El Infinito En La Palma De La Mano
- Автор: Belli Gioconda
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Infinito En La Palma De La Mano». Краткое содержание книги:
Poesía y misterio se dan la mano en esta sorprendente novela que nos presenta al primer hombre y la primera mujer descubriéndose y descubriendo su entorno, experimentando el desconcierto ante el castigo, el poder de dar vida, la crueldad de matar para sobrevivir y el drama de amor y celos de los hijos por sus hermanas gemelas.
El infinito en la palma de la mano ha sido galardonada con el Premio Biblioteca Breve 2008 por su singularidad y su capacidad evocadora. Gioconda Belli ha creado un mundo nuevo que surge de los Grandes libros secretos, textos apócrifos o prohibidos llenos de revelaciones y fantásticas apariciones, y recrea magistralmente la historia más prodigiosa que pueda imaginarse.
– Adán, ¿crees que los animales saben que son animales?
– Al menos no piensan que son algo distinto. No se confunden como nosotros.
– Además de animales, ¿qué crees que somos nosotros?
– Adán y Eva.
– No es una respuesta.
– Eva, Eva, nunca te cansarás de hacer preguntas.
– Si se me ocurren preguntas es porque hay respuestas. Y deberíamos saberlas. Comimos de la fruta, perdimos el Jardín y apenas sabemos algo más de lo que sabíamos.
Conversaron mientras iban de regreso a la cueva. Era un castigo, sin duda, pensar que el cuerpo se vengaría de aquella forma cuando comieran, decía Adán, pero lo cierto era que él, al menos, se sentía mejor, con más fuerza en sus músculos y más ánimo.
– Es razonable. Sacar de dentro lo que huele tan mal, lo deja a uno liviano. Y qué sensación más curiosa… muy diferente al dolor, ¿no crees?
Sonriendo, Eva disimulaba el pudor que el tema le inspiraba. Verse reducida a ingerir y eliminar como el perro y el gato, aparte de asquearla, la empequeñecía. No entendía que Adán disfrutara lo que a ella se le antojaba una humillación. No comprendía que le pasara desapercibida la saña que implicaba.
– El Otro no jugaba cuando dijo que polvo éramos y en polvo nos convertiríamos. Estos cuerpos nuestros, ¿cuánto crees que duren? -preguntó Adán.
– No lo sé. Sólo sé que el mío duele más que el tuyo.
Del cielo plomizo empezó a caer agua. Gruesas gotas golpeándoles la espalda.
Entraron corriendo a la cueva. La lluvia caía a torrentes. En el cielo, un árbol de ramas iluminadas y centelleantes azotaba el firmamento. A las embestidas de las ramas de luz, la tierra respondía con hoscos retumbos. En la oscuridad vieron los ojos centelleantes del gato. El perro husmeaba el suelo. Se acomodaron los cuatro sobre el saliente rocoso que les servía de lecho. Abrazados, Adán y Eva contemplaron los estallidos, el trueno y el relámpago, atónitos y temerosos.
– ¿Se irá a caer el cielo? ¿Se estarán desplomando las estrellas? -preguntaba Eva.
– Creo que no -dijo Adán-. Están muy lejos.
– ¿Cómo lo sabes?
– No estoy seguro.
Eva despertó sangrando en medio de las piernas. Se asustó al ponerse de pie y ver el líquido rojo manando de su sexo. En el resplandor del amanecer, la cueva lucía llena de neblina. Hasta las nubes se habían refugiado de la furia del cielo, pensó. En el bajo vientre un puño se abría y cerraba mortificándola. El líquido rojo era caliente y pegajoso. El perro se acercó a olerla. Lo apartó, incómoda.
Fue al manantial de la cueva y se lavó, pero la sangre seguía fluyendo. Despertó a Adán. Él dijo que traería hojas para limpiarla. Le dijo que se acostara de nuevo. Estaban asustados pero se lo ocultaban el uno al otro. El hombre regresó al poco rato. Traía las manos llenas de higos y hojas de higuera y el rostro iluminado.
La lluvia había hecho brotar dos higueras de las frutas que él había enterrado a la entrada de la cueva. Los árboles, maduros, estaban colmados de higos.
– Mira, Eva, mira. Tenías razón. Son para nosotros. Podemos comerlos.
Con las hojas y el agua del manantial, Adán hizo un emplasto para la herida de Eva.
– ¿Será que voy a morir, Adán? No siento que voy a morir. Sólo a ratos me duele muy dentro.
– Mejor te quedas quieta. Cómete un higo.
Adán salió con el perro. Recostada en la penumbra de la cueva, Eva abrió un higo y miró su interior rosado y dulce, la carne y las pepitas rojas al centro. Mi cuerpo es diferente al del hombre, pensó, el líquido que sale de él cuando grita sobre mí es blanco. El mío es rojo y sale cuando estoy triste. Se acurrucó las piernas contra el pecho. No lograba olvidar las palabras de él culpándola de sus desgracias. Dolían como las piedras que desgarraran sus pies cuando subieron la montaña para lanzarse a la muerte de la que Elokim los rescatara. Estaba convencida de que la razón por la que los había rescatado era la misma por la que la había incitado a comer de la fruta del Árbol del Conocimiento: quería verlos vivir por sí mismos. Ella se lo había facilitado, pero Adán no quería comprenderlo. Más fácil culparla a ella que al Otro, que nunca se dejaba ver.
