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Los coleccionistas [The Collectors - es]

Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:

l Camel Club entra de nuevo en acción. Son cuatro ciudadanos peculiares con una misma meta: buscar la verdad, algo difícil en Washington. Esta vez el asesinato del presidente de la Cámara de Representantes sacude Estados Unidos. Y el Camel Club encuentra una sorprendente conexión con otra muerte: la del director del departamento de Libros Raros y Especiales de la Biblioteca del Congreso. Los miembros del club se precipitarán en un mundo de espionaje, códigos cifrados y coleccionistas.
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– Escogí ese complejo de oficinas -añadió Annabelle-, porque alberga las sucursales regionales de varias empresas de Fortune 100. Cada día salen miles de cheques de esos sitios, y esas cuentas están repletas de dinero.

Al cabo de cinco horas, Freddy había reunido ochenta cheques.

– Estos están bastante limpios. Sin marcas de agua artificiales, bandas de alerta o recuadros de detección. -Llevó los cheques al pequeño taller que había montado en una habitación de la casa.

Con la ayuda de los demás, puso celo sobre la línea de la firma, por delante y por detrás de cada cheque, los colocó en una fuente para el horno grande y vertió quitaesmalte encima del papel. La acetona del quitaesmalte enseguida disolvió todo lo que no estaba escrito con tinta base. Cuando retiraron el celo de las líneas de la firma, básicamente lo único que quedaba eran ochenta cheques en blanco firmados por el presidente o director general de la empresa.

– Una vez alguien extendió un cheque falso a mi cuenta -dijo Leo.

– ¿Y qué hiciste? -preguntó Tony.

– Localizar al cabrón. Era un aficionado; lo hacía más bien para divertirse, pero me molestó. Así que le cambié la dirección, le desvié todas las facturas y el tipo acabó perseguido por los acreedores durante un par de años. Es que hay que dejar este trabajo a los profesionales. -Leo se encogió de hombros-. Joder, podía haberle dejado sin blanca, asumir su identidad, todo el rollo.

– ¿Y por qué no lo hiciste? -preguntó Tony.

– ¡Porque tengo corazón! -gruñó Leo.

– Cuando sequemos los cheques, reharé los números de enrutamiento de la Reserva Federal.

– ¿Qué es eso? -preguntó Tony.

– ¿Seguro que eres un estafador? -preguntó Leo desconcertado.

– Mi especialidad son los ordenadores e Internet, no el esmalte de uñas. Soy un estafador del siglo XXI. No necesito papeles.

– ¡Bravo por ti! -espetó Leo.

Annabelle tomó uno de los cheques:

– Este es el número de enrutamiento de la Reserva Federal -dijo, señalando los dos primeros dígitos de una serie de números situados en la parte inferior del cheque-. Es lo que indica al banco que el cheque se depositó en la cámara de compensación a la que se supone que va el cheque. El número de la cámara de compensación de Nueva York es cero-dos. El de San Francisco es doce. Por ejemplo, una empresa con sede en Nueva York que utilice cheques emitidos por un banco neoyorquino suele tener en los cheques el número de enrutamiento de Nueva York. Como cobraremos los cheques aquí, Freddy cambiará los números de enrutamiento de todos los cheques por los de Nueva York. Así, la empresa tardará más en recibir el comprobante y darse cuenta de que el cheque es falso.

– Y lo más importante -continuó Annabelle-es que se trata de empresas grandes que mantienen sus libros mayores de cuentas a pagar con métodos de gestión de efectivo cero. Así que tenemos muchas posibilidades de que ni aun con un cheque falso en la mezcla descubran una transacción relativamente insignificante, hasta que reciban los informes financieros de final de mes. Hoy es día cinco; eso significa que tenemos aproximadamente un mes hasta que descubran la irregularidad. Para entonces, ya nos habremos marchado.

– Pero ¿y si el cajero del banco mira el cheque y ve que el número de enrutamiento es incorrecto? -preguntó Tony.

– Supongo que nunca viste ese programa de la tele, ¿no? -preguntó Leo-. En el que unos periodistas de investigación entran en un banco con un cheque en el que habían escrito: «No me hagas efectivo, soy un cheque falso, maldito imbécil.» Y el maldito imbécil pagó el cheque.

– Nunca he sabido de ningún cajero que se haya dado cuenta de que el número de enrutamiento de un cheque es falso. A no ser que les des motivos para sospechar, no se darán cuenta.

