Un Puente Al Amor
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Un Puente Al Amor». Краткое содержание книги:
Sin embargo, cuando el otro hijo de la pareja, Randy, casi muere a causa de una sobredosis, los sentimientos de Bess y Michael dan un vuelco inesperado que les abre los ojos a una verdad que siempre había estado allí pero que ellos se obstinaban en no ver…
– Cambiando de tema, debo decirte que la treta que empleaste anoche fue muy desagradable.
– Sin embargo funcionó.
– Hemos establecido una tregua mientras duren los festejos de la boda. Nada más.
– ¿Ah, sí? Randy me ha contado que anoche, cuando llegó a casa, estabas tocando The homecoming.
– ¡Por el amor de Dios! ¿Es que ya no tengo vida privada?
Las dos se dirigieron a la puerta del apartamento.
– Sería fantástico que papá y tú vivierais juntos otra vez y nos visitarais, a nosotros y a vuestro nieto. Además, ya no os pelearíais por las tareas de la casa y los chicos, porque ahora somos adultos y tienes una señora de la limpieza. Por otro lado, como ya has acabado tus estudios universitarios, papá ya no te regañaría por eso, y puesto que se ha separado de Darla…
– Lisa, estás delirando. -Bess se puso el abrigo-. Estoy dispuesta a tratar a tu padre con cortesía, eso es todo. Además, te olvidas de Keith.
– No me hagas reír mamá. Hace tres años que sales con él, y Randy me ha explicado que ni siquiera pasas las noches con él. Hazme caso, Bess, ese tipo no es para ti.
– No sé qué te ocurre esta noche, Lisa, pero te muestras agresiva y creo que lo haces adrede.
– Estoy enamorada, y quiero que todo el mundo lo esté también -respuso Lisa antes de darle un beso-… Nos veremos el sábado por la noche. ¿Sabes la dirección?
– Sí. Hildy me la dio.
– No te olvides de llevar a mi hermanito.
Cuando se dirigía a su coche, Bess ya no se sentía triste. Lisa tenía en verdad el don de hacer que la gente se riera de sus propias flaquezas. Por supuesto, Bess no tenía la menor intención de reanudar su relación con Michael, pues, como había dicho, había que tener en cuenta a Keith. Al pensar en él frunció el entrecejo; sin duda no le gustaría nada que anulara la cita del sábado por la noche.
Cuando llegó a casa, y una vez que se hubo quitado el traje y las medias, lo llamó desde el teléfono de su dormitorio.
– ¿Diga? -contestó Keith después del quinto timbrazo.
– Keith, soy Bess. ¿Te he interrumpido?
– Acabo de salir de la ducha.
No había -y nunca había habido- ninguna insinuación sexual que siguiera a un comentario como ése. Era una de las cosas que Bess echaba de menos en esa relación; aun así, nunca se había atrevido a dar el primer paso y, como él no tomaba la iniciativa, faltaba la réplica pícara, íntima.
– Si lo prefieres te llamo más tarde.
– No, no, está bien. ¿Qué pasa?
– Keith, lamento mucho decirte que he de cancelar nuestra cita del sábado por la noche.
Se produjo un silencio, y Bess supuso que Keith había dejado de secarse con la toalla.
– ¿Por qué?
– Los Padgett celebran una cena en su casa para que las dos familias nos conozcamos.
– ¿Te han preguntado si tenías algún compromiso?
– A todos les iba bien esa fecha. Pensé que no estaría bien pedir que la aplazaran sólo por mí. Además, puesto que falta poco tiempo para la boda, pensé que no convenía retrasar el encuentro.
– Supongo que tu ex estará allí…
Bess se frotó la frente.
– Oh, Keith…
– ¿Estará allí?
– Sí.
– ¡Oh, magnífico!
– Por el amor de Dios, Keith, se trata de la boda de nuestra hija. No puedo eludir a Michael sin ningún motivo.
– ¡No, por supuesto que no! -le espetó Keith-. Muy bien, Bess, cuando tengas tiempo para mí, llámame.
– Keith, espera…
– No… no… No te preocupes por mí -replicó con sarcasmo-. Haz lo que consideres oportuno con Michael. Lo entiendo.
Bess detestaba el tono desabrido que adoptaba cada vez que sentía celos del tiempo que dedicaba a sus hijos.
– Keith, no te enfades, por favor.
– Tengo que colgar, Bess. Estoy mojando la alfombra.
