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La Maestria Del Amor: Una guía práctica Para el arte de las relaciones

Электронная книга - «La Maestria Del Amor: Una guía práctica Para el arte de las relaciones». Краткое содержание книги:

Una invitación a mejorar nuestras relaciones interpersonales es la que nos hace Miguel Ruiz. Según su experiencia, hay demasiados obstáculos basados en el miedo que destruyen el amor y dan paso al temido sufrimiento en nuestras relaciones. Este libro, de crecimiento personal, nos hace reflexionar y entender nuestros sentimientos más profundos, ayudándonos a comprender la mejor manera de canalizarlos y transformarlos en ese sentimiento que tanto nos cuesta expresar: el amor.
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La atracción cobra fuerza, pero no es a causa del cuerpo, sino de la mente, que está siguiendo un juego. El miedo se convierte en una obsesión, y así, el que sientes en relación a tu atracción sexual se intensifica. De este modo, cuando haces el amor con él, tienes una gran experiencia, pero no porque él sea maravilloso ni tampoco porque lo sea el sexo, sino porque liberas toda la tensión y todo el miedo. Entonces, para que vuelva a crecer de nuevo, la mente sigue creyendo en el juego de que es así por el hombre, pero eso no es verdad.

El drama sigue creciendo y no se trata de otra cosa que de un sencillo juego mental. Ni siquiera es real. Tampoco es amor, porque una relación como esta se vuelve muy destructiva. Es autodestructiva porque te hieres a ti misma y lo que más te duele es lo que crees. No importa que tus creencias sean correctas o incorrectas, buenas o malas, estás rompiendo con ellas, algo deseable cuando se hace a la manera del guerrero espiritual, pero no cuando se hace a la manera de la víctima. Y lo que estás haciendo es utilizar esa experiencia para adentrarte más profundamente en el infierno, no para salir de él.

Tu mente y tu cuerpo tienen unas necesidades completamente diferentes, pero la mente controla al cuerpo. Este tiene unas necesidades que no es posible evitar: comer, beber, guarecerse, dormir y satisfacerse sexualmente. Todas esas necesidades son completamente normales y muy fáciles de satisfacer. El problema reside en que la mente dice que esas son «sus» necesidades.

En nuestra mente creamos una imagen dentro de esta burbuja de ilusión. La mente se responsabiliza de todo. Piensa que tiene necesidad de comida, de agua, de cobijo, de ropa y de sexo, aunque lo cierto es que no la tiene, ya que no experimenta necesidades físicas. La mente no necesita comida, no necesita oxígeno ni agua, ni tampoco sexo. Pero ¿cómo sabemos que esto es verdad? Cuando tu mente dice: «Necesito comida» y comes, el cuerpo se siente completamente satisfecho, pero no la mente, que sigue pensando que todavía necesita más. Entonces sigues comiendo sin parar, y, aun así, no eres capaz de que tu mente se sienta satisfecha, porque esa necesidad no es real.

La necesidad de cubrir el cuerpo es otro ejemplo. Sí, el cuerpo necesita ser cubierto cuando el viento es demasiado frío o cuando el sol quema en exceso, pero quien tiene esa necesidad es el cuerpo y es fácil satisfacerla. Por eso, cuando la necesidad está en la mente, aunque te eches encima toneladas de ropa, la mente seguirá necesitando más. Entonces abres el armario, y aunque está lleno de ropa, tu mente no se siente satisfecha, así que dices: «No tengo nada que ponerme».

La mente necesita otro coche, otras vacaciones, una casa para invitar a tus amigos: todas esas necesidades que no eres capaz de satisfacer plenamente están en la mente. Pues bien, lo mismo ocurre con el sexo. Cuando la necesidad está en la mente, no es posible satisfacerla. Cuando la necesidad está en la mente también están ahí todo el juicio y todo el conocimiento, lo que hace muy difícil hacerle frente al sexo. La mente no necesita sexo. Lo que realmente necesita es amor, no sexo. Más que la mente, es tu alma la que necesita amor, porque tu mente es capaz de sobrevivir con el miedo. El miedo también es energía y alimento para la mente: no exactamente el alimento que deseas, pero funciona.

Necesitamos liberar al cuerpo de la tiranía de la mente, ya que cuando ésta deja de necesitar comida y sexo, todo resulta muy fácil. Para ello, el primer paso que hay que dar es dividir las necesidades en dos categorías: en las necesidades que tiene el cuerpo, y en las necesidades que tiene la mente.