Cuando los cheques estuvieron secos, Freddy los escaneó y los pasó al portátil. Al cabo de seis horas, apiló ochenta cheques encima de la mesa que sumaban un total de 2,1 millones de dólares.

Annabelle pasó el dedo por el borde perforado de uno de los cheques, lo cual indicaba que el cheque era legal, aunque las cantidades y el beneficiario no lo fueran. Annabelle miró a los demás:

– Ahora interviene la parte humana de la estafa. Colocar el cheque falso.

– Mi parte preferida -declaró Leo con impaciencia, mientras se acababa un sandwich de jamón y lo acompañaba de un buen trago de cerveza.

Capítulo 10

Habían decidido que Annabelle y Leo colocarían la primera serie de cheques falsos, mientras que Tony observaría a Leo para ver cómo se hacía. Annabelle, Leo y Tony tenían una serie de documentos de identidad completos que Freddy les había hecho. Los documentos coincidían con el beneficiario de los cheques o contenían credenciales que mostraban que trabajaban para la empresa a nombre de la cual se había extendido el cheque. Annabelle había dado instrucciones a Leo y a Tony de que sólo llevaran la documentación de una persona cada vez. Si los paraban, les resultaría difícil justificar que llevaban ocho documentos de identidad distintos en el bolsillo.

Había varios cheques extendidos a personas concretas, ninguno de más de diez mil dólares, puesto que eso exigía notificación a Hacienda. Debido a ese límite, tendrían que cobrar muchos cheques nominativos para que la cifra de 2,1 millones de dólares fuera factible. Así pues, el resto de los beneficiarios de los cheques eran empresas para las que Annabelle había abierto cuentas en distintos bancos. Los cheques de empresa podían ser de más de diez mil dólares, que no llamarían la atención de Hacienda. Pero el problema es que ningún banco hace efectivo un cheque de empresa. Hay que ingresar en cuenta la cantidad total. Por ese motivo, Annabelle había ido ingresando y retirando dinero de esas cuentas, para que hubiera un historial. Sabía perfectamente que los bancos tendían a ponerse nerviosos cuando las cuentas recién abiertas empezaban a deshacerse de montones de dinero: era un indicio claro de blanqueo de dinero.

Durante dos días Annabelle y Leo habían acribillado a Tony conpreguntas sobre todo posible obstáculo con el que pudiera encontrarse al intentar cobrar un cheque falso. Se turnaron para representar el papel de cajero, director de sucursal, guarda de seguridad y clientes del banco. Tony aprendía rápido y, al cabo de dos días, dictaminaron que estaba preparado para hacer sus pinitos como beneficiario de un cheque falso después de ver cómo lo hacía Leo unas cuantas veces.

No hubo contratiempos en los diez primeros cobros. Anna-belle fue pelirroja en uno, rubia en otro y morena en el tercero. Habilitaron la parte trasera de la furgoneta como vestuario con un pequeño tocador y espejo.

Tras varios cobros, ella y Leo entraban en la furgoneta y cambiaban de aspecto antes de dirigirse al siguiente banco. En algunos sitios, ella llevaba gafas; en otros, un fular en la cabeza; en otros, pantalones, sudadera y gorra de béisbol. Con ayuda de maquillaje, indumentaria, rellenos y pelo podía cambiar de aspecto y de edad de forma evidente. Siempre iba con zapatos planos, dado que así su altura destacaba menos que con tacones. Y, aunque nunca la miraba, Annabelle siempre era consciente de que la cámara de seguridad del banco la grababa.

A su vez, Leo era un hombre de negocios, el recadero de una empresa, un jubilado o un abogado, entre otros.

La breve conversación ensayada de Annabelle con los cajeros fue fluida, sin atisbo de aprensión. Enseguida hacía que el empleado se sintiera cómodo, hablándole de la ropa o el peinado que llevaba o de cuánto le gustaba la bonita ciudad de San Francisco, aunque el clima no fuera muy benévolo.

Con la undécima empleada incluso se confesó:

– Hace cuatro años que tengo esta consultoría y es el mayor pago que he recibido. Me he partido los cuernos trabajando.

– Felicidades -respondió la empleada, mientras tramitaba la transacción-. Cuarenta mil dólares es una cantidad sustanciosa. -Dio la impresión de que la mujer escudriñaba el cheque y la documentación personal y de empresa perfectamente falsificados con demasiado interés.

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