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Электронная книга - «Un Puente Al Amor». Краткое содержание книги:

Bess y Michael, divorciados desde hace años, han intentado rehacer sus vidas con nuevas parejas. No obstante, su hija Lisa se empeña en reunirlos de nuevo. Con motivo de su propia boda, Lisa hace un último intento, también en vano.
Sin embargo, cuando el otro hijo de la pareja, Randy, casi muere a causa de una sobredosis, los sentimientos de Bess y Michael dan un vuelco inesperado que les abre los ojos a una verdad que siempre había estado allí pero que ellos se obstinaban en no ver…
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Bess soltó una carcajada.

– ¡Mamá eres incorregible! Pensaba que ya no querías cadenas.

– Por supuesto que no, pero después de soportar la cháchara de las mujeres necesito oír una voz masculina. Además, este invierno me he hartado de jugar al bridge.

Bess abrazó a su madre en un acto impulsivo.

– Mamá, te admiro mucho. Me gustaría parecerme más a ti.

Stella la estrechó.

– Lo cierto es que cada vez te pareces más a mí.

– Sin embargo tú nunca te desanimas.

– ¡Claro que no! Cuando me siento triste, salgo y me inscribo en otro club.

– O buscas un hombre.

– No tiene nada de malo, ¿verdad? A propósito, ¿cómo te va con Keith?

Bess hizo una mueca y se encogió de hombros.

– Oh, Keith… Se enfadó cuando cancelé mi cita con él para ir a cenar con los Padgett. Ya sabes cómo es.

– Ya que hablamos con total sinceridad, te diré que ese hombre no te conviene -aseguró Stella.

– ¿Acaso tú y Lisa os habéis puesto de acuerdo?

– Puede ser…

Bess se echó a reír.

– ¡Las dos sois unos diablillos! Si esperas que la boda me haga volver con Michael, siento desengañarte.

– Yo no he dicho nada al respecto.

– No, pero lo estás pensando, y es mejor que lo olvides.

Stella arqueó una ceja con escepticismo.

– ¿Qué tal está? ¿Sigue tan apuesto como siempre? -preguntó.

– ¡Mamá! -exclamó Bess exasperada.

– Es mera curiosidad.

– Nunca nos reconciliaremos, madre -prometió Bess con tono solemne.

Stella la miró con expresión satisfecha.

– ¿Cómo lo sabes? Cosas más extrañas han sucedido.

Capítulo 5

Esa misma mañana de domingo, a las diez, Michael Curran se despertó, se estiró y puso las manos bajo la cabeza. No le apetecía levantarse y, aunque le gruñía el estómago, permaneció acostado, con la mirada fija en el techo, donde se reflejaba la luz del sol. El dormitorio era muy amplio, cuadrado, con una puerta corredera de vidrio con tres hojas y vistas al lago. En la habitación sólo había una chimenea de mármol, un aparato de televisión y un par de colchones pegados contra la pared norte para evitar que se cayeran las almohadas.

La reflexión del sol sobre el lago helado proyectaba dibujos luminosos sobre el techo, interrumpidos por franjas de sombra de las ramas desnudas de los olmos. El edificio estaba en absoluto silencio, y era lógico, ya que no se permitían niños y los moradores pudientes se habían marchado para pasar el invierno en el sur, de modo que raras veces se cruzaba con alguien, ni siquiera en el ascensor.

Era solitario.

Había pensado en ello la noche anterior, así como en su encuentro con Randy. Cerró los ojos y recordó a su hijo, de diecinueve años, tan parecido físicamente a él y con tanta animosidad. Evocó la conmoción que le provocó verlo de nuevo, y se reprodujeron los sentimientos encontrados de la velada: amor, esperanza, decepción y una sensación de fracaso que le oprimía el pecho.

Abrió los ojos y observó los reflejos del techo.

Qué doloroso resultaba verse repudiado por su propio hijo. Quizá, como Bess había afirmado, él era culpable por haberse apartado de Randy, pero ¿acaso no era también responsable el muchacho al negarse a verlo? Por otra parte, si Bess hubiera percibido el sufrimiento que experimentó al verlo entrar en la casa de los Padgett, habría reconsiderado sus palabras.