Después que se puso el sol, les asombró la claridad que envolvía la noche. Desde la cueva, las ramas de las higueras brillaban delineadas claramente por una luz cenicienta. Pensaron que la oscuridad estaba llena de agua y salieron a mirarla. De un lado a otro de la bóveda celeste, la noche límpida tras la lluvia les recordó la superficie del mar. En lo alto, un astro redondo, luminoso y pálido pendía ingrávido y sonriente.
– Se ve hermoso el sol apagado -dijo Adán.
– No es el sol. Es la luna. Por eso estoy sangrando.
– ¿Cómo lo sabes?
– Lo sé -siguió Eva-. Sé que dentro de mí hay un mar que la Luna llena y vacía.
Adán no preguntó más. El embeleso del misterio contenido en la inusitada mansedumbre de Eva, la fragancia del aire límpido, la luz sin calor delineando los contornos de las rocas y árboles, y el cielo creciendo hacia infinitas alturas impregnaron sus ojos y su piel. A la par de su pequeñez, de saberse una criatura vulnerable extraviada en el destierro, experimentó la certeza de que él y ella eran parte esencial de aquel paisaje nocturno y desolado.
– ¿Crees que estamos solos, Eva? ¿Crees que no hay otros como tú y yo en esta inmensidad?
– Hay otros. Los hemos visto en sueños.
– ¿Estarán escondidos en nuestro interior? ¿Aparecerán mientras dormimos?
– No sé, Adán.
El conocimiento, pensó Eva, no era la luz que ella imaginó abriría de pronto su entendimiento, sino una lenta revelación, una sucesión de sueños e intuiciones acumulándose en un sitio anterior a las palabras; era la queda intimidad que crecía entre ella y su cuerpo. En aquel flujo, en el peso en su bajo vientre y en sus pechos, en el dolor que llenaba ahora el sitio donde el hombre se hundía en ella, presentía un hervidero de vida, una fuente que brotaría de ella para dispersarse por rumbos insospechados. Los días que sangró, no quiso salir de la cueva. Doblada, se pasó los días dormitando, como si los sueños fueran la única realidad que le interesara.
Capítulo 12
Higos, peras, frutas amargas, hierbas de granos dorados que satisfacían la necesidad de morder, Adán recogía cuanto pensaba espantaría el hambre, pero el hambre regresaba. Cada mañana, al abrir los ojos, la sentía alojada en el centro del cuerpo, viviendo en él como una criatura ajena a su voluntad, imperiosa y cruel. ¿Qué podría darle?, pensaba el hombre. Las frutas apenas la aplacaban y eso que él y ella saboreaban con gusto la pulpa dulce y no cesaba de asombrarles la capacidad de los árboles de hacer brotar de sus troncos y hojas alimentos como aquellos. En sus caminatas por los alrededores de la cueva, Adán había probado también hormigas y otros insectos, plantas gruesas y carnosas cuyo interior encontró misteriosamente acuático. Siguió a las ardillas y gustó de las semillas duras que mordían con sus largos dientes, pero su hambre era más grande que todas las pequeñas cosas que encontraba y que compartía con Eva. Ella, a diferencia de él, no se cansaba de seguir recurriendo a la higuera para saciar el hambre. Pensaba que la aparición del Fénix portando los higos en sus patas y la manera en que los árboles habían crecido de la noche a la mañana era una señal inequívoca de que esos frutos eran los llamados a sustituir los pétalos blancos que los alimentaran en el Jardín. Agazapado entre las hierbas, miedoso de otro encuentro como el que tuviera con las hienas, Adán no osaba acercarse demasiado a los grandes animales. Después del cataclismo fueron muchos los días en que apenas sintieron su presencia. Cimbreándose de cuando en cuando, la tierra lucía desolada y quieta. Lentamente, sin embargo, una mezcla de sonidos, algunos familiares, otros indescifrables, viajaron por el aire hasta alcanzarlos. Por la noche escuchaban el aullido de los lobos y los coyotes, y en el día, desde lejos, el aire les llevaba el rugir de los leones o el potente llamado de los elefantes. Pequeños animales: faisanes, monos, topos, tejones y conejos se movían entre las altas hierbas, y a veces podían acercárseles y encontrar sus miradas, antes de que se escurrieran veloces desapareciendo entre la vegetación, poseídos al parecer del espanto que a ellos les inspiraran las hienas. Bandadas de cigüeñas, de garzas, de patos pasaban volando sobre sus cabezas. Eva decía que sus graznidos conmovían su corazón porque le parecía que estaban llenos de reclamos y preguntas.