La mente confunde las necesidades del cuerpo con las suyas porque necesita saber: «¿Quién soy yo?». Vivimos en un mundo de ilusión y no tenemos la menor idea de qué somos. Por lo tanto, la mente elabora todas estas preguntas. «¿Qué soy yo?» se convierte en el mayor misterio y cualquier respuesta satisface la necesidad de sentirse a salvo. La mente dice: «Yo soy el cuerpo. Yo soy lo que veo; yo soy lo que pienso; yo soy lo que siento; siento dolor; estoy sangrando».

La afinidad entre la mente y el cuerpo es tan grande que la mente se cree el siguiente postulado: «Yo soy el cuerpo». El cuerpo tiene una necesidad y la mente dice: «Yo necesito». La mente se toma como algo personal todo lo que tiene relación con el cuerpo porque intenta comprender «¿Qué soy yo?». Por eso resulta completamente normal que, en un momento determinado, la mente empiece a ganar control sobre el cuerpo. Y vives tu vida de esta manera hasta que sucede algo que te conmociona y te permite ver lo que no eres.

Sólo empiezas a cobrar conciencia cuando ves lo que no eres, cuando tu mente empieza a comprender que no es el cuerpo. Cuando se dice a sí misma: «Entonces, ¿qué soy yo? ¿Soy la mano? Si me corto la mano, todavía sigo siendo yo. Entonces, no soy la mano». Eliminas lo que no eres hasta que, al final, lo único que queda es lo que realmente eres. La mente atraviesa un largo proceso hasta descubrir su propia identidad. En ese proceso liberas tu historia personal, lo que te hace sentir seguro, hasta que finalmente comprendes lo que en verdad eres.

Descubres que no eres lo que crees que eres porque nunca escogiste tus creencias, que estaban ahí cuando naciste. Descubres que tampoco eres el cuerpo, porque empiezas a funcionar sin él. Empiezas a advertir que no eres el sueño, que no eres la mente. Y si profundizas más, te llegas a dar cuenta de que tampoco eres el alma. Entonces, lo que descubres resulta verdaderamente increíble. Descubres que lo que eres es una fuerza: una fuerza que le permite a tu cuerpo vivir, una fuerza que permite que tu mente sueñe.

Sin ti, sin esa fuerza, tu cuerpo se derrumbaría. Sin ti, todo tu sueño se disolvería hasta convertirse en nada. Lo que realmente eres es esa fuerza que es la Vida. Y si miras a los ojos de alguien que esté cerca de ti descubrirás esa conciencia propia, la manifestación de la Vida que brilla en ellos. La vida no es el cuerpo, no es la mente, no es el alma. Es una fuerza, y por medio de esta fuerza un recién nacido se convierte en un niño, en un adolescente, en un adulto; se reproduce y envejece. Cuando la Vida abandona el cuerpo, este se descompone y se convierte en polvo.

Eres Vida que atraviesa tu cuerpo, que atraviesa tu mente, que atraviesa tu alma. Y una vez que descubres esto, no con la lógica, no con el intelecto, sino porque la sientes, descubres que eres la fuerza que hace que se abran y se cierren las flores, que hace que el colibrí vuele de una flor a otra, que estás en cada árbol, en cada animal, en cada vegetal y en cada roca. Eres esa fuerza que mueve el viento y que respira a través de tu cuerpo. Todo el universo es un ser viviente movido por esa fuerza, y eso es lo que tú eres. Eres vida.

IX. La cazadora divina

En la mitología griega existe una historia sobre Artemisa, la cazadora divina. Artemisa era la cazadora suprema porque podía cazar sin tener que esforzarse demasiado. Satisfacía sus necesidades con gran facilidad y vivía en perfecta armonía con el bosque. Era amada por todos los animales, y ser cazado por ella se consideraba un honor. Nunca daba la impresión de estar cazando; todo lo que necesitaba se le acercaba y eso es lo que la convertía en la mejor cazadora, pero, a la vez, también, en la presa más difícil. Su forma animal era la de un ciervo mágico al que resultaba casi imposible cazar.

Y así vivió Artemisa en perfecta armonía con el bosque, hasta que, un día, el rey le dio una orden a Hércules, el hijo de Zeus, que iba en busca de su propia trascendencia. Le ordenó que cazara al ciervo mágico de Artemisa. Hércules, invicto hijo de Zeus, no se negó, y se adentró en el bosque para cumplir su misión. El ciervo, cuando vio a Hércules, no se asustó, e incluso le permitió acercarse. Sin embargo, al ver que éste se disponía a capturarlo, se alejó corriendo, poniendo claramente de manifiesto que a menos que sus dotes de cazador fuesen mejores que las de Artemisa, jamás podría cazarlo.

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