– Está bien, pero pronto.
– Por supuesto -concedió con acritud.
Cuando colgó, Bess se frotó los ojos. A veces Keith se comportaba como una criatura malcriada. ¿Por qué siempre planteaba las cosas como si ella tuviera que elegir entre sus hijos y él? Una vez más se preguntó por qué seguía saliendo con él. Quizá sería mejor para los dos romper de una vez esa relación.
Dejó caer los brazos y pensó con fastidio en los planos que había traído a casa y la aguardaban sobre la mesa del comedor. Detestaba trabajar cuando estaba de mal humor, pues temía que su enojo se reflejara en los diseños.
Suspiró, se puso de pie y bajó para trabajar dos horas más.
Capítulo 4
La noche del sábado Bess se esmeró en su peinado. El cabello le llegaba casi hasta los hombros y tenía una amplia variedad de matices rubios. Lo rizó lo suficiente para darle más volumen y lo recogió detrás de las orejas. Su maquillaje era discreto, pero aplicado con extremo cuidado. Sus ojos parecían más grandes, y sus labios, más sensuales. Se miró al espejo, primero con expresión seria, luego sonriente, después seria otra vez.
Esa noche quería impresionar a Michael; había en ello una buena dosis de orgullo. Hacia el final de su matrimonio, cuando compaginaba los estudios con las tareas domésticas, él le había dicho durante una de sus peleas: «Mírate un poco; ya ni siquiera te arreglas. Siempre vistes tejanos y cazadoras, y llevas el pelo desgreñado. ¡No eras así cuando me casé contigo!»
¡Cómo le había herido su acusación! Había trabajado de firme para conseguir lo que deseaba, pero Michael se había negado a reconocer que era necesario sacrificar algunas cosas para que el tiempo le rindiera. Solía llevar el cabello liso, las uñas sin pintar, y nunca se maquillaba. Los tejanos y las cazadoras eran lo más fácil de lavar, de modo que se convirtieron en su uniforme habitual. Cada día, después de seis horas en la universidad, realizaba las tareas de la casa, ya que se obstinaba en encargarse de ellas. Había crecido en una familia tradicional, en la que el trabajo de las mujeres era precisamente ése, en la que los hombres no pelaban patatas, ni lavaban la ropa, ni pasaban el aspirador. Cuando Bess sugirió que Michael le ayudara, él le recomendó que se matriculara en menos asignaturas y asumiera los deberes que había acordado cumplir cuando se casaron.
Su intransigencia la había enfurecido.
Con el tiempo, su desaliño personal y su negligencia en el hogar lo alejaron de ella. Entonces encontró una mujer de hermosos cabellos ondulados, que todos los días lucía zapatos de tacón y trajes de Pierre Cardin, se pintaba las uñas, le servía café y hacía las llamadas telefónicas a sus clientes.
Bess había visto a Darla alguna vez, casi siempre en las reuniones de Navidad de la compañía. En tales ocasiones exhibía lentejuelas y zapatos de raso a juego, y el carmín de sus labios casi brillaba tanto como los pendientes que llevaba. Si Michael sólo la hubiera abandonado, Bess tal vez habría accedido a mantener con él una relación cordial, pero la había dejado por otra mujer y, para colmo, de una asombrosa belleza.
Después de obtener su título, una de las primeras cosas que hizo fue desembolsar trescientos dólares en un curso de belleza. Bajo la tutela de un profesional, aprendió qué colores le quedaban mejor qué ropa realzaba su figura, qué tonos de maquillaje debía usar y cómo aplicarlos. Le habían enseñado incluso la forma de los bolsos y zapatos que convenían a su constitución y qué estilo de pendientes le favorecían más. Se había teñido el pelo castaño de rubio, se lo había ondulado y lucía un peinado de apariencia descuidada. Se dejó crecer las uñas y se cuidaba de que el color del barniz combinara con el del lápiz de labios. En pocos años había renovado su vestuario de acuerdo con los criterios de sus asesores de imagen.
Esta noche, cuando Michael Curran la viera, no habría manchas en su blusa ni un cabello fuera de lugar.
Eligió un traje de noche rojo, de falda recta y chaqueta asimétrica, con una solapa negra de forma triangular que partía de un solo botón negro en la cintura. Se puso unos pendientes dorados muy grandes, que resaltaban su peinado y la línea bien definida de sus mandíbulas.