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Электронная книга - «Un Puente Al Amor». Краткое содержание книги:

Bess y Michael, divorciados desde hace años, han intentado rehacer sus vidas con nuevas parejas. No obstante, su hija Lisa se empeña en reunirlos de nuevo. Con motivo de su propia boda, Lisa hace un último intento, también en vano.
Sin embargo, cuando el otro hijo de la pareja, Randy, casi muere a causa de una sobredosis, los sentimientos de Bess y Michael dan un vuelco inesperado que les abre los ojos a una verdad que siempre había estado allí pero que ellos se obstinaban en no ver…
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Se sentaron en el sofá cama y Lisa puso los pies en alto.

– ¿Qué tal os fue anoche cuando salisteis de aquí? -preguntó la joven-. Supuse que queríais hablar en privado.

– Fuimos a tomar un café y actuamos como personas civilizadas durante una hora.

– ¿Qué decidiste con respecto a Mark y a mí?

En el rostro de Bess se dibujó una expresión de ansiedad.

– Eres mi única hija y vas a casarte una sola vez; al menos eso espero.

– Por eso has venido, ¿verdad?, para asegurarte de que hago lo correcto.

– Tu padre y yo sólo queremos que sepas que, si por alguna razón prefieres no contraer matrimonio, nosotros te respaldamos.

Ahora fue Lisa quien se mostró ansiosa.

– Oh, mamá, quiero a Mark. Me siento feliz a su lado. Me hace desear ser mejor de lo que soy. Es como si… -Lisa cruzó las piernas, alzó la vista al techo mientras trataba de encontrar las palabras adecuadas, después miró a su madre y añadió al tiempo que movía las manos-: Es como si, cuando estamos juntos, desapareciera todo lo negativo. Me muestro más benevolente con la gente que me rodea, no critico, no me quejo, y lo curioso es que a Mark le sucede lo mismo.

»Hemos hablado mucho al respecto…, acerca de la noche en que nos conocimos. Cuando entramos en la sala de billar y nos miramos, ambos deseamos salir de allí, ir a algún lugar puro, tal vez a un bosque, o quizá oír una orquesta. ¡Una orquesta! ¡Ostras, mamá! -Alzó las manos-. Ya sabes cuánto me gusta la música moderna. El caso es que allí estaba yo, con todos los sentidos aguzados y nuevos caminos que se abrían ante mí y parecían invitarme. Sucedió algo… No puedo explicarlo. Nosotros sólo…

Se produjo un breve silencio.

– Simplemente nos sentimos diferentes -prosiguió Lisa con tono dulce-. Estábamos en ese ambiente alocado, lleno de ruido y humo, de tipos fanfarrones y exhibicionistas, y entonces nos topamos. Él me sonrió y dijo: «Hola, soy Mark.» A partir de esta noche nunca hemos sentido la necesidad de fingir o mentir al otro. Admitimos nuestras debilidades, y eso nos hace más fuertes. ¿No es fantástico?

Sentada en el otro extremo del sofá, Bess escuchaba la más conmovedora descripción del amor que jamás había oído.

– ¿Sabes qué me dijo un día? -Lisa estaba radiante mientras explicaba-: Dijo: «Tú eres mejor que cualquier credo que haya aprendido jamás.» Dijo que era un verso de un poema que había leído. Reflexioné algún tiempo sobre esas palabras… En realidad he meditado mucho al respecto y he llegado a la conclusión de que cada uno de nosotros es el credo del otro, y no casarse con alguien que piensa de esa manera sería una ignominia.

– ¡Oh, Lisa! -susurró Bess.

Se acercó a Lisa para abrazarla. ¡Su hija había encontrado el amor que toda mujer desea experimentar algún día! Era frustrante y al mismo tiempo gratificaba saber que Lisa había crecido tanto en tan poco tiempo sin que ella, su madre, lo advirtiera. Qué humillante era comprender que Lisa había aprendido a los veintiún años algo que ella ignoraba a los cuarenta. Lisa y Mark habían descubierto cómo comunicarse, habían encontrado el equilibrio entre ensalzar las virtudes y tolerar los defectos del otro, lo que se traducía no sólo en amor sino también en respeto. Era algo que Bess y Michael jamás habían logrado.

– Lisa, cariño, ahora que sé lo que sientes por él, soy muy feliz.

