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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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– Gestapo. Las mujeres son de la Gestapo -dijo James en cuanto se cerró la puerta del vagón-. Su deber es vigilarnos. ¡Las veinticuatro horas del día! Y las han amenazado con represalias si pasa cualquier cosa en este vagón. Hemos ido a caer entre gente de lo más distinguida, Bryan. Somos importantes. ¡Pero no sé por qué!

A partir de aquel momento, las mujeres se fueron turnando para vigilarlos, sentadas en una silla, al fondo del vagón. Ni siquiera cuando llegó un transporte de enfermos inmediatamente antes de la salida del tren, con varias camillas de cuerpos inánimes para llenar las camas vacías, la vigilante hizo ademán de moverse. Su tarea no consistía en asistir en esos traslados, ni siquiera se movió para dejar pasar a los camilleros.

Cuando había cambio de guardia, que, según había podido observar Bryan, tema lugar cada dos horas, las mujeres no se dirigían la palabra. Simplemente llegaba una nueva y se sentaba en la silla y, hasta que eso no ocurría, la que era relevada no abandonaba el vagón.

La ansiedad que provocaba el hecho de no poder hablar con James se apoderó de Bryan. Habían acordado huir, pero ¿qué pasaría ahora? Cada vez que Bryan había mirado a James de soslayo, sólo había podido vislumbrar la silueta inmóvil de su cuerpo dibujándose bajo la tela blanca.

El tren volvía a circular a toda velocidad y el susurro de los árboles al pasar era una clara prueba de que habían perdido la ocasión de saltar; aun cuando la vigilante no hubiera significado un impedimento.

Los descubrirían. Sólo faltaban un par factores desconocidos por descubrir para poder hacer los cálculos aritméticos pertinentes que les dirían cuándo y dónde lo harían.

Desde que habían subido al tren apenas podían haber recorrido unas 125 millas. Cuando Bryan cerraba los ojos aparecía dibujado nítidamente el mapa de Alemania, con todos los puntos geográficos del país. Las 125 millas eran, pues, el factor conocido, y su destino, el desconocido. Podían pasar entre uno y dos días hasta que llegaran a él. Tal vez sólo fuera cuestión de horas. Todo dependía de la destinación, de la velocidad, del número de paradas y de la saturación de las vías, por no hablar de b posibilidad de sufrir ataques aéreos.

Cuando Bryan abrió los ojos, las lámparas del techo se columpiaban apaciblemente sobre su cabeza ofreciendo una luz velada y lechosa. El brazo de James seguía colgando por el borde de la cama. Había golpeado la cama de Bryan para despertarlo. «Estás inquieto», le hizo saber con gestos. La mirada de James denotaba preocupación. Bryan no sabía qué podía haber hecho y de pronto fue devuelto a la realidad. No acostumbraba roncar y, que él supiera, nunca había hablado en sueños. ¿O sí lo había hecho?

Las enfermeras ya habían iniciado la ronda de abluciones. Las jóvenes ya no mostraban, en comparación con el día anterior, ninguna alegría. Las profundas ojeras y la transparencia característica de la piel dejaba bien a las claras lo que habían te-mido que soportar. Sin dormir, con cientos de pacientes a su cargo y amenazadas por una acusación de negligencia en el cuidado del general moribundo, sus ojos denotaban estrés y sus Movimientos se habían tornado mecánicos.

Era el tercer día para James y Bryan en territorio enemigo, «Jueves, 13 de enero de 1944», memorizó Bryan, preguntándose a la vez por cuánto tiempo sería capaz de ponerles fecha a los días y hasta cuándo se lo permitirían sus enemigos.

Como por arte de magia, la actividad de la sala se transformó en confusión cuando el oficial responsable de la seguridad apareció en la puerta y empezó a inspeccionar las tropas. No necesitó adoptar un ademán autoritario. Bryan estaba echado sobre el lecho con la cabeza vuelta hacia el lado de James y pudo ver cómo éste cerraba el puño lenta e imperceptiblemente. ¿Miedo o rabia?

