo habían advertido que en la Tierra Central vivían muchas criaturas, muchos seres mágicos que eran peligrosos y de los que él nada sabía. El joven se dijo que odiaba la Tierra Central y la magia. Él sólo quería reunirse con Kahlan.

Richard corrió hacia la entrada de la cueva, dejando caer la antorcha por el camino. Al salir se encontró de pronto con el brillante sol y tuvo que protegerse los ojos, al mismo tiempo que se detenía. Entrecerrando los ojos, distinguió un círculo de personas a su alrededor. Eran soldados vestidos con uniformes de piel oscura y cota de mallas, con espadas colgadas del hombro y hachas de batalla que les pendían del ancho cinto.

En cabeza, frente a la gruta, había alguien distinto, una mujer de larga melena color caoba peinada en una suelta trenza. Iba cubierta del cuello a los pies con un atuendo de piel que se le ajustaba como un guante. La piel era color rojo sangre, excepto una media luna y una estrella amarillas en el estómago. Richard se fijó en que los soldados llevaban en el pecho la misma media luna y estrella, sólo que en su caso eran rojas. La mujer lo contemplaba con una faz desprovista de toda emoción, exceptuando una leve sonrisa.

Richard adoptó una actitud de defensa, con los pies separados y la mano en la empuñadura de la espada, sin saber qué hacer ni qué pretendía aquella gente. Los ojos de la mujer se posaron brevemente en un punto situado por encima y detrás de Richard. El joven oyó cómo dos hombres saltaban al suelo desde la pared de roca que tenía a la espalda. Sentía cómo la espada le empezaba a transmitir su cólera a través de la mano posada en la empuñadura. No hizo nada para contenerla, al contrario; se dejó invadir por ella mientras apretaba los dientes.

La mujer chasqueó los dedos hacia los hombres situados detrás de Richard, y luego lo señaló a él, ordenando:

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