La Maestria Del Amor: Una guía práctica Para el arte de las relaciones
- Автор: Руис Дон Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Эзотерика
Электронная книга - «La Maestria Del Amor: Una guía práctica Para el arte de las relaciones». Краткое содержание книги:
Convertirte en cazador es el primer paso. Cuando Hércules acudió al bosque en busca de Artemisa, vio que no tenía posibilidades de capturar al ciervo. Entonces se fue a ver a Hermes, el supremo maestro, y aprendió a ser un cazador más hábil. Necesitaba ser mejor que Artemisa a fin de darle caza. Para cazarte a ti mismo también necesitas ser mejor cazador que el Parásito.
Si el Parásito trabaja veinticuatro horas al día, tú también tienes que trabajar veinticuatro horas al día. Pero el Parásito tiene una ventaja: te conoce muy bien. Te resulta imposible esconderte de él. El Parásito es la presa más difícil. Es la parte de ti que intenta justificar tu conducta delante de los demás, pero cuando estás solo, se convierte en el peor juez. Siempre está juzgando, culpando y haciéndote sentir culpable.
En una relación normal en el infierno, el Parásito de tu pareja se alía con tu Parásito en contra de tu verdadero yo. Tienes en tu contra no sólo a tu propio Parásito, sino también al Parásito de tu pareja, que se une al tuyo para hacer que el sufrimiento sea eterno. Ahora bien, si eres consciente de esto, podrás establecer un cambio. Podrás tener una mayor compasión hacia tu pareja y permitirle enfrentarse a su propio Parásito. Te sentirás feliz cada vez que ella dé un nuevo paso hacia la libertad, y serás consciente de que, cuando esté disgustada, entristecida o celosa, no estás tratando con la persona que amas sino con el Parásito que está poseyéndola en ese momento.
Cuando sabes que el Parásito está ahí y comprendes qué es lo que le está sucediendo a tu pareja, eres capaz de ofrecerle el espacio necesario para que se enfrente a él. Y dado que tú sólo eres responsable de tu mitad de la relación, le permitirás a ella que se ocupe de su propio sueño personal. De ese modo te resultará más fácil no tomarte como algo personal lo que tu pareja haga. Esto será de gran ayuda para la relación, porque no te tomarás a mal nada de lo que haga tu pareja. Ella estará despachando su propia basura, y si tú no te lo tomas como un asunto personal, te resultará muy fácil mantener una relación maravillosa con ella.
X. Ver con los ojos del amor
Si observas tu cuerpo descubrirás billones de seres vivos que dependen de ti. Cada célula es un ser vivo que depende de ti, y eres responsable de todos, ya que para ellos, tus células, tú eres Dios. Les proporcionas lo que necesitan; puedes amarlos o bien ser mezquino con ellos.
Las células de tu cuerpo te son totalmente leales; trabajan para mantener tu armonía. Hasta se puede decir que rezan por ti. Tú eres su Dios. Esa es la verdad absoluta. Y ahora que sabes esto, ¿qué vas a hacer?
Y no lo olvides, todo el bosque estaba en perfecta armonía con Artemisa, hasta que ésta cayó y perdió el respeto por él. Entonces, cuando recobró su conciencia, fue de flor en flor diciendo: «Lo siento; ahora volveré a ocuparme de ti». Y la relación entre Artemisa y el bosque volvió a ser, de nuevo, una relación de amor.
El bosque es tu cuerpo y bastará con que reconozcas esta verdad para decirle: «Lo siento; ahora volveré a ocuparme de ti». La relación entre tu cuerpo y tú, entre tú y todas esas células vivas que dependen de ti, puede convertirse en la relación más bella. Tu cuerpo y todas esas células vivas son perfectas en su mitad de la relación, del mismo modo que el perro es perfecto en su mitad. La otra mitad es tu mente. Tu cuerpo se ocupa de su mitad de la relación, pero la mente es la que abusa del cuerpo y lo trata con tanta mezquindad.
Piensa únicamente en cómo tratas a tu gato o a tu perro. Si eres capaz de tratar a tu cuerpo de la misma manera, verás que todo esto sólo es una cuestión de amor. Tu cuerpo está dispuesto a recibir todo el amor de la mente, pero la mente dice: «No, no me gusta esta parte de mi cuerpo. Mira que nariz tengo; no me gusta mi nariz. Mis orejas son demasiado grandes. Mi cuerpo está demasiado gordo. Mis piernas son demasiado cortas». La mente es capaz de imaginar todo tipo de cosas sobre el cuerpo.