– Sí, sé feliz, como yo lo soy -repuso Lisa entre sus brazos-. Hay algo más que quiero decir… -Se apartó de Bess y añadió-: Sin duda te preguntarás cómo es posible que en estos tiempos una chica pueda ser tan estúpida como para quedar embarazada, cuando hay por lo menos una docena de maneras de evitarlo. ¿Te acuerdas de cuando fuimos a esquiar a Lutsen, antes de Navidad? Pues bien, ese fin de semana olvidé las píldoras anticonceptivas. Sabíamos muy bien el riesgo que corríamos si hacíamos el amor, de modo que hablamos del asunto. ¿Qué ocurriría si nos arriesgábamos y quedaba embarazada? Mark aseguró que quería casarse conmigo y que, si quedaba encinta, le parecería bien, y yo estuve de acuerdo. Así pues ya ves, mamá, cuando decimos que nos sentimos dichosos por tener un bebé, no es pura palabrería. No tienes por qué preocuparte. Mark y yo nos llevamos muy bien.

Bess le acarició la cara con profunda ternura.

– ¿Dónde he estado yo mientras tú crecías tanto?

– No lo sé.

– Yo sí; he estado ocupada en mi negocio. Ahora comprendo que he pasado demasiado tiempo en él y no te he dedicado a ti el suficiente en el último par de años. Si lo hubiera hecho, habría visto florecer esa relación entre tú y Mark y anoche no me habrías pillado desprevenida.

– Mamá, lo afrontaste muy bien.

– No, tú lo afrontaste muy bien, al igual que Mark. Tu padre quedó muy impresionado con él.

– Lo sé. Hoy he hablado con él. La madre de Mark lo ha llamado y me ha dicho que también pensaba telefonearte a ti; ¿lo ha hecho?

– Sí. Es encantadora.

– Sabía que te caería bien. Entonces ¿cenaremos juntos el sábado por la noche? ¿No hay objeciones?

– Ahora que sé lo que sientes, ninguna.

– Menudo alivio. Papá me ha explicado que charlasteis de lo demás, del vestido y de mi deseo de que entremos juntos en la iglesia. ¿Es así?

– Lo haremos.

– ¿Me dejarás usar tu vestido?

– Si te queda bien, sí.

– ¡Oh, mamá! Sé que temes que al ponerme tu traje caiga una especie de maleficio sobre mi boda, pero ésos son cuentos chinos. No son los vestidos los que hacen que un matrimonio salga bien, sino las personas. ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

– El traje me gusta, es todo. Solía ponérmelo cuando no estabas en casa. Apuesto a que nunca te enteraste, ¿no es así?

– No, nunca.

– En cierto modo es culpa tuya por guardar algo tan irresistible en una zona prohibida. Algún día te contaré algunas de las travesuras que Randy y yo solíamos hacer cuando no estabais en casa.

Bess la miró con desconfianza.

– ¿Por ejemplo?

– ¿Recuerdas aquel manual sobre sexualidad que acostumbrabas esconder entre las sábanas, en el armario de la ropa blanca de tu cuarto de baño? Tenía ilustraciones de todas las posiciones. Nunca pensaste que nosotros sabíamos que estaba allí, ¿verdad?

– ¡Menudos diablillos!

– Sí, eso éramos. ¿Te acuerdas del jarrón que desapareció un día y no lograste encontrar? ¿El blanco con una cenefa de corazones rosas? Lo rompimos una noche mientras jugábamos a los monstruos en la oscuridad. Acostumbrábamos apagar todas las luces, y uno se escondía mientras el otro caminaba como Frankenstein, con los brazos abiertos. Una noche… ¡Zas!, adiós a tu florero. Como sabíamos que te enfadarías si te lo decíamos, guardamos los pedazos en un bote de zumo de tomate que luego arrojamos al cubo de la basura. Ya entonces sabía, mamá, que algún día tendrías más jarrones que un mercadillo, y no me equivoqué. Seguro que tienes más de veinte en tu negocio.

¿Cómo podía resistirse a soltar una carcajada ante tamaña impertinencia?

– Y entretanto yo os enviaba a las clases de catecismo y os enseñaba a ser unos chicos buenos y sinceros.

– En el fondo lo éramos. Mírame ahora. Voy a casarme con el muchacho a quien he puesto en un aprieto y voy a tener un hijo suyo.

– Se hace tarde -observó Bess-. Debo marcharme. Ha sido un día muy largo.

Lisa se levantó del sofá.

– Trabajas demasiado, mamá. Deberías dedicarte más tiempo.

– Ya lo hago -repuso Bess.

– ¡Oh, sí, seguro! Sospecho que, cuando Mark y yo tengamos el bebé, te tentaremos a menudo para que bajes de tu pequeño desván. ¿Te imaginas? Mi mamá convertida en abuela. ¿Qué piensas de eso?

– Creo que mi pelo necesita un tinte.

– Ya te acostumbrarás a la idea. ¿Qué le parece a papá convertirse en abuelo?

– No hemos hablado de eso.

– Noto cierta frialdad en tu tono.

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