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Электронная книга - «Un Puente Al Amor». Краткое содержание книги:

Bess y Michael, divorciados desde hace años, han intentado rehacer sus vidas con nuevas parejas. No obstante, su hija Lisa se empeña en reunirlos de nuevo. Con motivo de su propia boda, Lisa hace un último intento, también en vano.
Sin embargo, cuando el otro hijo de la pareja, Randy, casi muere a causa de una sobredosis, los sentimientos de Bess y Michael dan un vuelco inesperado que les abre los ojos a una verdad que siempre había estado allí pero que ellos se obstinaban en no ver…
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Ahora estaba allí, tres años después, más alto que su madre y muy bien parecido. Guardaba un gran parecido con él, aunque Randy era mucho más apuesto. Michael advirtió con un estremecimiento que su pelo oscuro era idéntico al suyo. Observó cómo estrechaba la mano de los anfitriones y entregaba su abrigo. De repente Randy reparó en él. Entonces se acarició la corbata y su sonrisa se desvaneció.

Michael sintió una opresión en el pecho. Se hallaban a años luz de distancia, uno en cada extremo de la habitación, mientras el pasado desfilaba a toda prisa ante ellos para separarlos aún más. Qué sencillo sería, pensó Michael, cruzar el salón, pronunciar su nombre y abrazar a ese joven que de niño lo había idolatrado, lo había seguido como una sombra mientras segaba el césped, barría el sendero de entrada a la casa o cambiaba el aceite del coche. «¿Puedo ayudarte papaíto?»

Sin embargo Michael se había quedado paralizado, con un nudo en la garganta, atrapado en los errores pretéritos.

Jake Padgett se interpuso entre ellos, y en ese instante Bess se volvió hacia Michael. Forzaron una sonrisa, mientras él permanecía bajo la arcada. Podría haberse aproximado a Randy mientras Bess estaba cerca para actuar de amortiguador, pero el dolor por el último desaire se lo impidió. Además los reproches que Bess le había hecho en el apartamento de Lisa aún resonaban en sus oídos: «Randy necesita a su padre.»

El salón estaba lleno de gente: los otros cuatro hijos de los Padgett, todos más jóvenes que Mark, la abuela, el abuelo… Los dos recién llegados debían recorrer la estancia para saludar a todos los presentes, pero Randy se aseguró de mantenerse lejos de Michael. Bess, sin embargo, estrechó una mano tras otra hasta que por fin se acercó a su ex esposo.

– Hola, Michael -dijo con frialdad, como si la breve tregua nunca hubiera tenido lugar.

– Hola, Bess.

Desviaron la vista hacia los invitados con el fin de evitar mirarse. Se esforzaron por encontrar algunas palabras triviales de cortesía, pero no lo lograron. Michael observó con disimulo su atuendo, su pelo, sus joyas, sus uñas.

¡Cómo había cambiado! Tanto como Randy, sino más.

Bess, que sostenía bajo el brazo un elegante bolso de charol negro, comentó sin mirar a Michaeclass="underline"

– Randy ha crecido mucho, ¿verdad?

– Ya lo creo. No podía creer que fuera él.

– ¿Piensas saludarle o te quedarás aquí parado?

– ¿Crees que querrá hablarme?

– Inténtalo y así lo sabrás.

Ambos recordaron cómo Randy, de pequeño, entraba los sábados por la mañana en su dormitorio con sumo sigilo y subía a su cama. «Los dibujos, papi», susurraba, y Michael abría los ojos y se inclinaba para darle un beso. A continuación los dos salían de la habitación y encendían el televisor para ver los dibujos. Mientras lo evocaba, Michael deseó besarlo, estrecharlo en un abrazo paternal y decirle: «Lamento haberte defraudado; perdóname.»

Hildy Padgett salió de la cocina con una bandeja de canapés. Mientras, tanto, Jake servía copas de ponche de sidra y Lisa, acompañada de Mark, mostraba a los abuelos su pequeño anillo de diamantes. Randy se hallaba al otro extremo de la estancia, con las manos en los bolsillos del pantalón, decidido a mantener las distancias con su padre, a quien de vez en cuando miraba de reojo.

Uno de los dos tenía que dar el primer paso.

Aunque le costó un esfuerzo supremo, Michael cruzó la habitación.

– Hola, Randy.

– Hola -repuso el joven sin mirarle.

– No estaba seguro de que fueras tú; has crecido mucho.

– Sí.

– ¿Cómo te va todo?