Tu cuerpo es perfecto tal y como es, pero todos nosotros tenemos esos falsos conceptos sobre lo que es correcto e incorrecto, bueno y malo, bonito y feo. El problema reside en que, aunque sólo se trate de unos conceptos, nos los creemos. Con esa imagen de perfección en la mente, esperamos que nuestro cuerpo tenga una determinada apariencia, que se comporte de un modo concreto. Rechazamos nuestro propio cuerpo, cuando el cuerpo nos es totalmente leal. Y aun cuando no es capaz de hacer algo, debido a sus propias limitaciones, nosotros lo empujamos, y al menos, lo intenta.
Mira lo que haces con tu cuerpo. Si tú lo rechazas, ¿qué pueden esperar de ti los demás? Si lo aceptas, serás capaz de aceptar prácticamente a todo el mundo, todas las cosas. Esta es una cuestión de suma importancia cuando se aborda el tema del arte de las relaciones. La relación que tienes contigo mismo se refleja en las relaciones con los demás. Si rechazas tu propio cuerpo, cuando compartes tu amor con tu pareja, te sientes tímido. Piensas: «Mira mi cuerpo. ¿Cómo puede amarme con un cuerpo como éste?».
Entonces te rechazas a ti mismo y supones que la otra persona te rechazará exactamente por la misma razón. Y cuando rechazas a otra persona, la rechazas por las mismas razones por las que te rechazas a ti mismo.
Para crear una relación capaz de conducirte hasta el cielo, tienes que aceptar totalmente tu cuerpo. Tienes que amarlo y permitirle ser libre para ser, libre para dar, libre para recibir, sin timidez, porque la «timidez» no es otra cosa que miedo.
Piensa en cómo ves a tu perro. Lo miras con amor y disfrutas de su belleza. Que el perro sea bonito o feo no importa en absoluto. Eres capaz de extasiarte sólo con mirar la belleza de ese perro, porque no te preocupa poseer esa belleza. La belleza es sólo un concepto que hemos aprendido.
¿Crees que las tortugas o las ranas son feas? Miras una rana y ves que es preciosa, magnífica. Miras una tortuga y es preciosa. Todo lo que existe es magnífico, todo. Pero piensas: «Oh, eso sí que es feo», porque alguien te hizo creer en su día que había cosas bonitas y cosas feas, del mismo modo que alguien te hizo creer que hay cosas buenas y cosas malas.
No existe el menor problema en ser guapo o feo, bajo o alto, delgado o grueso. No existe el menor problema en ser magnífico. Si al cruzarte con un grupo de gente alguien te dice: «Oh, eres muy guapo», puedes decirle: «Gracias, lo sé», y seguir tu camino. Eso no cambia las cosas para ti. Pero si no crees que eres guapo y alguien te dice que lo eres, entonces eso sí que te afectará. Dirás: «¿De verdad lo soy?». Esta opinión te impresionará, claro, y te convertirá en una presa fácil.
Crees que necesitas esta opinión porque piensas que no eres guapo. ¿Te acuerdas de la historia de la cocina mágica? Si tienes toda la comida que necesitas y alguien te pide que le dejes controlarte a cambio de comida, le dirás: «No, gracias». Si deseas ser guapo, pero no crees serlo y alguien te dice: «Te diré siempre lo guapo que eres si me permites controlarte», tú le responderás: «Oh, sí, por favor, dime que soy guapo». Y permitirás que eso suceda porque crees que necesitas esa opinión.
Lo que verdaderamente importa no son las opiniones que provienen de los demás, sino tus propias opiniones. Eres guapo independientemente de lo que diga la mente. Eso es un hecho. No tienes que hacer nada porque ya tienes toda la belleza que necesitas. Ser guapo no te obliga a nada con nadie. Los demás son libres de ver lo que quieran. Mientras tú seas consciente de tu propia belleza y la aceptes, la opinión y los juicios de los demás sobre si eres guapo o no, no te afectarán en absoluto.