Bryan no era capaz siquiera de interpretar su propio estado de ánimo.

Los dos equipos de enfermeras llegaron a las camas de Bryan y James al mismo tiempo, uno por cada lado. Esta vez tiraron de las sábanas con tal fuerza que los cuerpos de los dos pacientes rodaron alrededor de sí mismos. Un chasquido contra un larguero evidenció que James se había golpeado contra el borde de la cama durante la maniobra.

Bryan procuró mantener la axila izquierda apretada cuando las enfermeras lo lavaron. Esta vez, el agua helada tuvo un efecto lenitivo. Las costras de la orina y las defecaciones nocturnas habían dejado de escocer pero, en cambio, provocaron la hinchazón y la comezón de la piel. Sólo las uñas de las mujeres sobre la piel sensible del escroto le causaron malestar.

La sábana era nueva y estaba sin blanquear, todavía no la habían lavado ni una sola vez. Un agradable cosquilleo producido por la tersura de la sábana se mezcló con la irritación por los rígidos pliegues que se le pegaban al costado. Tendría que permanecer en esa postura hasta que todos hubieran abandonado el vagón. Mientras tanto podría observar cómo el personal de enfermería manipulaba el cuerpo de James.

El chasquido que había oído debió de provocar que la herida que James tenía debajo de la oreja volviera a sangrar. Unos riachuelos de desinfectante que se mezclaron con restos de sangre recorrieron su mejilla y murieron alrededor de la mancha oscura. Al lado, en una gasa, había un jirón de piel que se había desprendido del lóbulo de la oreja. El oficial de seguridad que seguía atentamente los acontecimientos se acercó cuando le aplicaron yodo a la herida. Como consecuencia de la supervisión a la que fue sometida, la enfermera se dejó atenazar por los nervios y salpicó involuntariamente la frente de James con el líquido de color ocre.

Mientras la enfermera y la auxiliar se apresuraban a retomar la ronda, el oficial de seguridad se acercó aún más y se quedó mirando la gota que lentamente se iba deslizando hacia el rabillo del ojo de James. Milímetro a milímetro, el líquido ardiente seguía el camino hacia la catástrofe y el descubrimiento. James debió de sospechar que estaba siendo vigilado, si no se habría secado la gota, se habría dado la vuelta y habría cerrado el ojo. En cuanto hubo sobrepasado la raíz de la nariz, la gota siguió su curso libremente.

En el momento en que la gota estaba a punto de introducirse en el ojo, los pantalones negros de montar se desplazaron hasta ocupar el campo visual de Bryan. Con una leve presión del pulgar le retiró la gota y la depositó en la ceja de James. Luego volvió a llevarse las manos a la espalda y se restregó el pulgar manchado de yodo contra el uniforme.

Pese a los dos días que habían pasado sin ingerir alimentos, Bryan no sentía hambre y, dejando de lado la sequedad de la boca, tampoco sed. De momento, el alimento que les procuraban a través de la sonda tendría que bastar.

Ahora habían pasado tres horas desde la última ingestión propiamente dicha. Desde la caída sufrida habían pasado unas cincuenta y cinco horas, más o menos, y llevaban alrededor de cincuenta horas en cama. Pero ¿qué pasaría cuando hubieran transcurrido ciento cincuenta horas más? ¿Cuándo les meterían el tubo de goma en el esófago y cómo iban a soportarlo sin reaccionar, aunque sólo fuera someramente? La respuesta era obvia. ¡No podrían!

Bryan debería procurar que no lo sometieran a dicho tratamiento. En pocas palabras, era necesario que se despertara de su apatía simulada. Y James también tendría que abrir los ojos, alejarse de su estado comatoso y seguirlo.

Ese cambio de actitud les reportarla muchas ventajas. Podrían seguir los acontecimientos a su alrededor y apoyarse mutuamente mediante signos. Podrían fingir una lenta recuperación física. Y una vez llegados a ese punto, podrían ingerir alimentos y tal vez incluso se les permitiría salir de la cama para satisfacer sus necesidades fisiológicas en un orinal.

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