Ese muchacho -ese hombre- era su hijo, cuyos últimos seis años de crecimiento Michael se había perdido contra su voluntad. Si Bess lo hubiera alentado, o si no le hubiese contagiado su animadversión hacia él a Randy, Michael lo habría visto durante ese período. Había infinidad de cosas que podían hacer juntos, en especial salir de caza y disfrutar de la vida al aire libre. En lugar de eso, Michael había sido excluido de todo, hasta de la ceremonia de graduación de Randy en la escuela secundaria. Por supuesto, se había enterado de que el chico acababa sus estudios. Al no llegarle ningún aviso oficial, había llamado a Bess para preguntarle al respecto pero… «No quiere que vayas», había respondido ella.

Entonces le envió dinero, quinientos dólares. Nunca hubo un acuse de recibo, ni escrito ni verbal, salvo por parte de Lisa, quien cuando Michael la telefoneó unas semanas después le informó: «Los ha dado como señal para un equipo de instrumentos de percusión que valen trescientos dólares.»

Instrumentos de percusión.

¿Por qué Bess no había tratado de convencerle de que fuera a la universidad? ¿O a la escuela de artes y oficios? Cualquier cosa era mejor que ese mediocre empleo en un almacén. Después del empeño de Bess por terminar su carrera universitaria, cabía esperar que adoptara una posición fuerte al respecto con sus hijos. Tal vez lo había hecho y no había dado resultado.

Bess…

¡Dios, cómo había cambiado! ¡La noche anterior, cuando la vio entrar en el hogar de los Padgett, le había sucedido la cosa más loca! Había sentido una pequeña descarga. Sí, era una locura, de acuerdo, porque Bess tenía ahora una agudeza, una severidad que él encontraba abrasiva. No obstante, era la madre de sus hijos y, a pesar de sus esfuerzos por mantener las distancias respecto a él, compartían el pasado, que pesaría por siempre sobre su prolongada separación. Habría apostado cualquier cosa a que Bess también era consciente de ello. Sentados juntos a la mesa, con Lisa y Randy frente a ellos, ¿cómo podían negar el peso de la memoria?

Desfilaron por su mente los recuerdos de sus comienzos. Bess estaba en la escuela secundaria cuando él, ya en su segundo año de la universidad, regresó a casa para disfrutar de unas breves vacaciones y descubrió que ella había crecido de golpe. La primera vez que la besó se encaminaban hacia su coche después de ver un partido de fútbol del equipo de la Universidad de Minnesota, en el otoño de 1966. La primera vez que hicieron el amor fue una tarde de domingo, hacia el final de su último curso de la carrera, cuando con un grupo de amigos fueron a Taylors Falls con comida, discos para practicar lanzamiento y gran cantidad de mantas. Se casaron un año después, él recién salido de la universidad, ella con tres cursos más por delante. Habían pasado la noche de boda en la suite nupcial del hotel Radisson, en el centro de Minneapolis.

La habitación había sido un regalo sorpresa de los padres de Bess, mientras que un grupo de amigas le habían comprado un camisón de encaje blanco y una bata transparente a juego. Recordó el momento en que ella salió del cuarto de baño con el conjunto. Él esperaba con un pijama azul, y ambos se sintieron tan turbados como si nunca hubieran hecho el amor. Entonces pensó que nunca olvidaría los detalles de aquella noche, pero con el correr del tiempo se volvieron borrosos. Lo que sí recordaba con toda claridad era el despertar a la mañana siguiente. Era un día soleado de junio y sobre el tocador había una cesta de frutas enviada por la gerencia del hotel y dos copas de la noche anterior, medio llenas de champán, ya sin burbujas. Al abrir los ojos había encontrado a Bess tendida a su lado, otra vez con el camisón puesto, y se había preguntado cuándo se habría levantado para enfundárselo y si esperaba que él también usara el pijama toda la noche. De ser así, resultaría que era una mojigata, a pesar de haber accedido a mantener relaciones sexuales prematrimoniales. Unos minutos más tarde Bess había despertado con una sonrisa en los labios y se había estirado tendida de costado de cara a él, con las manos juntas cerca de las rodillas. Él había tenido una erección de sólo mirarla.

– Hola.

– Hola -repuso él.

Permanecieron acostados largo rato, observándose, cautivados por la novedad y la maravilla que suponía despertar juntos. Michael recordó que a Bess se le habían encendido las mejillas y supuso que a él le había sucedido lo mismo.

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