Randy se encogió de hombros.

– Tu madre me ha comentado que todavía trabajas en el almacén.

– Sí.

– ¿Te gusta?

– Me levanto por la mañana y me limito a hacer lo que me mandan. Seguiré con ese empleo hasta que encuentre algún grupo con el que tocar.

– ¿Un grupo?

– Sí, toco la batería, ¿sabes?

– ¿Eres bastante bueno?

Por primera vez Randy lo miró a los ojos. Adoptó una expresión insolente y dejó escapar un resoplido sarcástico.

– Déjame en paz -espetó antes de alejarse.

Michael notó que se le encendía el rostro y le costaba respirar. Miró a Bess y advirtió que lo observaba. Tiene razón; soy un fracaso como padre, pensó.

Lisa se aproximó a él, lo tomó del brazo y lo condujo hacia el otro extremo del salón.

– Papá, el abuelo Earl me ha preguntado por tu cabaña de caza. En un tiempo fue un gran cazador, y le he explicado que este otoño capturaste un ciervo. Le encantaría charlar contigo.

Earl Padgett era un hombre corpulento, con triple papada y cara sonrosada. Tenía una voz potente e infinidad de historias de caza que contar. Gesticulaba mucho mientras las narraba y cuando apuntaba con una escopeta invisible, era fácil imaginarlo vestido con un chaleco caqui con hileras de cartuchos. Sus relatos sedujeron a Jake tanto como a todos los muchachos Padgett, que habían comenzado a participar en cacerías tan pronto como tuvieron edad suficiente para tomar clases de tiro. De los hombres que había en la habitación, sólo Randy permanecía apartado.

Michael escuchaba y de vez en cuando refería alguna anécdota personal sin apartar la vista de Randy, que charlaba con Bess.

Cuando su hijo tenía doce años, le había comprado una 22 y soñaba con enseñarle todo sobre los bosques y llevarlo consigo a las partidas de caza, pero su divorcio había echado por tierra ese sueño. Mientras escuchaba a los Padgett, cuyo entusiasmo por la caza se había transmitido de generación en generación, se entristeció al pensar en lo que él y Randy se habían perdido.

Hildy Padgett entró en el salón para anunciar que la cena estaba lista.

En el comedor indicaron a Michael y Bess que se sentaran juntos en una cabecera de la mesa, mientras Hildy y Jake se acomodaban en la opuesta. Mark y Lisa tomaron asiento en el centro de uno de los costados. En un gesto mecánico, Michael retiró la silla de Bess, quien vaciló un instante mientras le lanzaba una mirada de soslayo antes de aceptar aquella muestra de cortesía. Michael advirtió que Randy lo miraba mientras se sentaba.

– Creo que a Randy no le gusta verme a tu lado -susurró a Bess.

Ella se colocó la servilleta sobre el regazo y miró a su hijo con el rabillo del ojo.

– Me temo que no -repuso-. ¿Te ha dicho algo al respecto?

– No; sólo me ha mirado cuando te he retirado la silla.

– Lisa, en cambio, está muy contenta. Les he asegurado a los dos que procuraremos guardar las apariencias, de modo que… ¡adelante! A ver si logramos representar bien nuestro papel en honor de nuestros hijos.

Bess levantó su copa de agua, Michael hizo lo propio y brindaron. Enseguida empezó a servirse la cena. Comenzaron a circular entre los comensales fuentes de jamón, verduras y hortalizas, panecillos calientes, manteca, ensalada de tocino ahumado y lechuga y arroz blanco.

– Si hace una semana alguien hubiera pronosticado -comentó Michael a Bess- que cenaría contigo dos veces en una semana, habría dicho que era imposible.

– Hildy ha acertado tus gustos -observó Bess al ver que Michael se servía una buena ración de patatas con salsa de cereales.

– En efecto. Este plato me encanta.

Siempre le había gustado, recordó Bess con nostalgia. Su madre solía decir: «Es un placer cocinar para Michael; él sabe comer.»

A continuación se maldijo por rememorar una vez más el pasado, pero era difícil no hacerlo mientras estaba sentada al lado de un hombre con quien había compartido miles de comidas, cuyos modales en la mesa conocía tan bien. Era inevitable anticipar cada uno de sus movimientos; la manera en que sostenía el tenedor y dejaba el cuchillo, el orden en que probaba los alimentos, la forma en que se secaba la comisura de la boca con la yema del pulgar derecho después de tomar un trago, cómo apoyaba la muñeca en el borde de la mesa.

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